jueves, 9 de abril de 2009

La soledad es la gran talladora del espíritu

Describí lo que siente una hormiga en el instante en el que recibe el impacto de una gota de lluvia sin utilizar las palabras: hormiga, lluvia y agua.


La pequeña obrera corre apurada hacia el hormiguero. Sin querer se alejó de su fila, por distraerse con esas flores tan bonitas que sólo pudo observar, pero no cortar. Ahora, debe llegar rápidamente a su hogar, antes de que el oscuro cielo cubierto de nubes haga efectiva su amenaza de precipitaciones. Ya perdió de vista a sus compañeras, su única oportunidad de volver a su casa es usando su olfato aunque lo único que puede sentir es el olor a humedad, signo indefectible de que el cielo caerá sobre su cabeza.

De repente, sucede lo más temido: una luz enceguecedora ilumina aquella pradera, seguida del trueno más fuerte que jamás ha escuchado. Apresura el paso pero ya es demasiado tarde. Las gotas caen a su alrededor como bombas y no hay zigzagueo que pueda evitarlas. Una de ellas impacta de lleno en la cabeza del insecto, que siente cómo de a poco va perdiendo la sensibilidad de sus patitas. Segundos más tarde pierde el conocimiento mientras se hunde lentamente en el barro.

Despierta al día siguiente, bajo un luminoso sol matutino. Intenta mover sus patas, pero sólo le responden las dos posteriores. Valiéndose de ellas se arrastra por el barro seco hacia su hormiguero, y al llegar encuentra un horrible panorama: está vacío. Seguramente sus compañeras lo abandonaron ante el peligro caído del cielo.

Esto le quita todas las fuerzas, y se deja caer entregada a su destino. Triste final para un insecto social como ella, morir sola e inválida, junto a su viejo hogar.

martes, 17 de febrero de 2009

Lüge

 “Man muss eine Lüge nur sooft wiederholen, bis man selber daran glaubt”
Joseph Goebbels, ministro de propaganda nazi









"¡Qué calor!" se quejaba la Señora R. mientras pensaba cómo distribuir las bolsas de sus compras para que le pesaran menos. Hacía un par de días que el sistema principal de aire acondicionado del shopping se había roto y no vendrían a repararlo hasta el lunes, así que para ese sábado ya ni se podía respirar bajo aquel denso calor de enero.

La Señora R. decidió no quedarse a ver vestidos para analizar cuál usaría en el casamiento de su hija, total faltaban cuatro meses y ya no soportaba ese calor penetrante. Enfiló hacia la puerta pensando únicamente en subirse a su camioneta, prender el aire y llegar lo antes posible a su casa para quedarse toda la tarde en la pileta.

Pero al cruzar la puerta, además de aumentar más el calor, algo llamó su atención. Un hombre en silla
de ruedas tocaba la guitarra y cantaba "A Hard Day's Night" de Los Beatles bajo ese abrasador sol de verano. Estaba bien aliñado; no se asemejaba a la mayoría de los mendigos que andaban por allí. Pensó que tal vez era sólo un artista expresándose o, quizás, una víctima de una lesión medular o algo por el estilo que le impedía mantenerse erguido (tenía sus dos piernas) y de esta forma buscaba el sustento para su familia. Como fuere, sin dudas tocó su corazón y decidió dejarle diez pesos, a falta de cambio. El hombre sonrió y saludó con su cabeza, sin dejar de cantar.

"¡Cómo se nota que estas viejas no saben qué carajo hacer con la guita, eh!" dijo para sus adentros José Julio, el guitarrista incapacitado para caminar, mientras terminaba su canción y comenzaba con "Twist and Shout", tristemente asociada a Videomatch. Pero pese a sus reniegos, diez mangos eran una buena forma de comenzar el día laboral y permitían ilusionarse con una recaudación importante.

Sólo fue una ilusión, porque en las siguientes cuatro horas apenas logró reunir la misma cantidad que esa señora llena de bolsas le había dejado. Era bastante comprensible, era un día de calor espantoso y nadie querría encerrarse en un shopping sin aire acondicionado. Así que, cansado y con la garganta gastada de tanto cantar decidió dar por terminado el día. Guardó la guitarra en su funda y atravesó el estacionamiento del centro comercial haciendo girar lentamente las ruedas. Cruzó la puerta de rejas y recorrió dos cuadras, hasta llegar a una zona desierta y oscura, con frondosos árboles que cubrían la calle. Ahí tenía estacionado su Fiesta azul. Se acercó, abrió el baúl para guardar la guitarra y, con total naturalidad, se levantó de su silla de ruedras, la plegó, la colocó cuidadosamente en el maletero y caminó firmemente hasta la puerta del auto para subirse y conducir hasta su pueblo a descansar, al otro día había partido de papi.



El sábado siguiente, José Julio salió temprano de su casa. Le había dicho a Manuela, su mujer, que se iba a jugar al golf con los muchachos del pueblo vecino. Se colocó un buen jean, una buena chomba y partió. Manejó rápidamente los 55 km que separaban su casa de la gran ciudad y se estacionó a unas veinte cuadras del centro, en una placita con unas pocas personas tomando sol. Agradeciendo que el astro estuviese más tranquilo que el sábado anterior, sacó la silla de ruedas del baúl y sentado en ella se trasladó hasta la peatonal.

Vio con alegría una gran cantidad de gente paseando, comprando, comiendo. No dudó que sería un gran día para su bolsillo y entró con seguridad a una casa de lotería, narrando sus falsas desventuras: había sufrido una caída de una escalera, perdiendo la movilidad de las piernas y con esto su trabajo como colectivero, así que sólo le quedaba mendigar por las calles mientras su mujer era empleada doméstica para llevar el pan a la mesa.

Evidentemente José Julio tenía un gran ángel, porque compraba a la gente de tal forma que prácticamente hacían cola para para darle monedas algunos, y billetes otros. Aquel sábado se cansó de recorrer cada negocio de la peatonal y salir de todos ellos lleno de dinero que la gente ingenuamente otorgaba, notablemente conmovida por la historia de este hombre de capacidades diferentes que los cautivaba con su vocabulario y carisma.

Tanto tiempo pasaba en cada local, hablando con los dueños y clientes y efectuando su "recaudación", que la noche lo sorprendió habiendo recorrido apenas media peatonal. Se alarmó un poco pensando qué le diría a su esposa sobre la tardanza, aunque instantáneamente apareció la excusa del asado con los muchachos en el golfito.

Ya más tranquilo ahora, fue despacito hasta su auto, disfrutando el paseo en silla de ruedas, contando el dinero que había obtenido, cercano a las cuatro cifras. También se dio tiempo para ilusionarse con el día siguiente, cuando jugaría la semifinal del campeonato regional de papi fútbol.



El por qué de este particular comportamiento de José Julio Zalayeta era un verdadero misterio. Nadie más que él lo sabía, ni su mujer ni sus dos hijas ni nadie en el pueblo, donde era enormemente respetado y capitán del equipo de papi fútbol del club Defensores. No es que necesitara dinero; dueño de la farmacia más grande sobre la avenida principal, tenía un pasar económico más que aceptable. Simplemente, sin que ni siquiera él supiera por qué, cada sábado desde hacía cinco años se levantaba temprano, inventaba alguna excusa a su mujer y se dirigía a la ciudad. Allí, en distintos puntos cada semana, se montaba en la silla de ruedas que había obtenido a través de su negocio y se dedicaba a reunir dinero a fuerza de mendigar dando lástima.



El sábado siguiente arrancó como cualquier otro, con José Julio partiendo a la gran ciudad. Estaba dispuesto a cubrir la otra mitad de la peatonal y volver cuanto antes a su casa para acostarse temprano, al otro día debía jugar la final del torneo y quería estar diez puntos.

Dejó el auto en la misma placita del sábado anterior y se dirigió a la peatonal, donde encontró un panorama similar a su visita previa. Así que sin perder tiempo se adentró en el primer local que tuvo a su alcance.

Continuó con su historia del ex colectivero ahora inválido, con la que siguió cosechando buen dinero. Pero esta vez se entretuvo menos con la gente, estaba apresurado por llegar a su casa y descansar para el partido.

Fue así que terminó rápidamente su labor y sin demorar un instante fue hasta el auto con el que llegó a su casa justo para cenar. Comió liviano y se puso a preparar el bolso para el día siguiente, el gran día, el de la final del torneo regional en el que en numerosas oportunidades había sido artífice de la victoria de su equipo.

Se fue a dormir temprano, y soñó con el gol que haría en el último minuto para arrebatar la copa a Unión y Justicia, el rival de toda la vida.



José Julio Zalayeta despertó a la mañana siguiente entusiasmado. Palpó la cama al lado suyo buscando a su esposa Manuela para un beso de la buena suerte, pero no había nada sobre el colchón más que él.

Quiso bajarse de la cama, pero cayó al piso en el intento.

"Qué boludo, todavía estoy dormido. A ver si me pongo las pilas para el partido." Trató de levantarse del suelo, pero las piernas no le respondían. No es que estuviera cansado o agarrotado: No, no las sentía. Extendió sus brazos para masajearse las piernas, quizá faltara irrigación.

Fue ahí que comprobó horrorizado que lo que faltaba no era irrigación, sino sus piernas. Su anatomía terminaba en dos muñones un poco más arriba de donde deberían estar sus rodillas.

No pudo pensar en nada. Sólo atinó a gritar llamando desesperado a su esposa o sus hijas, pero sólo obtuvo silencio como respuesta.

Resignado y empapado en lágrimas, todavía sin entender nada, se arrastró hasta su auto y a duras penas sacó la silla de ruedas del baúl. Con un enorme esfuerzo se montó en ella y emprendió lentamente el camino al club, deseando no llegar tarde a ver la final.

martes, 6 de enero de 2009

Noche de naufragio

Comenzó sin buscarlo, como una absurda casualidad del universo donde la lógica quedaba en el más último de los planos. A poco de empezar vio su fin siendo nada más que una ráfaga, un recuerdo que se vuelve más difuso día a día confundiéndose con un sueño y sembrando la duda de si fue cierto o no. Ratones asustados hacían girar con fuerza las ruedas para intentar vanamente acelerar el paso del reloj. O tal vez sucede que el reloj no es más que una mentira, una fachada para ocultar la verdadera naturaleza de la realidad y mostrarla como algo lineal e imposible de retomar una vez que se abandona. Lo único cierto aquí fueron los días y días añorando lo que nunca había pasado, perdiéndose en abismos azulverdosos infestados de fantasmas con sus alas rotas. Indignación, impotencia, enterándose de la peor forma que no es sólo el golden gate lo que hace grande a san francisco. Nadar sin rumbo, aferrado a la búsqueda de la justicia, demuestra ser la única manera de permitir que esa vieja valija se hunda lenta pero incesantemente en ese profundo e inhóspito mar al que no habrá regreso. Ahora sí puedo decir adiós.

domingo, 21 de agosto de 2005

Un Glaciar bien caliente



Claudio Glaciar se presentó puntualmente en la parrilla La Tranquera, de impecable traje, listo para la entrevista. Parecía un serio conductor televisivo. Pero con el correr de las palabras, nos encontramos con un hombre simpático, agradable, con un lenguaje como el de cualquier de nosotros y una intensa voz de locutor que se hizo presente durante todo el encuentro.

¿Cómo fue que empezaste en la radio?

La radio formó parte importante de mi niñez, porque en mi pueblo, Junín, la televisión llegó recién a mediados de los ‘70, por lo que pasé poco más de diez años sólo con la radio como medio masivo, así que para mí la radio era algo fascinante. De todas maneras, mi primera experiencia fue en la tele, en un programa de cable de Junín. Yo de chico quería estudiar Geografía, pero para eso tenía que ir a Lincoln, un pueblo de ahí cerca, y no podía por cuestiones económicas, así que empecé a trabajar en distintas cosas, pero todavía quería hacer radio. Un día, una amiga de mi vieja que trabajaba en el canal de Junín le preguntó si yo seguía con ganas de laburar en la locución, porque estaban haciendo unas pruebas para un programa.  Ella le dijo que sí, me hicieron la prueba y quedé. Después con mi novia nos fuimos a vivir a La Plata, desde donde viajaba todos los días a Buenos Aires para cursar en el ISER, donde quedé de suerte, la verdad no sé cómo, porque el ingreso era muy complicado. Entonces en esa época agarraba cualquier suplencia o laburito chiquito, para ir teniendo chapa. Cuando me recibí de Locutor Nacional, nos vinimos acá a Mar del Plata, donde empecé en LU9 en el espacio que había dejado Estancioni.

¿Cómo empezaste en la televisión en Mar del Plata?

Bueno, resulta que me había peleado con el dueño de la radio, porque yo quería trabajar a la tarde, y ellos me ponían al mediodía, y no me dejaban hacer el tipo de programa que yo quería, pretendían que hiciera lo mismo que se hacía en el programa de Vilches, a la tarde, que a mí me parecía una estupidez hacer lo mismo durante todo el día. Entonces le dije al dueño: me ponés a la tarde o no laburo más.  Me prometió que me iba a cambiar de horario, pero me puso más temprano todavía, así que me calenté y me fui. Empecé a hacer laburitos chiquitos, hasta que enganché este programa, del cual también soy productor

¿Qué fuente de información preferís?

Mmm… hoy en día Internet facilita mucho las cosas. Cada día, me levanto temprano y leo los diarios por Internet, leo el diario de acá que ya lo tengo en la puerta bien tempranito para ya arrancar bien informado, porque con el correr de los años la información se convirtió en una obsesión. Pero también hay una herramienta muy útil que es el intercambio con otros colegas.  Siempre nos cambiamos figuritas sobre tal o cual cosa que está pasando. Una vez, cuando estaba por nacer mi hija menor, yo estaba estacionando a la vuelta de la clínica, cuando me llaman de la radio para cubrir no sé qué cosa. Yo le decía que no, que estaba mi mujer a punto de iniciar el trabajo de parto, que no podía. De repente veo pasar por la calle Bolívar a un auto yendo a las chapas y un patrullero persiguiéndolo, y entonces pedí que me pusieran al aire, y seguí todo lo que pasaba, y terminé cubriendo la persecución y el final cuando agarraron a los tipos. También hay que leer entre líneas, porque a veces los titulares de los diarios dicen más de lo que se lee, y hay que analizar bien todo lo que llega a las manos de uno.

¿Cómo te autodefinirías?

Sin dudas, como un bicho raro (risas). El estar todo el tiempo en la búsqueda de la información y buscándole el costado periodístico a cada cosa, te hace parecer un enfermo. A mi familia le jode esto a veces, porque por ahí estamos de vacaciones ante un paisaje hermoso, y digo “Qué lindo mostrar esto en el programa”. Es así todo el tiempo.

¿Qué cambió del Claudio Glaciar de los comienzos al de ahora?

Todo. Desde el look., que antes tenía todos los pelos largos y flequillo, hasta la forma de trabajar. En cierto momento pensé que sería interesante que yo tuviera una opinión, no sólo limitarme a conducir el programa. Entonces, yo siempre expreso mi opinión sobre el tema, y después hablo con alguien que sepa, para tener una idea más precisa. A veces puede ser que la gente diga “Qué ridículo lo que piensa este tipo” o que tengo razón, pero creo que la gente valora mucho eso de la opinión.

¿Qué opinás de la televisión actual?

No me gusta. Me parece que es mucho boludeo, incluso mi programa. No pido que todos sean aburridos como yo, porque tiene que haber programas como el de Tinelli, o el de Susana, pero no todos. Cuando miro tele, me la paso haciendo zapping, miro más el televisor que la televisión. Y siempre termino mirando algún documental, o los canales de deportes. Sería lindo que cada región del país tuviera su televisión, no como acá, que por ejemplo Canal 10 solamente hace el noticiero y el programa mío, y el resto es todo lo de Buenos Aires. Obvio, es mucho más fácil mover una palanquita y tener doce horas seguidas de programación y cobrar el porcentaje de la publicidad de allá, pero acá se pueden hacer cosas muy buenas y no se les da la oportunidad. O por ejemplo, en Mendoza, la Fiesta de la Vendimia la conducen cinco tipos mendocinos. Y la fiesta de acá, la viene a conducir Marley.  No se puede así.

¿Qué pensás sobre la Cumbre?

Tengo dos pensamientos sobre la cumbre: el positivo y el negativo. El positivo, es que le da laburo a gente, sirve para darnos chapa internacional en este mundo globalizado, y hacen parquecitos y paseítos, todo re lindo. Pero, por ejemplo, iluminan toda la Avenida Constitución, pero hacés una cuadra para adentro, y estás en el medio del desierto. O hacen un mega operativo de seguridad para cuidar a los presidentes, pero yo ahora salgo a tomarme un taxi, y me roban el reloj. Arreglan Champagnat y toda la Costa, pero el resto de las calles están cada vez peor, dentro de un año cada uno que pase por Alvarado y Juncal se va a romper el cuello cayéndose de cabeza en el cráter que hay ahí. Además, no creo para nada en esas asociaciones internacionales. El objetivo de esta cumbre es erradicar la pobreza en América Latina, ¿pero van a hacer eso en dos días? Encima no van a deliberar nada, ya está confeccionado el documento, entonces cada presidente va a firmar que “Nos comprometemos a erradicar la pobreza en América Latina” y listo. ¿O qué pasó con el Tratado de Apoyo Recíproco de Sudamérica, por el cual Chile y Brasil, en vez de ayudar a los ingleses en la Guerra de Malvinas nos tendrían que haber apoyado a nosotros? O la ONU, que no sancionó a Estados Unidos por la invasión a Irak. Por eso no creo en las Cumbres y Tratados Internacionales.

¿Qué te gusta hacer en el tiempo libre?

Me gusta pescar, me gusta leer. Aunque a esta altura solamente estoy leyendo libros periodísticos, me gusta leer de todo. Me gusta mucho la música, de todo tipo. A veces voy a ver mi hijo mayor cuando juega al básquet, o voy a ensayos de la banda de mi hijo del medio, me gusta ir a cazar, irme de campamento, de vacaciones. Pero lamentablemente no puedo hacer estas cosas tanto como quisiera por falta de tiempo. Mi sueño irrealizable sería comer un asado con mi familia, mis abuelos, que me marcaron mucho, Charly, Perón, Sinatra, Lennon. Pasó algo parecido en una fiesta sorpresa que me hicieron por mis cuarenta años, que juntaron a mis amigos del barrio, mis amigos del colegio, de la colimba, de todos lados, y después me regalaron un cuadro hecho con Photoshop en el que estaba yo con mis dos abuelos al lado, fue de lo mejor que me regalaron en mi vida, además de mis tres hijos.

Para terminar, ¿qué puntaje te pondrías como conductor?

Creo que como conductor soy bastante bueno, aunque me gustaría tener un poco más de orden. Soy desordenado en todos los aspectos de la vida, me acuerdo que salió un video del primer alunizaje que guardaba para mostrarlo si algún día tenía un programa de televisión, y hace dos años que estoy con el programa y no puedo encontrar ese video. Pero creo que si no tuviera ese desorden, no sería yo, ya es parte de mi estilo.