sábado, 12 de febrero de 2011

Los filecitos del otro día

Sábado 12 de febrero de 2011

Querido diario:
Hoy, por primera vez, vi a una gitana en el bondi.

lunes, 7 de febrero de 2011

Seleccionador, no entrenador

En verano, es inevitable entregarse al consumo de productos culturales que horrorizarían a Borges o a Séneca, pero que enloquecen al yanqui medio, también llamado Average Joe. En este contexto, el zapping se vuelve más largo, transitando por canales que durante el invierno pasan desapercibidos. ¿Acaso los programadores de los canales no se dan cuenta que tienen que poner cosas más entretenidas en esta época, cuando uno está más al pedo? Yo creo que sí saben, pero les importa un carajo.
Fue así como, luego de ver durante media hora el canal alemán sin entender absolutamente nada, me distraje un rato mirando el canal católico. Pero la versión femenina y gallega del Padre Farinello también terminó llenandomé las bolas con sus consejos sobre cómo ser un buen samaritano y hacer un mejor mundo para el prójimo, por lo que continué oprimiendo el botón descendente de cambio de canal.
La siguiente parada fue la que más me hizo reflexionar. Claro, estoy de vacaciones, filosofo acerca de cualquier cosa, pero esto especialmente me puso a pensar las idas y vueltas del arte. El canal en cuestión era Sony, y el programa, American Idol. Allí, se escuchaba a varios jóvenes, diciendo cosas como "la música es mi vocación, no sé hacer otra cosa, la música es mi vida".
Luego uno los oye cantar, los ve bailar, y queda de manifiesto la carencia total de talento en aquello que llaman "su vida". Piensa uno entonces cuán sobrevaluada está la música como salida laboral, comprendida como camino "fácil" para salvarse y no tener que laburar de cosas espantosas como telemarketer o escribano.
Eso lleva a que cualquier estólido, simple cantante de ducha o bailarín de cuarteto en una bailanta de Zona Sur crea que el arte es el camino que debe seguir en su vida. Y no. Es más, probablemente posee algún talento con los números que le significaría una excelente carrera como ingeniero o contador, pero, ¿cómo se va a enterar si lo único que hace es pararse el pelo con gel y practicar coreografías frente al espejo?

domingo, 30 de enero de 2011

Nadie quería rock

Mirando las montañas en compañía de mi cámara de video JVC modelo '94, pensé en las berenjenas al escabeche. No sé si alguna vez han comido, pero tienen la particularidad de que a la vista son realmente muy desagradables, parecen una anfibio en descomposición flotando en agua de un pantano peruano. Sin embargo, son riquíiiiiisimas.
Así, con humildad y perfil bajo, las berenjenas al escabeche nos enseñan una pequeña lección a la hora de elegir una pareja: no importa si la otra persona es linda o fea, lo importante es que sea rica.

martes, 25 de enero de 2011

Alerta meteorológico

Seguramente leyeron o escucharon la noticia acerca de la mujer que se arrojó desde un vigésimo tercer piso y sobrevivió, ya que cayó sobre un taxi que amortiguó su caída.
No entiendo cómo hablan de "milagro". Es más que obvio que la mina en realidad era un ángel, y el tachero usaba Axe Excite:

miércoles, 12 de enero de 2011

Ñapa es

Germán, siempre se dice que las cucarachas vienen más resistentes al Raid. ¿No será en realidad que hacen insecticidas cada vez más chotos?





Mmmm... no sé.

martes, 11 de enero de 2011

Estudie pa' ingeniero

¿Cuál de las dos posibilidades es la correcta?: ¿si no existieran los argentinos no habría Argentina, o si no existiera Argentina no habría argentinos?

domingo, 9 de enero de 2011

O sole mío







El 96% de las fotografías en que un grupo de borrachos intenta parodiar la tapa del disco Abbey Road termina en fracaso.

miércoles, 5 de enero de 2011

República de Mataderos

Me cuesta creer que en pleno verano porteño, platense o en donde sea que la temperatura agobie soporíferamente, dos tipos que se encuentran comenten "qué calor, eh".
¿Buscan el Nobel de Obviedad? ¿Son de esas personas que irremediablemente hablan del clima? ¿O simples pelotudos, nomás?

viernes, 31 de diciembre de 2010

qwertyuiop

Qué mejor para terminar el año que manifestar mi repudio a taaaaanta publicidad referida a la sequedad vaginal y al tránsito lento.
DEJENSÉ DE ROMPER LAS PELOTASSSSSSSSSSS

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Síganlo, no los va a defraudar

- ¡Pero, la pucha! ¡Con este clima! - se quejó apesadumbrado el ex presidente, de pobladas patillas él. Debido a las inclemencias meteorológicas, el avión que lo transportaría desde Santa Fe hasta su La Rioja natal no podría despegar por unos días, ya que había lluvias previstas para toda la semana.
- Vamos a tener que ir en el auto, Don Carlos.
Emprendieron el largo viaje.
Mientras tanto, a unos cientos de kilómetros de allí, un hombre de ojos achinados y bigote fino esperaba, aguantando estoicamente esa densa lluvia que azotaba a aquella región del país.
Sabía que pasaría por ahí en cualquier momento; lo sabía desde la noche en que ella le habló en sueños. Tan seguro estaba de lo que iba a hacer este paisano, que no le importaba la lluvia. Por eso descartó refugiarse en la vieja estación ferroviaria abandonada, que estaba cerca de aquella ruta. Prefirió quedarse junto al camino, con la mirada fija en el horizonte, aguardando.
Luego de unas horas, vio una luz que se acercaba a toda velocidad. Miró alrededor: sólo se veía campo, recibiendo sediento esa imponente lluvia que hacía tanto no llegaba. Y a un lado, solitaria, triste, la derruida estación.
El paisano se acomodó la pistola en el cinturón, confirmando que estaba ahí, y se paró en medio de la ruta agitando los brazos, como pidiendo que lo lleven a algún lado.
El automóvil negro casi lo atropella; si bien era de día, la ya insoportable lluvia hacía difícil la visibilidad. Cuando el vehículo se detuvo, la ventanilla trasera derecha se bajó, y asomó la cabeza el ex presidente, quien dijo rápidamente:
- ¡No se moje más, muchacho! ¡Suba que hay un lugar!
El paisano no contestó, sólo lo miraba fijamente. Al no recibir respuesta, el ex mandatario abrió la boca para insistir, pero el extraño ya había desenfundado. Menos de un segundo después, estaba disparando sobre la cabeza de Carlos Saúl Menem, quien murió en el acto, con la cara llena de agujeros.
Las tres balas restantes fueron para el conductor del auto y los dos acompañantes. Dejó sus cadáveres allí, y sólo tomó el del líder riojano. Lo arrastró hasta la estación abandonada y lo enterró junto a las vías, oxidadas y cubiertas de yuyo.
En ese momento, la lluvia cesó, las nubes se disiparon y un sol radiante inundó el paisaje. El paisano se sacudió el barro de las manos y sacó una foto de Norma Plá del bolsillo de su pantalón.
Respiró hondo, miró al cielo y besó la imagen, sintiéndose lleno de paz.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Trasero de cerdo y patatas

Es más que obvio que si dejásemos de lado la soporífera obligación de usar ropa, en un par de generaciones se erradicaría la obsesión por la desnudez. Es cuestión de tomar la iniciativa nomás.
Y de mudarse a un lugar caluroso, para evitar achicharramientos.

domingo, 12 de diciembre de 2010

No tengo edad ni porvenir

Tuve la oportunidad de visitar el mercadito chino del barrio de un amigo. Y a diferencia de los chinos de la vuelta de mi casa, estos se habían integrado, en pequeños detalles, a la sociedad argentina.
Pero quiero mencionar sólo al más importante de ellos: el chino de la caja nos cobró $22,50 y, al recibir un billete de 50, nos preguntó si teníamos cincuenta centavos, tal como hacen los comerciantes connacionales.
Enorme diferencia con "mis" chinos, que con tal de reducir al mínimo el contacto con el cliente, aunque sea verbal, te dan vuelto aunque le pagues con quinientos euros.
Una muestra del ímpetu de integración de algunas gentes, y de la oriental mala onda de otros.

martes, 7 de diciembre de 2010

La etiqueta me picaba el cuello

Esto podría ir en Reflexiones en trasporte público, pero como fue formulado mientras caminaba, quedará en la nada.
Resulta que iba por una zona cercana al centro, y vi una parejita que caminaba, de la mano. Cada tanto, paraban e intercambiaban un poco de saliva, lo normal. Pero lo que me llamó la atención de esta pareja, es que él era ciego.
Ahí fue cuando arrancó la catarata de preguntas:
¿Él ya era ciego cuando se conocieron? ¿hasta qué punto la mina lo quiere posta, y qué tanto está con él por lástima? O quizá mientras noviaban, él tuvo algún inconveniente que le hizo perder la vista; entonces, ¿ella se quedó con él por temor a ser una garca que abandonaba a un ciego?
O tal vez, la mía sea sólo una visión perversa, fría y misántropa, y ella realmente esté enamorada. Pero la mente humana está muy limada, lo sabemos. ¿Lo sabemos?

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Nuestra identidad

María volvió feliz su a casa aquel caluroso mediodía de noviembre. Recorrió las once cuadras entre la escuela y su hogar con una sonrisa imborrable, brillante, que contagiaba a todos los que se cruzaban con ella. La felicidad se debía a que Adela, su querida maestra de su querido tercer grado, la había elegido para protagonizar el acto de fin de curso; interpretaría el papel de Argentina.

Apenas llegó, iba a contarle a su mamá la novedad. Pero recordó que la señorita les hizo prometer que no les dirían nada a los padres, ya que el acto sería una sorpresa. Además, cada alumno debía confeccionarse su disfraz sin ayuda, con lo que tuviera a mano.

Almorzó en silencio, aunque sin dejar de sonreír. Su madre atribuyó esa expresión a las papas fritas que había en el plato, por lo que no preguntó nada más allá del clásico "¿cómo te fue hoy?". Sólo obtuvo un "bien, re bien" como respuesta.

Cuando terminó de comer, y luego de ayudar a su mamá a juntar la mesa, María corrió a su habitación y abrió el placard. Seleccionó la ropa que utilizaría en el acto, la dobló prolijamente y la guardó bajo la cama, en una bolsa. Si bien faltaban quince días para la fiesta, quería estar preparada con antelación.

Una semana antes del cierre del año lectivo, durante un ensayo, la señorita Adela les preguntó a sus alumnos, uno por uno, cómo iban con la cuestión de los disfraces. San Martín y sus granaderos dijeron estar listos. Belgrano sólo necesitaba conseguir las botas. Sarmiento, por su parte, no sabía cómo representar la calvicie.

¿Y María? La maestra le preguntó dos veces si ya tenía todo preparado, porque sería la protagonista del acto y debía estar impecable. Después de todo, representaría nada más y nada menos que a la Argentina, al país entero.

La pequeña, con sus trenzas rubias radiantes y su sonrisa blanca y encantadora, le contestó las dos veces que sí, que estaba todo listo, y sin ayuda de nadie. Estaba más que entusiasmada con el papel que le había tocado.

Finalmente, llegó el gran día. Para que su mamá no viera el disfraz, María se puso una campera larga. No importaba el calor que hacía; quería conservar el manto de sorpresa del acto para el que tanto habían practicado.

Entró a la escuela de la mano de su madre, y vio que todos sus compañeritos habían tenido la misma idea. Pese a que el sol pegaba fuerte y hacía quejarse a las chapas del techo del gimnasio, todos los chicos estaban con sus abrigos, ocultando los disfraces de los ojos de los padres.

La maestra llamó a los alumnos de tercero detrás del telón, para que dejen sus camperas y se preparen para el acto. En cuanto vio lo que tenía puesto María, la tomó del brazo y la alejó del grupo. La pequeña estaba extrañada, tanto que no atinó a hacer nada más que caminar. La señorita Adela la reprendió fuertemente, diciéndole que en su último año como docente no iba a tolerar que una mocosa le tomara el pelo de esa manera, delante de toda la gente, y la echó del lugar. Sería reemplazada en el papel por Camila, esa chica petisita que no le caía bien a nadie.

María sólo atinó a correr hasta su casa, con los ojos empapados en lágrimas, y se encerró en su cuarto a llorar. A un lado de la cama, dejó la vincha de plumas, y la túnica multicolor.

¿Qué pasaba? ¿Acaso era la única que creía que la Argentina era de los aborígenes?

lunes, 22 de noviembre de 2010

Óxido de yeso

Un día, más temprano que tarde, el 0,1% de gérmenes y bacterias que no es ultimado por los desinfectantes se levantará en armas y nos destruirá, en venganza por sus compañeros muertos.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Ese puntito del medio

Probablemente seas de aquellas personas que creen que la Goma Eva tiene alguna relación con la señora María Eva Duarte de Perón.
No es algo descabellado: su fundación podría haber donado los galpones o las máquinas para comenzar a fabricar ese material en la argentina, el ultrapersonalismo reinante la llamó Goma Eva, a partir de 1955 le podrían haber cambiado el nombre a Goma Isaac Rojas para luego volver a su nombre original años más tarde, probablemente en el '83.
Bueno, no. Nada de eso.
EVA son las siglas en inglés de Etileno acetato de vinilo (Ethylene Vinyl Acetate), un material para nada nacional y popular creado en el exterior; un frío y vulgar termoplástico.
Muchas veces, la fantasía es mejor que la realidad.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Salacachussets

Creo que de tanto ir a los chinos, estoy mejorando mi comunicación con ellos en su extraño lenguaje híbrido.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Sonriendo y de pie

Supuesto:
Tenés que ir a la casa de tu abuela, y decidís ir en bondi. El noble transporte público te deja en la misma calle, pero no en la puerta: la casa de la nona queda en medio de dos paradas. Entonces, en cualquiera de las dos que te bajes, vas a caminar una cuadra.
Pregunta:
¿Te bajás una cuadra antes de llegar a la casa de tu abuela, o una cuadra después?

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Contigo pan y cebolla

Estamos aquí para rescatar del olvido a alguien muy especial. A alguien a quien todos conocemos, pero pocos saben su nombre. Alguien que desde nuestra más tierna infancia forma parte de nuestras vidas, ya que a través de la pantalla chica ha iluminado nuestros corazones con su desgarbado porte y su fiero tesón.
Sí, estamos hablando de Emilio Bardi.



Seguro no tenías idea de su nombre, y te referías a él como "ese que siempre actúa de chorro en Telefé". Y no sos el único, no. Porque el pobre Emilio, ya de 50 años, ha sufrido la misma estigmatización que sufriera alguna vez Adam West, y tantos otros: quedó pegado al papel de marginal, de tipo del hampa, y siempre se lo llama para eso. Nunca va a interpretar al Rey Jorge VI de Inglaterra; va a ser un ladrón de bancos, el amigo de Monzón, el padre ausente de algún niño, un policía corrupto o un barrendero.
Por eso le rendimos este pequeño pero sentido homenaje. Y cada vez que estés reunido con tus amigos, alzando las copas y riendoté de nimiedades, acordate de él. Acordate, y realizá un brindis por Emilio Bardi. El actor olvidado.

domingo, 31 de octubre de 2010

Última parada

Érase una vez un niño que vivía en un autobús. Claro, qué extraño, en un autobús. Para no parecer un boludo que habla como en los dibujitos, vamos a cambiar "autobús" por "bondi". Retomando, el niño vivía en un bondi, no porque no tuviera casa sino porque su casa era el bondi, allí había nacido y permanecido toooda su vida.

El niño, que según su DNI se llamaba Ernesto, almorzaba los alfajores Guaymallén que te dan en los viajes de larga distancia, por lo que nunca en su vida conoció el verdadero dulce de leche; salvo cuando una señora que viajaba de Chascomús hasta la escala en Ciudadela se olvidó un Tupperware® lleno de dulce de leche artesanal que preparaba su tía. Recién ahí conoció aquel delicioso manjar, que le pareció mucho más copado que los sanguchitos de miga que solía cenar, o el constante olor a orines del baño, que según la leyenda popular vacía el depósito de su inodoro con cada cruce al Riachuelo.

Ernesto solía divertirse contando las rayitas blancas de la ruta, y al cabo de algunos años logró obtener con precisión la cantidad exacta, 45235 de Mar del Plata a Buenos Aires, 39485 de Buenos Aires a Rosario y 768457 de Ushuahia a La Quiaca. Pero lo que más le gustaba a Ernestito era cuando el bondi paraba en alguna terminal, ver el ajetreo, la gente apurada que iba de aquí para allá desesperada por llegar a tiempo, la familia que saluda con una gran sonrisa a la abuela que se vuelve al pueblito (mientras no dejan de pensar "por fin se va esta vieja hinchapelotas"), los grupitos de amigos que se van de joda a otro lugar para salir de la rutina, y los típicos borrachos que se pasan la vida sentados en la barra de los bares de terminal, comparando al River del '86 con el de ahora o criticando la dictadura de Onganía.

A pesar de estar maravillado por el mundo que había del otro lado de las ventanillas, Ernesto tenía un gran miedo a bajarse del bondi, ya que el inherente temor del ser humano a lo desconocido lo paralizaba cada vez que intentaba cruzar la angosta puerta. Se sentía tan seguro, tan cálido, tan contenido por sus asientos con tapizados azul y gris y el continuo gemir del motor, que le resultaba algo imposible salir de allí.

Hasta que un día, cuando el bondi se dirigía a Villa Celina, Ernesto decidió que era momento de abandonar el ómnibus y de una vez por todas formar parte del mundo real, el mundo de afuera. A cada metro que el bondi se acercaba a la terminal, la emoción de Ernesto aumentaba con una proporción de quince mil a uno. Los demás pasajeros ya empezaban a estirar sus piernas, a agarrar sus bolsos, a saborear la comida con la que serían recibidos en sus casas, y a Ernestito, sólo a él, le temblaban las piernas como si estuvieran hechas de una extraña mezcla de gelatina y flan que parecía que nunca iba a detenerse. De pronto, el micro entró a la terminal, y el niño sintió una comezón en el estómago. Esperó a que el micro se detuviera en la plataforma 27, se levantó de su asiento y se pegó a la espalda de una señora bastante gorda que bajaba dificultosamente la escalera llevando un bolso de mano que rebalsaba de ropa.

Y por fin, estuvo afuera. Respiró aire puro por primera vez en su vida, sintió la brisa chocando su cara, y fue parte del mundo de la terminal que veía por la ventanilla, de la gente que hablaba ruidosamente y miraba el reloj a cada momento.

De repente, oyó un ruido que le resultó familiar. Miró hacia atrás, y vio sin tiempo de reaccionar las enceguecientes luces del colectivo que lo estaba atropellando, mientras el descuidado conductor se peinaba mirandosé en el espejo.

Con esta paradoja concluyó la vida de Ernesto, siempre girando en torno a los bondis.