En verano, es inevitable entregarse al consumo de productos culturales que horrorizarían a Borges o a Séneca, pero que enloquecen al yanqui medio, también llamado Average Joe. En este contexto, el zapping se vuelve más largo, transitando por canales que durante el invierno pasan desapercibidos. ¿Acaso los programadores de los canales no se dan cuenta que tienen que poner cosas más entretenidas en esta época, cuando uno está más al pedo? Yo creo que sí saben, pero les importa un carajo.
Fue así como, luego de ver durante media hora el canal alemán sin entender absolutamente nada, me distraje un rato mirando el canal católico. Pero la versión femenina y gallega del Padre Farinello también terminó llenandomé las bolas con sus consejos sobre cómo ser un buen samaritano y hacer un mejor mundo para el prójimo, por lo que continué oprimiendo el botón descendente de cambio de canal.
La siguiente parada fue la que más me hizo reflexionar. Claro, estoy de vacaciones, filosofo acerca de cualquier cosa, pero esto especialmente me puso a pensar las idas y vueltas del arte. El canal en cuestión era Sony, y el programa, American Idol. Allí, se escuchaba a varios jóvenes, diciendo cosas como "la música es mi vocación, no sé hacer otra cosa, la música es mi vida".
Luego uno los oye cantar, los ve bailar, y queda de manifiesto la carencia total de talento en aquello que llaman "su vida". Piensa uno entonces cuán sobrevaluada está la música como salida laboral, comprendida como camino "fácil" para salvarse y no tener que laburar de cosas espantosas como telemarketer o escribano.
Eso lleva a que cualquier estólido, simple cantante de ducha o bailarín de cuarteto en una bailanta de Zona Sur crea que el arte es el camino que debe seguir en su vida. Y no. Es más, probablemente posee algún talento con los números que le significaría una excelente carrera como ingeniero o contador, pero, ¿cómo se va a enterar si lo único que hace es pararse el pelo con gel y practicar coreografías frente al espejo?