miércoles, 8 de julio de 2020

Ciboulette

Tras mis primeros once años, en los que no mostré mucho interés por nadie, me levanté una mañana y me di cuenta de una cosa: me gustaba Alejandra, mi compañera de curso. Estaba en sexto grado, la primavera se acercaba y yo de pronto tenía esta cosa inesperada que no sabía cómo manejar. ¿Qué tenía que hacer ahora? ¿Preguntarle si quería transar conmigo? ¿Pedirle matrimonio?
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Hice lo que todo buen cristiano haría: le recité una poesía. En el colegio. En el recreo. Con varios compañeritos como testigos.
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Eran tiempos de protointernet, faltaban todavía un par de años para que Facebook existiera y muchos más para que se llenara de frases simplonas y edulcoradas, repetidas una y otra vez. Así que mi recitado de este material sacado de la Web 1.0 sonó casi a algo original.
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En La sociedad de los poetas muertos, Knox se le aparece en el aula a su interés romántico y le lee una poesía. Al menos él tuvo la decencia de escribirla en vez de buscar una en internet. Pero la reacción fue igual tanto en Chris como en Alejandra: el deseo de que unos marcianos la raptaran en ese momento para salir de esa situación incómoda y horrenda.
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Se sucedieron algunas cosas más, como bailar My Heart Will Go On en un cumpleaños y mis torpes intentos de generar charla en el colegio. Además, el grado entero sabía que me gustaba. Pero todo era estéril: a mis oídos de poeta enamorado del siglo XIX había llegado que a ella le gustaba Di Paola, uno de otra división. No me importaba. Yo seguiría adelante como un Florentino Ariza del Conurbano. O como el corazón de Céline Dion.
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Por si todo lo hecho no bastase, decidí dar un último gran paso para meterme de lleno y de forma irreversible en el espeso pantano del ridículo. La jugada final.
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Corté una flor del jardín del colegio y se la ofrendé a Alejandra junto con unas palabras melosas. Ni siquiera procuré que estuviera sola para no avergonzarla frente a nuestros compañeros. Sentía que mi elevado amor debía expresarse así, a los cuatro vientos, o no sería.
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Después de esta lamentable escena, con el público expectante y ella sin agarrar la flor y sin saber qué decir, le pregunté si quería ser mi novia. Sí. Así.
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— Yo no siento lo mismo que vos sentís por mí, así que gracias, pero no — dijo ella con gran tacto y diplomacia, procurando no dejar una cicatriz en mi corazón que fuera una traba para todas mis relaciones futuras.
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Dijo que no. Dolor. Prefería a Di Paola antes que a mí. El primer golpe en mi currículum amoroso. Pero con todo esto ya tenía experiencia comprobable en drama y no iba a dejar pasar la oportunidad de hacer un nuevo papelón. Alfredo Alcón habría estado orgulloso de mí.
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Tomé mi último resto emocional y preparé la salida triunfal. Todavía con la flor en la mano, la revoleé por sobre mi hombro, sin mirar, y pronuncié mi línea final antes de que cayera el telón:
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— Que te cuide Di Paola.

viernes, 3 de julio de 2020

Vino

Alguna vez pensé en pedirte perdón por referirme siempre a vos como "el pelotudo este". Quizás habría sido mejor llamarte por tu nombre, ese nombre de pelotudo que te pusieron. Bueno, no me voy a meter ahí, no deberías tener que cargar con malas decisiones de tus padres. Pero, seamos o no freudianos, seguramente tuvieron algo que ver con lo pelotudo que sos, por acción u omisión. No quiero cometer la pelotudez de rebajarme al nivel de un pelotudo como vos, un pelotudo al que nadie soporta. Ahora que veo, en esas reuniones con gente que te conoce compruebo que no soy el único que eligió adornarte con el epíteto de pelotudo. Había otros disponibles, sí, tal vez más elegantes, que no incomodarían a mi tía Mirta si los dijera en la mesa. Pero a vos te quedan pintados esos cuatro golpes, esos cuatro aplausos, esas cuatro corcheas, esas cuatro sílabas: pelotudo.

viernes, 26 de junio de 2020

Rugby al sol de medianoche

Cada mes de junio, en Alaska celebran el solsticio con un singular torneo de seven, en un campo de ensueño que nació como un boceto en una servilleta y se convirtió en realidad
 
 
 
Estamos en junio, tiempo de solsticio. Calor, sol, días más largos. En el hemisferio sur, mientras tanto, exactamente lo opuesto. “Sí, hombre, ya lo aprendimos en el colegio, ¿a qué viene esto ahora?”. Está bien, tienen razón. Es que en otros sitios, un poco más remotos, estas fechas se viven de una forma más extrema.

Anchorage, con casi 400.000 habitantes, es la ciudad más grande del estado norteamericano de Alaska. Está ubicada a unos 600 kilómetros al sur del Círculo Polar Ártico (un poco más al norte que Oslo, Estocolmo, Helsinki y San Petersburgo), lo que significa que durante esta época tienen noches de apenas cuatro o cinco horas. En ocasiones, el reloj da las 12 campanadas de la medianoche y el sol aún brilla. Para celebrarlo, cada año organizan un torneo de rugby a siete: el Midnight Sun 7s Rugby Festival.


El evento lleva ya 23 ediciones, aunque este año debieron suspenderlo por la pandemia. Se juega en el Alaska Mountain Rugby Grounds, un campo de ensueño enclavado entre las montañas, rodeado de bosque y con un césped tan verde que parece sacado de una pintura impresionista, merodeado a veces por alces y osos en un verdadero encuentro entre el rugby y la naturaleza.
Allí, chicos y chicas se dan cita para vivir un fin de semana a lo grande de rugby, comida y fiesta. La federación local aprovecha para mostrar el deporte a un público no tan acostumbrado, a la vez que gente de otras partes del país y de Canadá, Australia y Nueva Zelanda se arma para vivir unas vacaciones ovaladas.

Este campo, el Alaska Mountain Rugby Grounds, tiene una historia especial. Primero fue un sueño, luego un boceto en una servilleta y, finalmente, una realidad. El autor intelectual es Justin Green, un hombre nacido y criado en Anchorage, pero educado en el Saint Lawrence College de Kent, Inglaterra. En sus años escolares era un crío revoltoso e incontrolable, hasta que se hizo cargo de la situación el director del colegio, Ian Gollop, quien fuera luego presidente vitalicio del Cardigan RFC del oeste galés.

Gracias a Mr. Gollop, el joven Justin conoció las bondades del deporte oval, especialmente todo lo que sucede fuera del campo, esas reglas no escritas. Ganó en disciplina y autocontrol y aprendió a encauzar su energía y empuje. Entendió también el valor del tercer tiempo y la enorme importancia del clubhouse en la vida de un equipo, como espacio donde la historia del club vive y se encuentra con el presente cada semana.




Por eso, cuando regresó a Alaska, vio el estado del rugby vernáculo, que constaba de dos equipos que apenas lograban juntar quince hombres y decidió intervenir. Nuestro viejo juego tiene mucho que ver con la idiosincrasia de Alaska: gente luchadora que pelea codo a codo contra las adversidades que les impone la dura naturaleza del lugar. Para Justin, sólo faltaba darlo a conocer.
 
En una ronda de cervezas con amigos, diseñó un campo en una servilleta, con instalaciones para acoger a delegaciones y maravillosas vistas a la montaña. Sus compañeros primero se rieron, pero él mantuvo su objetivo con tanta firmeza que terminaron sumándose. Primero, Justin fundó una empresa de demolición junto a sus amigos de rugby. Todos trabajaban a la par demoliendo y removiendo tierra que pudiera servir de relleno para el futuro terreno.

Una vez elegida la locación, un lugar de película rodeado de montañas y con vistas a la ciudad de Anchorage, comenzaron lentamente a rellenar, con las herramientas que tenían a mano. Siete años tardó la compañía de demolición en poder comprar la maquinaria necesaria para un trabajo más rápido y eficaz en el nuevo campo. Cuando estuvo nivelado el terreno, comenzó la construcción del clubhouse, en un principio con materiales sobrantes de las demoliciones.



“No hay sustituto para el trabajo duro”, dice Justin en el vídeo de World Rugby en el que relata la construcción del campo. “Sólo hay que agachar la cabeza y trabajar. Es el único camino para llegar al éxito”. Cinco años tardaron él y sus amigos en levantar las instalaciones, trabajando duro en la amigable pero corta temporada estival y aprovechando los inviernos para juntar fondos.

Finalmente, en 2013, el Alaska Mountain Rugby Grounds estuvo listo. “El campo de los sueños”, como lo llamaron. Rápidamente se convirtió en el epicentro del rugby alaskano. Allí se juegan varios partidos por fin de semana de la liga local y se transformó en el cuartel general de la Alaska Rugby Union, donde la historia puebla las paredes con camisetas y cuadros. Gracias a la difusión que permitieron las nuevas instalaciones, en dos años eran cuatrocientos los niños que se habían acercado por primera vez al deporte oval.


Esto no es lo único que tiene de especial este campo. Las líneas de pelota muerta, en lugar de ser rectas, ondulan siguiendo las irregularidades del terreno. Y, detrás de la zona de ensayo del lado sur, se encuentra un pequeño estanque de cristalina agua de montaña. Durante el Midnight Sun 7s, ese estanque forma parte del ingoal; por lo tanto, si un jugador se zambulle con la pelota será considerado un ensayo. Además, por cada uno de estos ensayos acuáticos, la organización dona diez dólares a la Alaska Rugby Foundation, entidad que se dedica a apoyar a deportistas en momentos difíciles.

Por la dureza del invierno, el rugby en Anchorage y sus alrededores se disputa de mayo a septiembre. Seis equipos masculinos y cuatro femeninos juegan rodeados de un paisaje que abruma por su belleza. Paisaje que espera pronto albergar el próximo anhelo de Justin Green: que los All Blacks jueguen un partido allí. Ya lleva un tiempo haciendo tratativas y seguramente lo logre, porque para los que sueñan en grande y trabajan duro, no hay imposibles.


https://www.revistah.org/planeta-oval/rugby-al-sol-de-medianoche

martes, 16 de junio de 2020

Todo ello cantando a ritmo de rap

Hace unos años, tenía una compañera de trabajo alta, de nariz redonda y ojos muy claros que se llamaba Daniela. No sé mucho más de ella porque si bien compartíamos piso, estábamos en sectores distintos. Alguna vez cruzamos un saludo de ascensor pero jamás hablamos.
Sin embargo, un día, de la nada, me imaginé que tendría una pésima relación con su padre. Un vínculo tenso, en el que ella sentía que nunca cumplía los estándares que él fijaba y lo decepcionaba continuamente. Veía a Daniela triste en un festejo de cumpleaños, llorando porque había hecho una torta para su papá y a él no le había gustado. La imaginaba dedicando sesiones enteras de terapia a este episodio y hundida cada vez más en su frustración por no poder complacer a ese tipo al que mi mente bautizó como Claudio.
Todo esto lo inventó mi cabeza, sin ningún elemento de la vida real que pudiese dispararlo. Simplemente me gusta inventar historias sobre la gente que conozco y también sobre la que no, por ejemplo en el transporte público.
Es muy probable que a vos, que estás leyendo esto, la primera vez que nos vimos te inventé una historia. No todas son tan bajoneras como la que le tocó a Daniela, eh. En algunas, mi fantasía convierte a alguien en un atleta juvenil que ganaba todas las medallas o en una viajera que vivió aventuras geniales alrededor del mundo.
¿Y vos? ¿De qué episodio imaginario me hiciste protagonista?

martes, 26 de mayo de 2020

Me revuelve las tripas

Hace poco, me invitaron a dar una charla a un colegio del que fui alumno. Creo que fue en concepto de "egresados exitosos". Ni me imagino cómo les fue a los demás, entonces.
Llegué medio sin saber qué decir y justo vi a Susana, la profesora de geografía. Eso me dio el pie para lo que quería decir:
"Susana, acá presente, nos enseñó algunas cosas sobre Bangladesh. Limita con India y Myanmar, es el octavo país más poblado del mundo, formó parte de Pakistán hasta 1971. Pero nunca nos habló de Salim.
"Salim vivía conmigo y trabajaba como lavaplatos en una pizzería en Italia. Venía de un pueblito al Sur de Bangladesh, un lugar con un nombre que nunca aprendí a escribir. Tampoco a pronunciar.
"Por la falta de laburo y oportunidades en su tierra, tuvo que ir a probar suerte a Europa. Trabajaba más de once horas por día, seis días por semana, por un puñado de euros que le alcanzaba para vivir y poder mandar un poco a su familia.
"Fumaba todo el día como una chimenea, pero el tabaco era su único vicio. Y mirar cada tanto un partido de cricket. Bangladesh es un país islámico así que no toman alcohol, aunque Salim, al no ser practicante, se permite un traguito cada tanto. Pero no está acostumbrado: una vez se juntó en casa con unos compatriotas a tomar una birra, y al rato estaba riéndose y chocándose los muebles. Lo mismo con el café, con media taza ya le temblaba la mano.
"Hablaba la lengua bangla de su país, el dialecto de su pueblo, un poco de italiano y otro poco de inglés. Nos costaba comunicarnos, pero cada tanto lo lográbamos y comíamos juntos el arroz de grano largo que preparaba con verduras y pescado o carne. Muuy picante. Todos los días el mismo menú: arroz con alguna otra cosa, que comía sin cubiertos. Directamente con la mano.
"Aunque vivía con la guita justa, siempre me ofrecía de su comida: 'Mangiare riso, mangiare'. Tuvo que aprender a cocinar a la fuerza, porque en su pueblo son las mujeres las que se encargan de eso, mientras los hombres trabajan. A sus treinta años, su familia veía mal que siguiera soltero, pero me contó que allá había una chica que lo esperaba para casarse.
"En su día a día, Salim debía lidiar con discriminación y maltrato. Que lo confundieran con un indio, que lo despreciaran por no hablar italiano, que no tuviera más opciones que lavar platos o vender chucherías en la calle. Sufrir el desarraigo y la soledad del inmigrante forzado, que es distinta a la de quien va a juntar kiwis a otro país para vivir una aventura.
"Con esto que les cuento no quiero atacar a Susana ni al resto de los docentes. Solamente quería recordarles que hay cosas que no se aprenden en el aula".

jueves, 16 de abril de 2020

El bajo posee una extensión vocal de más de dos octavas

Hace ya varios años, un amigo se encontró a Luis Alberto Spinetta en una estación de servicio. Lo único que se le ocurrió fue decirle "¡Grande, Flaco!". Y él le respondió: "Grande es lo que está por venir".
Siempre recuerdo la anécdota porque me parece, cuándo no tratándose de Spinetta, muy inusual. Y es que nunca miramos hacia adelante; tenemos la vista fijada en el espejo retrovisor. De este lado del Río de la Plata, nuestro pensamiento está muy atravesado por esa idea de que "todo tiempo pasado fue mejor".
Está presente en todo: la nostalgia a la época del "granero del mundo" (aunque la fiesta fuera la para unos pocos) y el gran país que pudimos ser y no fuimos. De los epítetos acerca de Buenos Aires, este es mi favorito: "La capital de un imperio que nunca existió".
Es que Buenos Aires es melancolía. La urbe europea que quiso ser y quedó ahí. Una ciudad que se mira desde la ventana de un bar, una tarde de lluvia, entre el humo del café y la discusión capaz de cambiar el mundo.
Esto también vive en el fútbol. Hablá con cualquiera que peine canas y te dirá "Pibe, equipos eran los de antes". Esa edad de oro en la década del 40 en la que éramos los recontra mejores de todos pero nunca se pudo demostrar porque no había mundiales... Y el Diego. No hay día en la vida de Messi en el que no lo comparen con Maradona.
Ah, y el tango. "Un pensamiento triste que se baila" (aunque Borges no estará de acuerdo)... Amén de lo que ya sabemos de sus letras y músicas melancólicas, también está anclado en el pasado: Gardel cada día canta mejor, pero ya no hay otro. Las canciones son siempre las mismas y no hay cantores nuevos.
Para redondear este desvarío que no va hacia ningún lado, he aquí una cita de lo que dice al respecto Juan Pablo Castel, en la pluma del Maestro de Santos Lugares: “En realidad, siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizá sea una forma de defensa de la especie humana. La frase 'todo tiempo pasado fue mejor' no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que —felizmente— la gente las echa en el olvido”.

jueves, 2 de abril de 2020

Your resume was not selected for the next round

Chewbacca
viejo y peludo
sos el amigo que todos deberíamos tener.
Siempre aguantando los trapos
y listo para cagarte a tiros con los Stormtroopers.
Pero a vos Chewbacca
nadie te pregunta cómo te sentís
ni cuáles son tus mambos.
¿Extrañás tu planeta?
¿Te preocupa el futuro?
¿Pusiste guita en Bitcoins?
Te convirtieron en un partenaire
para que Han Solo se luzca y quede como un duque.
Pero, ¿y vos?
Ningún nene quiere jugar a ser Chewbacca.
Y tampoco protagonizaste Avión presidencial ni Blade Runner.
Ser Chewbacca es como ser Robin o Luigi
pero con una nave zarpada.
Chewbacca Chewbacca
qué grande sos.
Vos también te merecés
un amigo como vos.

jueves, 26 de marzo de 2020

In diretta

Ya sé que pasaron diez años desde la última vez que nos vimos. Bueno; nueve años, diez meses y dieciocho días.
Pero todavía hoy, en cada subte, cada bondi, cada plaza y cada semáforo, miro a la cara a todas las personas con las que me cruzo, esperando encontrar ese oasis que para mí era tu sonrisa.
Ni sé qué fue de tu vida. Pero yo te sigo buscando.

jueves, 12 de marzo de 2020

Y renunció a sus acciones

Hoy cambié mi número de teléfono. Y cada vez que pasa eso, tengo un ritual que cumplir.
Todo comenzó a finales de los '90. El profesor Adolfo nos convocó a varios de la división a una prueba un martes a la noche, para conformar el representativo del colegio en nuestra categoría. En una institución con fuerte presencia futbolera, por donde había pasado uno de los mayores goleadores argentinos, ser parte de "la Selección" — así llamaban al equipo — era todo un privilegio.
Me presenté esa noche con mis ocho o nueve añitos y mis zapatillas blancas, porque no tenía botines. Era un defensor sin visión de juego aunque muy eficaz en espacios chicos, pero jamás había jugado en cancha de once. No sabía dónde pararme, ni cuándo correr, ni cuándo quedarme quieto, ni cuándo salir. Jugué primero para los de pechera y después Adolfo me cambió y me puso con el otro equipo. Creo que nunca terminé de entender qué estaba haciendo ahí.
Un par de días después, a través de mi amigo Nahuel, el profesor me mandó a decir que por el momento no fuera más, "pero que, ante cualquier cosa, él me llamaba".
Pasó un tiempito y no me llamó. Pero nunca me resigné. Es por eso que aún hoy, más de veinte años después, cada vez que cambio el número le aviso a Adolfo en caso de que me quiera convocar para la Selección.

miércoles, 11 de marzo de 2020

Quieres una manzana

Quizás alguna vez te cruzaste con la calle Carlos Calvo y pensaste que tenía que ver con Carlín, el actor.
Pero no.
Tampoco con Carlos el Calvo, emperador carolingio del siglo IX. Ni con Carlos Calvo Beristain, defensor mexicano que ahora juega en el Jamshedpur FC de India.
Es por Carlos Calvo, jurista, diplomático e historiador argentino. Es autor de la Doctrina Calvo, que establece que si te pasa algo en otro país, mejor que recurras a un tribunal local y no te pongas a hinchar los huevos en las embajadas con presiones diplomáticas y cosas así. Mucho menos con una invasión de las fuerzas armadas de tu país al territorio donde tuviste este problemita. ¿Entendiste, Estados Unidos?
Pero volvamos a Carlín. Al actor. El chabón se llama Carlos Calvo a secas. Para no tener el mismo nombre que una calle, por consejo del guionista Hugo Moser se agregó el nombre de su hermano mayor: Andrés.
Por eso, cada vez que veas el cartel de una calle, recordá cuántas giladas se pueden contar a través de su nombre.
¡Buen comienzo de semana!

viernes, 28 de febrero de 2020

Treinta

Tenía apenas meses, así que no vi por tele cuando cayó el Muro de Berlín. Y ni siquiera había nacido cuando el Diego levantó la copa. Entre mis primeros recuerdos están la guerra en Bosnia y haber visto Aladdín en el cine.

Hoy, las noticias hablan del coronavirus y en las salas están dando Parasite. Miro el resumen de la tarjeta. Me quedan seis cuotas de las últimas vacaciones pero ya tengo que empezar a planear las próximas, que voy a volver a pagar con guita que no tengo. Claro, si cada mes alcanza exactamente para el alquiler, comer, cargar la SUBE y alguna salida. Porque ahora, para existir, tenés que ir más o menos seguido a alguna cervecería y tener una opinión formada sobre cuatro o cinco variedades: que la ipa esto, que la scottish aquello. Si sobra un cachito de plata después de todo esto, se irá en un recital o un libro.

No trabajo de lo que estudié pero me gusta pensar que tiene alguna remota relación. Así que la mayor emoción de la semana es esperar la llegada del viernes. Al menos tengo el privilegio de no laburar los sábados ni los domingos. Ah, libertad. No sé para qué, igual. Quizás adelantar algunos capítulos de la serie en Netflix. O ver si consigo match en Tinder. Ir a algún lado en Uber. Si tengo paja de cocinar, pedir algo por Rappi. La tiranía de las apps. ¿De qué me sirve ahora todo lo que sabía sobre Windows 98? ¿Dónde quedó lo de "Ahora puede apagar el equipo"?

Perdón, paro un segundo para subir a Instagram una foto en la barbería, donde me acaban de hacer el corte de pelo reglamentario símil jugador de fútbol. Listo. Ah, no parezco tan feliz en la foto. Mejor otra más sonriente. Ahora sí. Esta va bien. Lo de la imagen es un tema serio, nuestra generación pasó por Fotolog, Facebook, Twitter, ahora Instagram... y preparensé para TikTok.

Afortunadamente hay un remedio para estas absurdas angustias: consumir. Muy de a poco estoy tratando de juntar para comprarme un auto. En un tiempo, desde luego, voy a cambiarlo por uno más grande. Y después otro más grande. Y todo así.

También hay espacio para socializar, eh. Siempre de la mano de gastar guita. Anoche fuimos en grupo a la casa de una pareja amiga. Abrimos un vino y elogiamos su calidad, aunque yo no entiendo nada y la única distinción que puedo hacer es entre tinto y blanco. Igual, dije que tenía buen cuerpo y todos coincidieron y celebraron la agudeza de mi comentario. Enseguida nos hicieron un petit tour por la casa y los felicitamos por su hermoso hogar, lleno de vinilos autoadhesivos en las paredes con frases sobre cómo ser felices, lograr las metas y esas cosas.

Uno de los pibes se manchó la camisa con salsa, pero el anfitrión le prestó una suya. Le pudo haber pasado a cualquiera, porque todos estábamos de camisa. La charla enseguida se fue a qué bien que le está yendo a Racing en este campeonato (¿volvió a aumentar el Pack Fútbol?) y los planes de tener hijos y Mercurio retrógrado y que CrossFit en tal gimnasio es más barato pero el profesor es medio medio.

El menú de la cena también incluyó palta, mix de semillas y dos veces la palabra "integral". No hubo postre pero tomamos café de cápsula mientras, en algún lugar del mundo, George Clooney se reía de nosotros. A pesar de todo fue una linda velada, creo.

Hoy es viernes y se supone que tengo que estar feliz. Qué presión, ¿no? A veces prefiero esperar a que llegue rápido el lunes y que todo vuelva a empezar.

viernes, 17 de enero de 2020

La mesa de entradas cerró, pa

A fines de la época republicana romana, el río Rubicón marcaba la frontera entre el territorio de Roma, al Sur, y la provincia de la Galia Cisalpina, al Norte. Esto implicaba que ningún general podía cruzarlo con sus ejércitos en dirección a la capital, para evitar golpes de estado y problemas militares internos.
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Cuando la República se encontraba a las puertas de la Segunda guerra civil, Cayo Julio César llegó con sus tropas a la orilla Norte del Rubicón. Sabía que si traspasaba la frontera se iba a armar quilombo y no habría marcha atrás. Pensó y pensó y tomó una decisión. Dijo "Ya fue, que se pudra todo", que en latín se dice "Alea iacta est". Hay quienes lo traducen mejor como "La suerte está echada" o "Los dados fueron lanzados".
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Cruzado el río, Julito venció a los conservadores liderados por Pompeyo e inauguró un gobierno autocrático. Pero esa es otra historia, al igual que sus batallas previas con Ásterix y sus encuentros con Cleopatra.
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La expresión "Cruzar el Rubicón" nos quedó para hablar de esa acción que nos lanza hacia algo con consecuencias irreversibles y donde sólo nos queda avanzar. Algo similar a "Quemar las naves".
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Hay gente que cruza el Rubicón alguna vez en su vida. Otros, lo atraviesan tantas veces que ya les hacen un carnet de viajeros frecuentes. Y hay quienes pasan todos sus años en la orilla, mirando hacia el otro lado haciéndose visera en los ojos con la mano, imaginando qué hay más allá. Pero nunca se atreven a cruzarlo.
¿Vos cuál sos?

miércoles, 15 de enero de 2020

Y lo sacó de la copa

Mi vecina se llama Teresa. Es chiquita y lleva sus 87 años de acá para allá muy despacito. El edificio no tiene ascensor, así que subir al primer piso le lleva unos veinte minutos. Jamás acepta ayuda. Ella puede. Lento, pero puede.
Su balcón es el más florido que vi en mi vida. Tiene flores de todos colores, algunas que nunca había visto. Unas amarillas con forma de pelota, unas rosas con pétalos largos, unas violetas que bailan suavemente con el viento.
Cada tarde, cuando cae el sol, Teresa sale con una regadera enorme y, con una paciencia todavía más grande, riega sus plantas. Me saluda y le pregunto por el nombre de alguna, pero nunca lo puedo retener. No importa si hace frío o cuarenta grados, ella siempre sale a cuidar sus flores.
Muchas veces me pregunto si es Teresa la que riega sus plantas, o sus plantas las que la riegan a ella.

jueves, 19 de diciembre de 2019

Cárcel

Aquel sol de abril apenas alcanzaba para entibiarme las mejillas. Mis palmas resecas por el frío buscaban refugio en los bolsillos sin mucho éxito, así que crucé Corrientes y entré a una librería. Un poco para pasar el tiempo, un poco para ver qué había y un poco porque sí.
Paseé entre las pilas de libros con la mirada perdida, metido en pensamientos intrascendentes.
Una voz caribeña me preguntó por la calle Paraná. Le indiqué, pero me quedé con la duda de por qué me preguntaba a mí, adentro de un local, cuando lo más común sería pedirle esa información a alguien que va caminando por la calle. Me gusta que en estas librerías nadie interrumpa estos meandros del pensamiento con un "¿Te puedo ayudar en algo?". Quiero entrar y divagar tranquilo.
Agarré al azar un libro, al mismo tiempo que una mano con uñas que ya habían perdido bastante de su esmalte negro. Cruzamos miradas.
– Me encanta Gramsci – dijo mientras sonreía y se le hacían los pocitos en los cachetes. Sus ojos color almendra resaltaban con el cuadrillé de su bufanda y parecían brillar con más intensidad.
– A mí también – mentí. Me sonaba de haber leído algo para la facultad, de apuntes fotocopiados de otros, pero no me acordaba de nada.
Pareció darle igual que yo hiciera agua en el tema Gramsci y siguió cálidamente la charla en medio del pasillo. Después de un rato de hablar, me preguntó:
– Tengo un rato largo hasta volver a cursar y está medio fresco, voy a tomar un café, ¿querés venir?
¿Quería ir? ¿Tenía ganas de salir con ella y que confirmara que no leí a Gramsci? Quizá no le molestara tanto eso. Pero sí vería que tenía enfrente a un bicho raro que va a las librerías de Corrientes a pensar y nunca compra nada.
¿Quería conocerla, vernos después, coger? ¿En su casa o en la mía? Por ahí vive medio lejos y es una paja volver. ¿Quería la ansiedad de esperar si se daba un segundo encuentro o si moría todo ahí?
¿Tenía ganas de pasar por todo eso? Quizá al final no me gusten tanto las mujeres.
Esa última reflexión abrió un nuevo e infinito abanico de preguntas. Necesitaba ir a otra librería a seguir pensando.
– No, gracias, hoy no puedo – le contesté de forma inexpresiva. – Ah, quedate vos con el libro.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

Una incomodidad horrible

Muy de vez en cuando, por no decir casi todos los días, se me viene a la mente algún jugador de fútbol de mi infancia o de mi adolescencia. No sé si soy el único al que le pasa. Se me aparecen en la cabeza, los recuerdo, me preguntó qué será de sus vidas.
Nunca entendí por qué, pero uno de los más frecuentes es Rubens Sambueza, aquel mediocampista de River. Quizá me llamó la atención en su momento su nombre de pila o, tal vez, mi mente lo asocia con otros recuerdos y por eso aparece tanto. No tengo idea. Pero cada tanto lo googleo para ver en qué anda, dónde está jugando, si le está yendo bien.
Hace poco, mientras leía sobre su presente, mi ego me preguntó: ¿Alguien hará esto con vos? ¿Alguien se acordará súbitamente de ese pibe que decía pelotudeces en el colegio, que escribía pelotudeces en internet, que hacía pelotudeces en el club? ¿Me googlearán o me stalkearán para ver en qué ando? ¿Qué pensarán de que uso neologismos cuando escribo?
¿Vos? ¿Creés que alguien te recuerde así espontáneamente? ¿Por qué?

domingo, 10 de noviembre de 2019

Lela

Cuando me iba de tu casa, me saludabas desde el balcón hasta que cruzaba la plaza. Me causaba gracia que, a tu pesar, te parecías a Evita.
Pero para mí fuiste más que Evita, porque era con vos que charlábamos hasta tarde en el balcón, eras vos la que roncaba en mi cuarto, eras vos la que me esperaba con milanesas.
Eras vos la que me llevaba de la mano por las calles de la infancia y me enseñaba cómo sonaban las letras cuando iban juntas. La de los mates extra dulces. La de los libros. La de "que te destapen la gaseosa adelante tuyo". La que se levantaba a cualquier hora a mirar tenis, la de Isabel Pantoja y del tango. La que curaba el ojeado y amasaba ñoquis en un toque.
Un día te fuiste. Estabas ahí, pero te habías ido. No te bancaste más a la tristeza, tu vieja compañera de vida, y decidiste olvidar.
Cuando medía apenas un metro te había prometido que cuando fueras vieja (parece ser que, para mí, todavía no lo eras) te iba a ayudar a cruzar la calle. No tuve muchas chances, porque tampoco quisiste caminar más.
Hasta que te fuiste en serio. Formalmente, digamos. Sin vos, Buenos Aires es más gris. Pero te tiene también en cada esquina, y por eso es mi ciudad favorita en el mundo.

viernes, 18 de octubre de 2019

Liberté

— El amor en los viajes tiene algo de la dialéctica del amo y el esclavo de Hegel. ¿Sabés de qué te hablo? — me preguntó, mientras me acariciaba la nuca con sus uñas desprolijas de tanto comérselas.

— No, explicame.

Me encantaba que me hablara de estas cosas. Nos habíamos conocido en uno de esos hostels roñosos que no se parecen en nada a las fotos que publican en internet, pero están cerca del centro y desde ahí podés llegar caminando a todos lados. Empezamos a hablar de casualidad, quejándonos de unas manchas raras en las sábanas, y la conversación fluyó como hacía tiempo no me pasaba. Yo no sé francés y ella no habla castellano, pero a los ponchazos nos hicimos entender y logramos conectarnos. Las conversaciones eran así: me hablaba de en qué posición era más conveniente cagar y al rato estaba citando a Camus.

— Bueno — prosiguió — es bastante más complejo pero te cuento la parte que tiene que ver con lo que te quiero decir. Hegel explica en este mito que cuando se encuentran dos mentes, se produce una batalla entre ellas. A muerte, eh. Una de las mentes le teme tanto a la muerte, que, antes que morirse, prefiere someterse a la otra como esclava. Mientras que la que queda como ama, no le teme a la muerte y valora más la libertad.

Creo que entendí. Más o menos. Pero no logro captar qué tiene que ver con el amor. ¿Está diciendo que el amor es esclavitud?

— No estoy diciendo que el amor sea esclavitud, eh — dijo inesperadamente, como si me leyera el pensamiento — El amor es libertad. Pero era para hacer una analogía con los viajes: si dos personas se enamoran en el camino, una de las dos está tan enganchada que cambia todos sus planes para seguir a la otra. Mientras que la otra jamás lo haría, porque no negociaría esa independencia.

Ah, ahora sí. Por ahí iba. Debe tener que ver con que en pocos días yo sigo para el Norte y ella se va rumbo al Sur. Trataba de no pensar demasiado en eso. No porque fuera un paladín del carpe diem sino porque quería postergar ese sabor amargo. Bueno, tarde. Ya la idea me había hecho un nudo en la garganta.

Pero esperá. ¿Por qué me dice esto? ¿Quiere que deje mis planes y la siga? ¿Ella me quiere seguir a mí?

— Porque no es como que uno viva en Colegiales y el otro en Caseros — siguió. En realidad en su ejemplo usó suburbios de París, pero como ni los conozco los traduzco a algo más vernáculo —. De verdad tenés que dejar "tus cosas", pero no te molesta ni lo sentís como una ofrenda ni una concesión, porque entendés que es para tu mayor felicidad.

Como durante toda esta charla, me quedé pensativo, mirando el suave andar del río, mientras su mano paseaba por mi cuello. Ya había fantaseado en algún momento con ir con ella al Sur. Si ella estuviera de acuerdo, claro. O preguntarle si quería venir conmigo. Algunas veces parecía ser muy liberal y otras una monógama bastante tradicional. Pero el sueño de mi vida siempre había sido ver una aurora boreal y tenía que seguir viaje si quería llegar a tiempo.

Ir al Sur con ella sin las luces del Norte, o sentarme sin ella a ver la aurora boreal. Ahora que la había conocido, ambas opciones me parecían insuficientes.

Finalmente decidí sacarme la duda:
— ¿Me estás preguntando si quiero ir con vos?
— No. Nunca te pediría eso. Y yo no cambiaría mis planes para ir al Norte con vos. No es nada en tu contra, eh. Simplemente... no sé. Pero hay otras cosas que quiero hacer primero.

Pocos días después, tras una despedida más emotiva de lo que esperaba, cada uno siguió su viaje. Llegué perfectamente a tiempo para la aurora boreal. En su momento me lo negué a mí mismo, pero hoy puedo aceptar que, cuando miraba solo esas luces de colores en el cielo, la extrañé.

Al tiempo, volvió a París y se casó. Hoy, cada vez que miro correr las aguas de un río, me pregunto qué habría pasado si me hubiera ido con ella.

martes, 24 de septiembre de 2019

Allegro assai

Hace poco encontré la conversación de MSN en la que preparaba el terreno para dejarte. Dejarte, sí, yo a vos, un cararrotismo que pica en punta entre mis mayores desaciertos.
En la letra comic sans que se usaba en ese tiempo, intentaba esbozar una explicación de por qué no aparecí ese jueves en el que nos íbamos a ver. "Jugaba a la pelota con los pibes", tecleaba sin ponerme colorado. "Los pibes"... Hoy lo leo y me da la sensación de que creía vivir en una publicidad de Quilmes, donde sólo importaban esos peculiares códigos de amistad y cualquier mínima señal de cuidado o interés por una piba ya te hacía merecedor del mote de pollerudo.
Con el diario del lunes, diría que fue para bien. Al poco tiempo conociste a alguien mejor, más luminoso, enérgico y talentoso, con quien lograste grandes cosas. Vos tenías fe en mí, veías un potencial y me alentabas a hacer, a crear. Claro, no sabías aún que estabas ante una sabandija oscura y miserable que prefería tomar birra y hablar a los gritos con otros muchachones, en vez de compartirla con vos y crear un universo juntos.
Te causaba gracia mi forma de reírme en el cine: en silencio, como para adentro. Mezquina, quizá. Egoísta. La tuya era radiante, estridente, contagiosa. Transmitía cosas. En ese detalle tan banal estaba la diferencia.
Y te dejé yo, con ínfulas de no sé qué.
En Luna de Avellaneda, el personaje de Eduardo Blanco le recrimina a Cristina, encarnada por Valeria Bertuccelli, que ella no se banca el amor. Y yo, ahí, parado en mi Riachuelo e inmerso mi podredumbre, tampoco me lo banqué.

domingo, 22 de septiembre de 2019

Maile, internacional por Facebook

Las lesiones llevaron al talonador de Tonga de reparar tejados y jugar en un club amateur a ser citado por la red social: primero debutó contra Nueva Zelanda y ahora está en la RWC.





Era un fin de semana de mediados de agosto y el habitual fresco se hacía presente en Christchurch. Pero en esa iglesia metodista de las afueras, las sonrisas convertían todo en calidez y alegría. No era para menos: uno de los suyos, el joven Siua Maile, acababa de ser convocado para enfrentar a los All Blacks con la camiseta de Tonga.

Maile, talonador de 22 años, llegó al país kiwi en 2013, con una beca deportiva para estudiar en la Timaru Boys High School. Allí, jugó dos años en el First XV del instituto, donde se destacó como uno de los mejores backs de los competitivos torneos escolares neozelandeses.

A pesar de eso, no dio el salto a la Mitre 10 Cup (en aquel momento se jugaba bajo la denominación de Air New Zealand Cup) y cuando egresó del colegio se mudó a Christchurch. Allí también viven su madre y su hermano, Ngase, con quien juega en el primer equipo del Shirley Rugby Club. Además, son compañeros de trabajo: ambos se ganan la vida reparando tejados.





Con sus 175 centímetros de estatura y 105 kilos de peso, Maile tiene otro desafío: la de talonador no es su posición natural. Primero en la escuela y luego en el club alternaba entre centro y flanker, para recién ponerse la camiseta con el 2 en la espalda hace un par de años.

Más allá de qué posición ocupase en el campo, hasta hace unas semanas su vida era sencilla: el trabajo, el rugby, la iglesia y la familia que hace pocos meses empezó a formar con Mele Vuka, su esposa. Pero, a casi tres mil kilómetros de su casa, se gestaba un cambio en su futuro: con el amistoso ante los All Blacks en el horizonte, a Tonga se le lesionaron los talonadores Paula Ngauamo (gemelo) y Sosefo Sakalia (costillas). Los entrenadores debieron salir a buscar opciones.

El head coach de Tonga es Toutai Kefu, el que fuera potente número ocho campeón del mundo con Australia en 1999, pero nacido en este pequeño país del Pacífico. Ante las bajas de sus primeras opciones como hookers, empezó a pedir referencias y un conocido en Canterbury le habló de las habilidades de evasión de aquel techista de Christchurch. “También es bueno pescando pelotas”, añadió. Entonces, lo contactaron por Facebook (sí, leyó bien) y lo citaron para reunirse con el equipo en el aeropuerto de Auckland, adonde llegarían para enfrentar a Nueva Zelanda en el último amistoso antes del Mundial.




“Sé que suena gracioso haberlo contactado por Facebook, pero así fue”, explicó entonces Dan Cron, entrenador asistente. “Él nos esperaba en el aeropuerto pero ninguno de nosotros lo conocía, sólo lo habíamos visto en fotos”. Aun así y pese a la singularidad de su convocatoria, Maile se hizo un lugar en el equipo titular.

Tras su primera cap ante los de negro, Siua Maile fue confirmado en el plantel mundialista y se ganó un puesto en el banquillo como suplente frente a Inglaterra. Pero ir a la gran cita ovalada ha implicado para él abandonar su trabajo: sin clavar tejados, no hay salario. Por eso su club, Shirley Vikings, ha pasado todas estas semanas previas al torneo japonés organizando sorteos, remates, quiz nights y lo que esté al alcance para darle una mano a su joven estrella. Además, la aerolínea de bandera neozelandesa aportó pasajes para que su familia pueda ir a verlo.

Claro que si tiene un buen desempeño en el Grupo C (que comparte con Inglaterra, Francia, Argentina y Estados Unidos), a Siua comenzarán a llegarle propuestas y contratos. Así que deberá estar atento, como siempre, a sus mensajes de Facebook.



https://www.revistah.org/japon-2019/maile-internacional-facebook/

martes, 17 de septiembre de 2019

Incondicional

Me encanta, pero usa mal el condicional.
No, pará. Al revés: usa mal el condicional, pero me encanta. Parece una obviedad decirlo, pero el verdadero encantamiento pasa fácilmente sobre el uso de un modo del verbo.