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miércoles, 16 de septiembre de 2020

Sheoak

Mi abuela me salvó la vida. Me enseñó cosas que me ayudarían a sortear problemas y me sacaba las semillas de las mandarinas para que no me las tragara.

Pero hubo una ocasión en la que, con toda la literalidad posible, mi abuela me salvó la vida.

Fue una noche de abril, hace más de diez años. Me acuerdo porque nos habíamos juntado en lo de Guille por su cumpleaños, a la vuelta de casa.

Mis recuerdos de esa previa se diluyeron en una jarra de fernet que iba pasando, pero que se quedaba conmigo más de lo debido. Sí puedo reconstruir que enseguida acusé sentirme mareado y alienado, así que decidí que era mejor volver a casa y no salir.

Me acuerdo de que, impaciente, no esperé a que Guille me abriera. Salté la reja y caminé las dos cuadras. El otoño ya pegaba fuerte en la capital nacional del pulóver, pero yo estaba así nomás, sin campera, como se está a los veinte años. Al día siguiente, le atribuiría al golpe de frío lo que había pasado.

Llegué a casa y me acosté en el cuarto que compartía con mi abuela, que estaba de visita.

Al rato, ella se levantó alarmada a despertar a mi papá: "¡Agustín está tosiendo mucho, creo que se está ahogando!". Peor que eso. Agustín estaba en la cama boca arriba, con la cabeza en un charco de vómito y las vías respiratorias bloqueadas por los pedazos de comida regurgitados.

Mi viejo me despertó, me sentó y me ayudó a levantarme, bañarme y todo eso. A “rescatarme”, como decíamos en ese tiempo.

Pero el gran rescate fue el de mi abuela, que, con su sueño liviano y su siempre presente preocupación, me salvó de una muerte propia del más reventado rocanrol setentoso y posibilitó que esta historia pudiera contarse en primera persona.

viernes, 24 de julio de 2020

Ajedrez II - Negras

Roberto miró el tablero una vez más. Prestó atención a cada detalle, a la posición de cada pieza, para asegurarse de que la jugada era correcta y que tenía todo bajo control. Respiró profundamente, mantuvo el aire en sus pulmones unos segundos para generar suspenso y movió la torre tres casilleros hacia adelante. Mientras exhalaba, dijo en un suspiro:
— Jaque mate.
Víctor no salía de su asombro. Había estado practicando todo el verano para poder ganarle a su rival por primera vez. No importaba qué tanto se esforzara; Roberto, el gran campeón, siempre lo vencía. No contento con eso, iba al bar y se lo contaba a todos, para que se burlaran de Víctor, el eterno perdedor.
Pero ya no más. Este sería el último. Sacó el Tramontina de entre su ropa y lo hundió en el corazón de Roberto, que cayó de la silla mientras se aferraba al mantel y las piezas se desparramaban por el suelo. Víctor lo miró con bronca y soltó las palabras que llevaba conteniendo por años:
— Jaque mate.
Sin embargo, tanta energía puesta por Víctor en el ajedrez lo privó de algunas nociones básicas de anatomía. Había faltado al colegio el día que explicaron que el corazón está inclinado hacia el lado izquierdo y no hacia el derecho. Entonces, Roberto no murió. Con el cuchillo aún enterrado en el pecho, se levantó, tomó la silla y se la partió en la espalda a Víctor en un golpe mortal, mientras pronunciaba la frase obvia:
— Jaque mate.

miércoles, 22 de julio de 2020

Ajedrez I - Blancas

En un oscuro altillo parisino donde se cuela la lluvia, un viejo juega solo al ajedrez. Y pierde.

miércoles, 8 de julio de 2020

Ciboulette

Tras mis primeros once años, en los que no mostré mucho interés por nadie, me levanté una mañana y me di cuenta de una cosa: me gustaba Alejandra, mi compañera de curso. Estaba en sexto grado, la primavera se acercaba y yo de pronto tenía esta cosa inesperada que no sabía cómo manejar. ¿Qué tenía que hacer ahora? ¿Preguntarle si quería transar conmigo? ¿Pedirle matrimonio?
Hice lo que todo buen cristiano haría: le recité una poesía. En el colegio. En el recreo. Con varios compañeritos como testigos.
Eran tiempos de protointernet, faltaban todavía un par de años para que Facebook existiera y muchos más para que se llenara de frases simplonas y edulcoradas, repetidas una y otra vez. Así que mi recitado de este material sacado de la Web 1.0 sonó casi a algo original.
En La sociedad de los poetas muertos, Knox se le aparece en el aula a su interés romántico y le lee una poesía. Al menos él tuvo la decencia de escribirla en vez de buscar una en internet. Pero la reacción fue igual tanto en Chris como en Alejandra: el deseo de que unos marcianos la raptaran en ese momento para salir de esa situación incómoda y horrenda.
Se sucedieron algunas cosas más, como bailar My Heart Will Go On en un cumpleaños y mis torpes intentos de generar charla en el colegio. Además, el grado entero sabía que me gustaba. Pero todo era estéril: a mis oídos de poeta enamorado del siglo XIX había llegado que a ella le gustaba Di Paola, uno de otra división. No me importaba. Yo seguiría adelante como un Florentino Ariza del Conurbano. O como el corazón de Céline Dion.
Por si todo lo hecho no bastase, decidí dar un último gran paso para meterme de lleno y de forma irreversible en el espeso pantano del ridículo. La jugada final.
Corté una flor del jardín del colegio y se la ofrendé a Alejandra junto con unas palabras melosas. Ni siquiera procuré que estuviera sola para no avergonzarla frente a nuestros compañeros. Sentía que mi elevado amor debía expresarse así, a los cuatro vientos, o no sería.
Después de esta lamentable escena, con el público expectante y ella sin agarrar la flor y sin saber qué decir, le pregunté si quería ser mi novia. Sí. Así.
— Yo no siento lo mismo que vos sentís por mí, así que gracias, pero no — dijo ella con gran tacto y diplomacia, procurando no dejar una cicatriz en mi corazón que fuera una traba para todas mis relaciones futuras.
Dijo que no. Dolor. Prefería a Di Paola antes que a mí. El primer golpe en mi currículum amoroso. Pero con todo esto ya tenía experiencia comprobable en drama y no iba a dejar pasar la oportunidad de hacer un nuevo papelón. Alfredo Alcón habría estado orgulloso de mí.
Tomé mi último resto emocional y preparé la salida triunfal. Todavía con la flor en la mano, la revoleé por sobre mi hombro, sin mirar, y pronuncié mi línea final antes de que cayera el telón:
— Que te cuide Di Paola.

martes, 26 de mayo de 2020

Me revuelve las tripas

Hace poco, me invitaron a dar una charla a un colegio del que fui alumno. Creo que fue en concepto de "egresados exitosos". Ni me imagino cómo les fue a los demás, entonces.
Llegué medio sin saber qué decir y justo vi a Susana, la profesora de geografía. Eso me dio el pie para lo que quería decir:
"Susana, acá presente, nos enseñó algunas cosas sobre Bangladesh. Limita con India y Myanmar, es el octavo país más poblado del mundo, formó parte de Pakistán hasta 1971. Pero nunca nos habló de Salim.
"Salim vivía conmigo y trabajaba como lavaplatos en una pizzería en Italia. Venía de un pueblito al Sur de Bangladesh, un lugar con un nombre que nunca aprendí a escribir. Tampoco a pronunciar.
"Por la falta de laburo y oportunidades en su tierra, tuvo que ir a probar suerte a Europa. Trabajaba más de once horas por día, seis días por semana, por un puñado de euros que le alcanzaba para vivir y poder mandar un poco a su familia.
"Fumaba todo el día como una chimenea, pero el tabaco era su único vicio. Y mirar cada tanto un partido de cricket. Bangladesh es un país islámico así que no toman alcohol, aunque Salim, al no ser practicante, se permite un traguito cada tanto. Pero no está acostumbrado: una vez se juntó en casa con unos compatriotas a tomar una birra, y al rato estaba riéndose y chocándose los muebles. Lo mismo con el café, con media taza ya le temblaba la mano.
"Hablaba la lengua bangla de su país, el dialecto de su pueblo, un poco de italiano y otro poco de inglés. Nos costaba comunicarnos, pero cada tanto lo lográbamos y comíamos juntos el arroz de grano largo que preparaba con verduras y pescado o carne. Muuy picante. Todos los días el mismo menú: arroz con alguna otra cosa, que comía sin cubiertos. Directamente con la mano.
"Aunque vivía con la guita justa, siempre me ofrecía de su comida: 'Mangiare riso, mangiare'. Tuvo que aprender a cocinar a la fuerza, porque en su pueblo son las mujeres las que se encargan de eso, mientras los hombres trabajan. A sus treinta años, su familia veía mal que siguiera soltero, pero me contó que allá había una chica que lo esperaba para casarse.
"En su día a día, Salim debía lidiar con discriminación y maltrato. Que lo confundieran con un indio, que lo despreciaran por no hablar italiano, que no tuviera más opciones que lavar platos o vender chucherías en la calle. Sufrir el desarraigo y la soledad del inmigrante forzado, que es distinta a la de quien va a juntar kiwis a otro país para vivir una aventura.
"Con esto que les cuento no quiero atacar a Susana ni al resto de los docentes. Solamente quería recordarles que hay cosas que no se aprenden en el aula".

jueves, 2 de abril de 2020

Your resume was not selected for the next round

Chewbacca
viejo y peludo
sos el amigo que todos deberíamos tener.
Siempre aguantando los trapos
y listo para cagarte a tiros con los Stormtroopers.
Pero a vos Chewbacca
nadie te pregunta cómo te sentís
ni cuáles son tus mambos.
¿Extrañás tu planeta?
¿Te preocupa el futuro?
¿Pusiste guita en Bitcoins?
Te convirtieron en un partenaire
para que Han Solo se luzca y quede como un duque.
Pero, ¿y vos?
Ningún nene quiere jugar a ser Chewbacca.
Y tampoco protagonizaste Avión presidencial ni Blade Runner.
Ser Chewbacca es como ser Robin o Luigi
pero con una nave zarpada.
Chewbacca Chewbacca
qué grande sos.
Vos también te merecés
un amigo como vos.

jueves, 26 de marzo de 2020

In diretta

Ya sé que pasaron diez años desde la última vez que nos vimos. Bueno; nueve años, diez meses y dieciocho días.
Pero todavía hoy, en cada subte, cada bondi, cada plaza y cada semáforo, miro a la cara a todas las personas con las que me cruzo, esperando encontrar ese oasis que para mí era tu sonrisa.
Ni sé qué fue de tu vida. Pero yo te sigo buscando.

jueves, 12 de marzo de 2020

Y renunció a sus acciones

Hoy cambié mi número de teléfono. Y cada vez que pasa eso, tengo un ritual que cumplir.
Todo comenzó a finales de los '90. El profesor Adolfo nos convocó a varios de la división a una prueba un martes a la noche, para conformar el representativo del colegio en nuestra categoría. En una institución con fuerte presencia futbolera, por donde había pasado uno de los mayores goleadores argentinos, ser parte de "la Selección" — así llamaban al equipo — era todo un privilegio.
Me presenté esa noche con mis ocho o nueve añitos y mis zapatillas blancas, porque no tenía botines. Era un defensor sin visión de juego aunque muy eficaz en espacios chicos, pero jamás había jugado en cancha de once. No sabía dónde pararme, ni cuándo correr, ni cuándo quedarme quieto, ni cuándo salir. Jugué primero para los de pechera y después Adolfo me cambió y me puso con el otro equipo. Creo que nunca terminé de entender qué estaba haciendo ahí.
Un par de días después, a través de mi amigo Nahuel, el profesor me mandó a decir que por el momento no fuera más, "pero que, ante cualquier cosa, él me llamaba".
Pasó un tiempito y no me llamó. Pero nunca me resigné. Es por eso que aún hoy, más de veinte años después, cada vez que cambio el número le aviso a Adolfo en caso de que me quiera convocar para la Selección.

viernes, 28 de febrero de 2020

Treinta

Tenía apenas meses, así que no vi por tele cuando cayó el Muro de Berlín. Y ni siquiera había nacido cuando el Diego levantó la copa. Entre mis primeros recuerdos están la guerra en Bosnia y haber visto Aladdín en el cine.

Hoy, las noticias hablan del coronavirus y en las salas están dando Parasite. Miro el resumen de la tarjeta. Me quedan seis cuotas de las últimas vacaciones pero ya tengo que empezar a planear las próximas, que voy a volver a pagar con guita que no tengo. Claro, si cada mes alcanza exactamente para el alquiler, comer, cargar la SUBE y alguna salida. Porque ahora, para existir, tenés que ir más o menos seguido a alguna cervecería y tener una opinión formada sobre cuatro o cinco variedades: que la ipa esto, que la scottish aquello. Si sobra un cachito de plata después de todo esto, se irá en un recital o un libro.

No trabajo de lo que estudié pero me gusta pensar que tiene alguna remota relación. Así que la mayor emoción de la semana es esperar la llegada del viernes. Al menos tengo el privilegio de no laburar los sábados ni los domingos. Ah, libertad. No sé para qué, igual. Quizás adelantar algunos capítulos de la serie en Netflix. O ver si consigo match en Tinder. Ir a algún lado en Uber. Si tengo paja de cocinar, pedir algo por Rappi. La tiranía de las apps. ¿De qué me sirve ahora todo lo que sabía sobre Windows 98? ¿Dónde quedó lo de "Ahora puede apagar el equipo"?

Perdón, paro un segundo para subir a Instagram una foto en la barbería, donde me acaban de hacer el corte de pelo reglamentario símil jugador de fútbol. Listo. Ah, no parezco tan feliz en la foto. Mejor otra más sonriente. Ahora sí. Esta va bien. Lo de la imagen es un tema serio, nuestra generación pasó por Fotolog, Facebook, Twitter, ahora Instagram... y preparensé para TikTok.

Afortunadamente hay un remedio para estas absurdas angustias: consumir. Muy de a poco estoy tratando de juntar para comprarme un auto. En un tiempo, desde luego, voy a cambiarlo por uno más grande. Y después otro más grande. Y todo así.

También hay espacio para socializar, eh. Siempre de la mano de gastar guita. Anoche fuimos en grupo a la casa de una pareja amiga. Abrimos un vino y elogiamos su calidad, aunque yo no entiendo nada y la única distinción que puedo hacer es entre tinto y blanco. Igual, dije que tenía buen cuerpo y todos coincidieron y celebraron la agudeza de mi comentario. Enseguida nos hicieron un petit tour por la casa y los felicitamos por su hermoso hogar, lleno de vinilos autoadhesivos en las paredes con frases sobre cómo ser felices, lograr las metas y esas cosas.

Uno de los pibes se manchó la camisa con salsa, pero el anfitrión le prestó una suya. Le pudo haber pasado a cualquiera, porque todos estábamos de camisa. La charla enseguida se fue a qué bien que le está yendo a Racing en este campeonato (¿volvió a aumentar el Pack Fútbol?) y los planes de tener hijos y Mercurio retrógrado y que CrossFit en tal gimnasio es más barato pero el profesor es medio medio.

El menú de la cena también incluyó palta, mix de semillas y dos veces la palabra "integral". No hubo postre pero tomamos café de cápsula mientras, en algún lugar del mundo, George Clooney se reía de nosotros. A pesar de todo fue una linda velada, creo.

Hoy es viernes y se supone que tengo que estar feliz. Qué presión, ¿no? A veces prefiero esperar a que llegue rápido el lunes y que todo vuelva a empezar.

viernes, 17 de enero de 2020

La mesa de entradas cerró, pa

A fines de la época republicana romana, el río Rubicón marcaba la frontera entre el territorio de Roma, al Sur, y la provincia de la Galia Cisalpina, al Norte. Esto implicaba que ningún general podía cruzarlo con sus ejércitos en dirección a la capital, para evitar golpes de estado y problemas militares internos.

Cuando la República se encontraba a las puertas de la Segunda guerra civil, Cayo Julio César llegó con sus tropas a la orilla Norte del Rubicón. Sabía que si traspasaba la frontera se iba a armar quilombo y no habría marcha atrás. Pensó y pensó y tomó una decisión. Dijo "Ya fue, que se pudra todo", que en latín se dice "Alea iacta est". Hay quienes lo traducen mejor como "La suerte está echada" o "Los dados fueron lanzados".

Cruzado el río, Julito venció a los conservadores liderados por Pompeyo e inauguró un gobierno autocrático. Pero esa es otra historia, al igual que sus batallas previas con Ásterix y sus encuentros con Cleopatra.

La expresión "Cruzar el Rubicón" nos quedó para hablar de esa acción que nos lanza hacia algo con consecuencias irreversibles y donde sólo nos queda avanzar. Algo similar a "Quemar las naves".

Hay gente que cruza el Rubicón alguna vez en su vida. Otros, lo atraviesan tantas veces que ya les hacen un carnet de viajeros frecuentes. Y hay quienes pasan todos sus años en la orilla, mirando hacia el otro lado haciéndose visera en los ojos con la mano, imaginando qué hay más allá. Pero nunca se atreven a cruzarlo.
¿Vos cuál sos?

miércoles, 15 de enero de 2020

Y lo sacó de la copa

Mi vecina se llama Teresa. Es chiquita y lleva sus 87 años de acá para allá muy despacito. El edificio no tiene ascensor, así que subir al primer piso le lleva unos veinte minutos. Jamás acepta ayuda. Ella puede. Lento, pero puede.
Su balcón es el más florido que vi en mi vida. Tiene flores de todos colores, algunas que nunca había visto. Unas amarillas con forma de pelota, unas rosas con pétalos largos, unas violetas que bailan suavemente con el viento.
Cada tarde, cuando cae el sol, Teresa sale con una regadera enorme y, con una paciencia todavía más grande, riega sus plantas. Me saluda y le pregunto por el nombre de alguna, pero nunca lo puedo retener. No importa si hace frío o cuarenta grados, ella siempre sale a cuidar sus flores.
Muchas veces me pregunto si es Teresa la que riega sus plantas, o sus plantas las que la riegan a ella.

jueves, 19 de diciembre de 2019

Cárcel

Aquel sol de abril apenas alcanzaba para entibiarme las mejillas. Mis palmas resecas por el frío buscaban refugio en los bolsillos sin mucho éxito, así que crucé Corrientes y entré a una librería. Un poco para pasar el tiempo, un poco para ver qué había y un poco porque sí.
Paseé entre las pilas de libros con la mirada perdida, metido en pensamientos intrascendentes.
Una voz caribeña me preguntó por la calle Paraná. Le indiqué, pero me quedé con la duda de por qué me preguntaba a mí, adentro de un local, cuando lo más común sería pedirle esa información a alguien que va caminando por la calle. Me gusta que en estas librerías nadie interrumpa estos meandros del pensamiento con un "¿Te puedo ayudar en algo?". Quiero entrar y divagar tranquilo.
Agarré al azar un libro, al mismo tiempo que una mano con uñas que ya habían perdido bastante de su esmalte negro. Cruzamos miradas.
– Me encanta Gramsci – dijo mientras sonreía y se le hacían los pocitos en los cachetes. Sus ojos color almendra resaltaban con el cuadrillé de su bufanda y parecían brillar con más intensidad.
– A mí también – mentí. Me sonaba de haber leído algo para la facultad, de apuntes fotocopiados de otros, pero no me acordaba de nada.
Pareció darle igual que yo hiciera agua en el tema Gramsci y siguió cálidamente la charla en medio del pasillo. Después de un rato de hablar, me preguntó:
– Tengo un rato largo hasta volver a cursar y está medio fresco, voy a tomar un café, ¿querés venir?
¿Quería ir? ¿Tenía ganas de salir con ella y que confirmara que no leí a Gramsci? Quizá no le molestara tanto eso. Pero sí vería que tenía enfrente a un bicho raro que va a las librerías de Corrientes a pensar y nunca compra nada.
¿Quería conocerla, vernos después, coger? ¿En su casa o en la mía? Por ahí vive medio lejos y es una paja volver. ¿Quería la ansiedad de esperar si se daba un segundo encuentro o si moría todo ahí?
¿Tenía ganas de pasar por todo eso? Quizá al final no me gusten tanto las mujeres.
Esa última reflexión abrió un nuevo e infinito abanico de preguntas. Necesitaba ir a otra librería a seguir pensando.
– No, gracias, hoy no puedo – le contesté de forma inexpresiva. – Ah, quedate vos con el libro.

domingo, 10 de noviembre de 2019

Lela

Cuando me iba de tu casa, me saludabas desde el balcón hasta que cruzaba la plaza. Me causaba gracia que, a tu pesar, te parecías a Evita.
Pero para mí fuiste más que Evita, porque era con vos que charlábamos hasta tarde en el balcón, eras vos la que roncaba en mi cuarto, eras vos la que me esperaba con milanesas.
Eras vos la que me llevaba de la mano por las calles de la infancia y me enseñaba cómo sonaban las letras cuando iban juntas. La de los mates extra dulces. La de los libros. La de "que te destapen la gaseosa adelante tuyo". La que se levantaba a cualquier hora a mirar tenis, la de Isabel Pantoja y del tango. La que curaba el ojeado y amasaba ñoquis en un toque.
Un día te fuiste. Estabas ahí, pero te habías ido. No te bancaste más a la tristeza, tu vieja compañera de vida, y decidiste olvidar.
Cuando medía apenas un metro te había prometido que cuando fueras vieja (parece ser que, para mí, todavía no lo eras) te iba a ayudar a cruzar la calle. No tuve muchas chances, porque tampoco quisiste caminar más.
Hasta que te fuiste en serio. Formalmente, digamos. Sin vos, Buenos Aires es más gris. Pero te tiene también en cada esquina, y por eso es mi ciudad favorita en el mundo.

viernes, 18 de octubre de 2019

Liberté

— El amor en los viajes tiene algo de la dialéctica del amo y el esclavo de Hegel. ¿Sabés de qué te hablo? — me preguntó, mientras me acariciaba la nuca con sus uñas desprolijas de tanto comérselas.

— No, explicame.

Me encantaba que me hablara de estas cosas. Nos habíamos conocido en uno de esos hostels roñosos que no se parecen en nada a las fotos que publican en internet, pero están cerca del centro y desde ahí podés llegar caminando a todos lados. Empezamos a hablar de casualidad, quejándonos de unas manchas raras en las sábanas, y la conversación fluyó como hacía tiempo no me pasaba. Yo no sé francés y ella no habla castellano, pero a los ponchazos nos hicimos entender y logramos conectarnos. Las conversaciones eran así: me hablaba de en qué posición era más conveniente cagar y al rato estaba citando a Camus.

— Bueno — prosiguió — es bastante más complejo pero te cuento la parte que tiene que ver con lo que te quiero decir. Hegel explica en este mito que cuando se encuentran dos mentes, se produce una batalla entre ellas. A muerte, eh. Una de las mentes le teme tanto a la muerte, que, antes que morirse, prefiere someterse a la otra como esclava. Mientras que la que queda como ama, no le teme a la muerte y valora más la libertad.

Creo que entendí. Más o menos. Pero no logro captar qué tiene que ver con el amor. ¿Está diciendo que el amor es esclavitud?

— No estoy diciendo que el amor sea esclavitud, eh — dijo inesperadamente, como si me leyera el pensamiento — El amor es libertad. Pero era para hacer una analogía con los viajes: si dos personas se enamoran en el camino, una de las dos está tan enganchada que cambia todos sus planes para seguir a la otra. Mientras que la otra jamás lo haría, porque no negociaría esa independencia.

Ah, ahora sí. Por ahí iba. Debe tener que ver con que en pocos días yo sigo para el Norte y ella se va rumbo al Sur. Trataba de no pensar demasiado en eso. No porque fuera un paladín del carpe diem sino porque quería postergar ese sabor amargo. Bueno, tarde. Ya la idea me había hecho un nudo en la garganta.

Pero esperá. ¿Por qué me dice esto? ¿Quiere que deje mis planes y la siga? ¿Ella me quiere seguir a mí?

— Porque no es como que uno viva en Colegiales y el otro en Caseros — siguió. En realidad en su ejemplo usó suburbios de París, pero como ni los conozco los traduzco a algo más vernáculo —. De verdad tenés que dejar "tus cosas", pero no te molesta ni lo sentís como una ofrenda ni una concesión, porque entendés que es para tu mayor felicidad.

Como durante toda esta charla, me quedé pensativo, mirando el suave andar del río, mientras su mano paseaba por mi cuello. Ya había fantaseado en algún momento con ir con ella al Sur. Si ella estuviera de acuerdo, claro. O preguntarle si quería venir conmigo. Algunas veces parecía ser muy liberal y otras una monógama bastante tradicional. Pero el sueño de mi vida siempre había sido ver una aurora boreal y tenía que seguir viaje si quería llegar a tiempo.

Ir al Sur con ella sin las luces del Norte, o sentarme sin ella a ver la aurora boreal. Ahora que la había conocido, ambas opciones me parecían insuficientes.

Finalmente decidí sacarme la duda:
— ¿Me estás preguntando si quiero ir con vos?
— No. Nunca te pediría eso. Y yo no cambiaría mis planes para ir al Norte con vos. No es nada en tu contra, eh. Simplemente... no sé. Pero hay otras cosas que quiero hacer primero.

Pocos días después, tras una despedida más emotiva de lo que esperaba, cada uno siguió su viaje. Llegué perfectamente a tiempo para la aurora boreal. En su momento me lo negué a mí mismo, pero hoy puedo aceptar que, cuando miraba solo esas luces de colores en el cielo, la extrañé.

Al tiempo, volvió a París y se casó. Hoy, cada vez que miro correr las aguas de un río, me pregunto qué habría pasado si me hubiera ido con ella.

martes, 24 de septiembre de 2019

Allegro assai

Hace poco encontré la conversación de MSN en la que preparaba el terreno para dejarte. Dejarte, sí, yo a vos, un cararrotismo que pica en punta entre mis mayores desaciertos.
En la letra comic sans que se usaba en ese tiempo, intentaba esbozar una explicación de por qué no aparecí ese jueves en el que nos íbamos a ver. "Jugaba a la pelota con los pibes", tecleaba sin ponerme colorado. "Los pibes"... Hoy lo leo y me da la sensación de que creía vivir en una publicidad de Quilmes, donde sólo importaban esos peculiares códigos de amistad y cualquier mínima señal de cuidado o interés por una piba ya te hacía merecedor del mote de pollerudo.
Con el diario del lunes, diría que fue para bien. Al poco tiempo conociste a alguien mejor, más luminoso, enérgico y talentoso, con quien lograste grandes cosas. Vos tenías fe en mí, veías un potencial y me alentabas a hacer, a crear. Claro, no sabías aún que estabas ante una sabandija oscura y miserable que prefería tomar birra y hablar a los gritos con otros muchachones, en vez de compartirla con vos y crear un universo juntos.
Te causaba gracia mi forma de reírme en el cine: en silencio, como para adentro. Mezquina, quizá. Egoísta. La tuya era radiante, estridente, contagiosa. Transmitía cosas. En ese detalle tan banal estaba la diferencia.
Y te dejé yo, con ínfulas de no sé qué.
En Luna de Avellaneda, el personaje de Eduardo Blanco le recrimina a Cristina, encarnada por Valeria Bertuccelli, que ella no se banca el amor. Y yo, ahí, parado en mi Riachuelo e inmerso mi podredumbre, tampoco me lo banqué.

martes, 17 de septiembre de 2019

Incondicional

Me encanta, pero usa mal el condicional.
No, pará. Al revés: usa mal el condicional, pero me encanta. Parece una obviedad decirlo, pero el verdadero encantamiento pasa fácilmente sobre el uso de un modo del verbo.

viernes, 9 de agosto de 2019

El dolor lejos de casa. Parte IV: Veinte mil kilómetros de piedras en la vesícula

El cirujano abrió los ojos con incredulidad cuando le expliqué que en Argentina podía operarme gratis. Convencido ya de que yo no estaba en condiciones de pagar la cirugía en ese lujoso hospital indonesio, me dijo que sí, que era posible, pero que debíamos dejar pasar unos días para que todo se desinflamara y ahí sí me daría luz verde para volar a casa.

Me dieron el alta del hospital un martes y un turno con el doctor Adi el viernes para la decisión final. Me entregaron en comprimidos las mismas drogas que me estaban pasando por intravenosa. Un cóctel de tres o cuatro pastillas varias veces al día.

Hago el esfuerzo, pero no puedo recordar qué hice durante esos cuatro días entre el alta y la última visita al cirujano para que me autorizara a viajar. Volvimos a un hostel, sí. Mi hermana tenía vuelo de regreso a Argentina para el jueves y yo no quería que lo cambiara. Ya demasiado heroico había sido todo lo hecho y ya bastante le había arruinado sus vacaciones, así que estuve con ella hasta que se fue. El último día, una amiga que de casualidad estaba por acá me vino a acompañar un rato en la espera. Lo único que recuerdo que hacía era salir a pasear o estar sentado, mientras trataba de hacer fuerza con mi mente para desinflamar la vesícula.

Tal vez funcionó, porque el viernes el doctor Adi me firmó un papel donde me autorizaba a viajar y avalaba que subiera al avión con drogas como para un batallón. Saqué pasaje para el día siguiente pero no había tiempo para pedir comida especial, por ser demasiado sobre la hora. Así que tendría que sobrevivir a base de galletitas de agua las treinta horas de mi periplo entre el aeropuerto de Denpasar, en Bali, hasta Ezeiza, con escala de un rato en Dubai.

Entre el sueño de los calmantes y las galletitas de agua, el vuelo pasó rapidísimo. Y me dejó la sensación de que a partir de ahí ningún recorrido en avión me parecería largo.

Ya en Argentina, tenía que resolver la cuestión de la operación. Sin laburo ni obra social, la respuesta estaba en la salud pública, aunque sabía que era un interlocutor que podía tomarse un tiempo largo en contestar.

Hasta que me acordé: mi amigo El cabezón está haciendo la residencia en un hospital de la ciudad. Le conté mi problema y rápidamente me puso en contacto con un cirujano amigo suyo, Pato. Él miró todos mis estudios, repetimos algunos y consideró que todavía no estaba en condiciones de operarme, porque todo seguía inflamado. A seguir esperando.

Vendrían para mí largas semanas de comida sin grasas, pan y mucho, mucho mate. Mi viejo se puso el traje de cocinero y se mandó tremendos platos para que no padeciera la espera. De haber estado sólo en mis manos, habría vivido a arroz y fideos blancos.

Por primera vez en años tomé té y me sentí el Mario Santos de esta década mientras degustaba mi Earl Grey. Moría por unos alfajores, café, birra, fiambre, chocolate... pero me la banqué y estuve concentrado al mil por ciento en comer bien y darle poco trabajo a mis vísceras.

Un mes y medio después de mi regreso a Ezeiza, Pato me dijo que ya se podía operar. Para acortar los tiempos haríamos la operación por la guardia, aunque me dijo que si caía un herido de bala o arma blanca lo mío debía esperar.

Parece que no hubo trifulcas violentas esa noche, así que fuimos al quirófano. A falta de batas, me llevaron a la primera cirugía de mi vida envuelto en una sábana, como si fuera un senador romano. Ya acostado en la mesa, me pusieron la máscara con la anestesia y me hicieron hacer una cuenta regresiva desde diez. Pensaba que eso pasaba sólo en las películas. Lo último que recuerdo es haber preguntado si me podía llevar la vesícula a mi casa. Ni idea cuál fue la respuesta, pero lo cierto es que al final no me la llevé.

Un par de horas después ya estaba de nuevo en la habitación, que no estaba tan mal. Casi ni entraba chiflete por la ventana, que a falta de picaporte se mantenía cerrada con un cordón de zapatilla. Me tuve que quedar esa noche por las dudas, aunque quizá, más que por eso, fue porque no había ningún médico dando vueltas como para darme el alta.

Al día siguiente volví a casa y, aunque enseguida me sacaron los puntos, estuve varias semanas a dieta y reincorporando muy de a poquito las grasas en mi vida. Esos primeros bocados de napolitana de El Cuartito tuvieron el sabor maravilloso que sólo puede darle una espera paciente, sabiendo que si hacía las cosas bien y me recuperaba correctamente iba a poder paladearla pronto una vez más.

Honestamente, nunca tuve miedo por la operación, sino ansiedad por terminar con el asunto cuanto antes y poder pasar la página. Además, la alegría de haber zafado de pagar quince mil dólares en esta aventura a través de tres continentes y pasando muchísimo dolor. Ahora, mirando hacia atrás, me quedo pensando en que a veces tienen que pasarnos cosas así para descubrir lo lindo de estar en casa otra vez.

jueves, 8 de agosto de 2019

El dolor lejos de casa. Parte III: Los hospitales no son como en las series

Llegué a Jakarta sin un ápice de dolor. Ya era cosa del pasado. Unos días más de cuidarme y podría volver al desorden alimenticio de siempre. ¿Cómo? ¿No había aprendido nada de lo que pasó? Parecía que todavía no.

Mientras esperaba a que llegara mi hermana, di unas vueltas por el aeropuerto. Caras nuevas, olores nuevos, sonidos nuevos. La aventura del viaje que continuaba. Me di cuenta de que ya pensaba otra vez en cuál sería el próximo destino, en lugar de tener como único horizonte pasar la noche sin dolor. ¿Qué vendría luego? ¿Malasia? ¿Singapur? ¿Vietnam? ¿En qué orden? Empezaba a calmarme.

Mi hermana bajó del avión y nos dimos ese abrazo contenido durante un año. Después, todo fue normal: risas, peleas, burlas, más abrazos y mandarle selfies a mi viejo en cada lugar donde estuviéramos. Paseamos por la isla de Java y cruzamos a Bali, donde el entorno musulmán cambia y le deja su lugar al mundo hindú. Tras unos días en el Norte, bajamos a Kuta, esa especie de Gualeguaychú o Las Vegas donde la juventud australiana va a desenfrenarse un rato.

Esa primera noche, de la nada, volvió el dolor. Bueno, no sé si de la nada: había comido algún que otro Jorgito, habíamos compartido una cerveza o dos. Nada de otro mundo, pero quizá debería haber esperado un poco más. No sé. Ya no importa.

El dolor no era tan fuerte como había sido en Hong Kong cuando le pedí al inglés que me acompañara al hospital, pero se hacía sentir y necesitaba hacer algo. Ya tenía el seguro activado así que era momento de darle uso.

Tenía un chip indonesio sólo con datos y no había forma de llamar a ese número internacional que te dan. Así que estuve cerca de cuarenta y cinco minutos comunicándome por Whatsapp con alguien que, desde Miami, gestionaba mi visita a un hospital en Kuta, a través de una proveedora de servicios médicos con sede en El Cairo. La globalización. Todo esto mientras seguía dando pequeños saltitos en cuclillas para mitigar el dolor y mi hermana preparaba las mochilas en caso de que tuviéramos que mover.

Finalmente, mi nuevo amigo de Miami me confirmó que me estarían esperando en la guardia del Siloam Hospital. Pedimos un Grab, el Uber del sudeste asiático, y fuimos.

Efectivamente me estaban esperando: tenían una hojita con mi nombre y los síntomas y enseguida arrancamos con los chequeos. El hospital era muy lujoso, pulcro y lleno de alta tecnología. Todo el personal hablaba en inglés. Rápidamente vi que no había pacientes locales, o sea que todo estaba montado para los turistas. ¿A dónde irían los balineses enfermos?

Mis síntomas, además del fuerte dolor abdominal, se basaban en colores: ojos amarillos, pis naranja, caca blanca. Ciertamente mi hígado estaba acusando recibo de años de maltrato, pero necesitábamos saber más. Acá, con los nombres de las pruebas, tuve un repaso obligado por el inglés que aprendí mirando Dr. House y Grey's Anatomy. De alguna forma todo me sonaba familiar.

Pero pronto descubrí las diferencias entre la realidad y la ficción. Cuando en esas series hacen una resonancia magnética, la escena dura un minuto y consiste en la charla de dos médicos sobre sus vidas personales mientras el paciente está adentro de un tubo. Acá, estuve encerrado poco más de una hora sin poder moverme mientras escaneaban mi abdomen en busca de qué era lo que andaba mal.

Tras varios de esos análisis, llegó la respuesta. Colecistitis. En criollo: inflamación de la vesícula biliar. Para nosotros: piedras en la vesícula.

- Te vamos a tener que internar para operarte y sacártela, no te preocupes, es una intervención re sencilla y de acá te vas caminando.

La vesícula es un pequeño órgano junto al hígado que guarda la bilis que este produce, cosa de que esté lista para metabolizar las grasas que comemos. Si te la extraen, se puede vivir normalmente, pero es probable que un atracón de comida grasa te haga sentir una pesadez más fuerte que la normal.

No estaba muy en condiciones de negarme a la cirugía, así que acepté mientras mi hermana, para completar el papeleo, esgrimía con valentía un inglés que ni ella tenía idea de que sabía.

Casi al mismo tiempo llegaron nuevas noticias. Malas.

- Hablamos con tu seguro médico y no se van a hacer cargo de la operación. Te dejo este papel con el precio de la cirugía, miralo y después nos decís si la hacemos o no.

¿Cómo? Esperá. ¿Ese seguro médico que contraté desde Hong Kong, doblado en la cama de un hostel horrendo, para que me diera una mano cuando volviera el dolor, ahora me está dejando tirado en un hospital carísimo en Indonesia? Entré a la página, revisé la letra chica de la letra chica y ahí estaba. Hay un apartado de patologías no cubiertas por el seguro. ¿La primera de la lista? Colecistitis.

Bueno, no se las iba a poder pelear mucho ahí. Miramos la cuenta, que estaba en rupias. Un montón de dígitos. Lo convertimos a dólares para poder entenderlo. Por las dudas repetimos el cálculo una, dos, tres veces. Pero el resultado seguía siendo inentendible: quince mil dólares.

¿De dónde iba a sacar esa guita? Todos los destinos de viaje que venía maquinando morían en ese papel. Hice un listado mental de quince personas que podrían prestarme mil dólares. Una locura, ¿quién tiene esa suma ociosa a la espera de que un amigo, pariente (o en algunos casos poco más que conocido) necesite operarse en Indonesia?

Les planteé que era imposible y que no tenía ese dinero. Me ofrecieron una alternativa más barata: en vez de la cirugía laparoscópica, poco invasiva y de rápida recuperación que me habían planteado en un comienzo, me propusieron abrirme el abdomen como un sapo al estilo vieja escuela, con una cicatriz inmensa y una recuperación lenta y dolorosa. Todo eso a sólo doce mil dólares. El panorama se ponía cada vez peor.

Encima, el doctor Adi, el cirujano, repetía cada tanto la misma sentencia: "Hay que tomar una decisión rápido porque eso ahí es una bomba de tiempo".

Hasta que se me prendió la lamparita y le pregunté:
- ¿Y si viajo a Argentina y me opero allá?

miércoles, 7 de agosto de 2019

El dolor lejos de casa. Parte II: Perdido en las calles de Hong Kong

Al día siguiente amanecí con lo que en aquel momento denominé "resaca del dolor". Una especie de molestia que decía presente y se esforzaba en no dejarme olvidar lo que había sufrido. Un recordatorio de que el dolor podría volver en cualquier momento.

Me compré unas galletitas "digestivas" en el supermercado y salí a pasear. Estar acostado en ese hostel me parecía una tortura, pero estar parado no era mucho mejor. Masticando muy despacito, logré comer tres galletitas en una hora mientras paseaba por las inmediaciones de Nathan Road, una avenida enorme y caótica que es la columna vertebral de la península de Kowloon.

Las ganas de vomitar me atacaron de nuevo y me metí al baño de un shopping. Pese a lo horrible de la situación, no pude dejar de notar la música que salía de los parlantes ubicados sobre cada inodoro, un pop que me hacía acordar al supermercado chino de mi barrio.

Nunca tuve la habilidad de inducirme el vómito y parecía que esta vez era sólo una sensación, así que salí de ese gigantesco centro comercial. Entré a una farmacia tradicional china, donde le expliqué más o menos mis síntomas al empleado y me vendió unas pastillas que según la caja estaban hechas de "preciosos materiales medicinales chinos". Tomé un par, de un intenso gusto a menta, pero no tuvieron ningún efecto.

Esa tarde el dolor me dio una tregua y me dejó recorrer un poco más este lugar tan loco, de clara tradición china pero donde el colonialismo inglés se ve en cada esquina. No quería bajar la guardia, aunque mi mente se empezaba a relajar. Antes de llegar al hostel me compré un pan lactal para que hiciera las veces de cena, junto a esas galletitas que todavía tenía desde más temprano. Aunque me moría de ganas de comer en esos bolichitos chinos bien locales que ni siquiera tenían el menú en inglés, me daba pavor la idea de comer algo más elaborado. Ya habría tiempo, pensé.
Pero mi abdomen (digo así porque todavía no sabía si era estómago, hígado, intestinos o qué) volvió a la carga. Un dolor espantoso y de nuevo las ganas de vomitar. Esta vez pude, aunque sin mucha consistencia. Claro, si estaba casi sin comer.

En mi habitación había un inglés cincuentón, que daba clases de su idioma en el sur de China y estaba en Hong Kong para renovar su visa. Le conté lo que me pasaba y le supliqué que me acompañara a un hospital. No podía seguir así, quería que me abrieran y me sacaran lo que fuera que tenía. Googleó y había uno a unas pocas cuadras. Arrancamos despacito.

Llegamos al hospital, completamente atiborrado. Encima, ver a todos en la sala de espera con barbijo constituía una imagen aún más apocalíptica. En la ventanilla me preguntaron si era ciudadano hongkonés. Ante mi respuesta negativa, me dijo que tenía que pagar 200 dólares, sólo para ser visto por un médico. Después, seguiría pagando en base a lo que me hicieran. Ah, además, una hora de espera.

No era para nada lo que tenía en mente, así que le agradecí al inglés pero le dije que volvíamos al hostel. Tras una lenta caminata, cuando llegamos me puso en contacto con otro huésped, un neurobiólogo húngaro que por alguna razón andaba lleno de pastillas. Me dio un par de comprimidos de lansoprazol y unos de tramadol ("con esto vas a dormir como un bebé", me dijo). También esbozó una explicación de qué era lo que podía tener, pero yo estaba demasiado dolorido para entender. Me empastillé y a dormir.

El húngaro tenía razón. Logré pasar la noche sin dolor, pero el recuerdo de esa sensación espantosa (el día anterior la intensidad del dolor se había al menos duplicado) me convenció de que no podía seguir sin un seguro médico. Empecé a averiguar por internet precios y recomendaciones. El problema de sacar un seguro cuando ya estás de viaje es que no se activa instantáneamente, para que ningún piola lo compre doblado de agonía en una sala de espera en Hong Kong y quiera usarlo en el momento. Una vez que lo contratara, debía esperar siete días para poder darle uso. Creí que si podía mantenerme siete días alejado del dolor, iba a andar bien. Lo compré.

A partir de allí, obviamente, el dolor desapareció. Seguí recorriendo Kowloon y la isla de Hong Kong sin problemas, viviendo a pan, galletitas y agua. Lo más loco que hice, gastronómicamente hablando, fue ir con Ken, un local que conocí por Couchsurfing, a comer a un restorán bien típico (sin menúes en inglés, como quería yo). Sólo probé congee, una sopa de arroz, en este caso sin ningún otro ingrediente, por las dudas.

No sin decepción por no haber podido disfrutar más de mi estadía ni haber comido más platos locales, sobreviví a mi estadía en Hong Kong. Se venía mi encuentro en Indonesia con mi hermana y ya podía saborear esos alfajores Jorgito que le había encargado y que tanto extrañaba.

martes, 6 de agosto de 2019

El dolor lejos de casa. Parte I: El mal pasajero más largo de todos

Todo comenzó con una invitación.

- Vengan, como despedida les voy a cocinar una barbeque con cosas que me manda mi esposa y no voy a llegar a comer porque son muchas.

Así era Steve, ese australiano charlatán y aventurero que, de tanto en tanto, se rajaba de su casa para irse unas semanitas de campamento con su motorhome gigante. Lo habíamos conocido hacía apenas un par de días en el parque nacional cerca de Exmouth, al noroeste de Australia, pero rápidamente nos tomó como protegidos y pasábamos horas charlando, cerveza en mano, junto al fogón o mirando el mar. En un ataque de originalidad, lo bautizamos "Tío Steve".

Mi amigo Martín y yo veníamos de un roadtrip largo viviendo a fideos, arroz y birra, así que la posibilidad de comer carne antes de seguir viaje fue un regalo maravilloso. Quizá por eso no me dio impresión ver a ese pedazo de panceta que flotaba en grasa en la sartén. En ese mar lípido también navegaban hamburguesas y las típicas salchichas. Para nosotros era una fiesta.

Pero las fiestas nunca son gratis: alguien las tiene que pagar. Esa misma madrugada, un dolor de panza que me hacía doblar en dos como una reposera me despertó. "Steve, la puta madre, tanta grasa me está matando", pensé, mientras consideraba que era sólo una indigestión. Al otro día todo estaría bien. Mejor que así fuera, porque no tenía seguro médico y sabía que una consulta en Australia me iba a agujerear el bolsillo.

A la mañana siguiente, el dolor espantoso de la noche derivó en molestia. No estaba perfecto, pero era un gran avance. Nos subimos a la van y a de nuevo a la ruta. Un par de días sin aceite ni alcohol me dejarían como nuevo.

Ja.

Llegó otra noche de espanto. Todo el dolor que no había sentido durante el día se hizo presente a la madrugada. Empecé a transpirar. Probé dormir en posición fetal: imposible. ¿Estirado? Menos. Sentía unas ganas de vomitar que por más que intentaba no podía sacarme. De casualidad descubrí que si me ponía en cuclillas y daba pequeños saltitos, como cuando te pegan un pelotazo ahí abajo, el dolor aflojaba un poco. Me pasé horas alternando entre ese movimiento y mis intentos de dormir.

De a ratos miraba alrededor. Estábamos en un camping agreste, rodeado de árboles iluminados por la luna casi llena. ¡Qué hermoso lugar! ¿Por qué no lo puedo disfrutar? Cuando el dolor me daba una pequeña tregua y podía pensar un poco más claramente, reparaba en que de un momento a otro podía aparecer una serpiente, algo más que común en Australia. Pero después ese malestar horrendo volvía y los ofidios dejaban de ser un problema.

Al rato se hizo de día y me di cuenta de que había pasado mi penúltima noche australiana sin dormir por ese dolor abdominal. Al día siguiente tenía que tomar mi vuelo en Perth para seguir mi viaje por Hong Kong. ¿Iba a llegar en condiciones?

Pusimos proa rumbo al Sur para seguir y ahí fui comprendiendo que este dolor era traicionero, como una trompada en la nuca. Durante el día, todo bien. Apenas una ligera molestia de a ratos, y la mayor parte del tiempo nada. Pero, de noche, aparecía como una emboscada y me sentía en medio de una ronda de matones que me pateaban el estómago.

Ese día llegamos a Perth y Martín sugirió pasar por una farmacia. Sin tener muy en claro dónde estaba el problema, decidí adquirir un arsenal de amplio rango. Googleé cómo se llama la Buscapina en Australia (“Buscopan”, casi lo mismo) y le agregué paracetamol y un par de analgésicos que ya no recuerdo.

Disfrutamos de ese río lleno de cisnes, del azul profundo del Índico y de las vistas de la ciudad. Ni noticias del dolor, pero ya sabía que atacaría de madrugada. Buscamos un hostel para esa última noche y me entregué a los demonios.

Me acosté con mucho miedo, pero pude dormir tranquilo un par de horitas. De pronto, otra vez ese dolor agudo y la sensación de que si no me hago una bolita me voy a morir. Seguía decidido a no ir a un médico, pero eso no me impidió escribirle a mi primo estudiante de Medicina, que gracias a la diferencia horaria estaba despierto y disponible.

- ¿El dolor es abajo a la derecha del abdomen?
- No, es arriba medio tirando a la derecha.
- Bueno al menos con eso descartamos apendicitis, que sería un problemón.

Tras un rato de charla y la evaluación de otros diagnósticos posibles, encontré una posición cómoda y sin dolor para dormir y caí rendido.

Me sentía bastante bien al otro día, así que no tuve problemas en llegar al aeropuerto de Perth y embarcarme con destino a Hong Kong. Mi plan era pasar un puñado de días ahí y luego encontrarme con mi hermana en Indonesia. Me prometí cuidarme con las comidas para llegar diez puntos al reencuentro familiar.

El vuelo, al que le tenía mucho miedo, transcurrió sin dolor. Ya me había imaginado protagonizando una escena de película con la explosión de alguno de mis órganos ante el horror de los demás pasajeros y la mala suerte de que no hubiera un médico a bordo. Pero nada de eso. Mi primer día en Hong Kong también anduvo bárbaro. El hostel era feo y caro, el baño horrible y la cama incómoda, pero yo ya empezaba a pensar en mis próximas aventuras y en cómo todo este malestar espantoso empezaba a formar parte del pasado.

Cuando esa noche me desperté para vomitar, supe que la pesadilla continuaba.