Era pequeña, superaba por muy poco el metro de altura. Entró al
local y se sostuvo sobre sus canillas flacas mientras echaba una mirada.
El brillo pícaro de sus ojos apenas tapaba el dolor de siglos de
violencia y explotación sufrido por su gente.
Caminó hasta la parte de los juguetes y eligió un arco y varias flechas con una sopapa en la punta.
- ¿Cuánto sale esto? - me preguntó.
- 16.
Sin
que la decepción ensuciara su rostro, dejó lo que había agarrado y tomó
dos autitos que esperaban estacionados en una caja de plástico.
- ¿Y esto?
- 11.
Dio
media vuelta y los puso donde estaban. Miró otra vez la góndola y me
trajo una pequeña bolsa de red con un puñado de bolitas.
- Eso está 7,50 - le dije.
Contó
las monedas en su mano, sacudió la cabeza y dejó la bolsita en su
lugar. Sus ojos se posaron en el mostrador, donde estaban las golosinas.
- Esto - dijo mientras agarraba un chupetín con un envoltorio de colores chillones. Era una afirmación, no una pregunta.
- 4,50.
Por
primera vez sonrió, en una expresión triunfal. Me dio el importe justo y
se fue a disfrutar de ese ratito de dulzura entre tanta injusticia.
lunes, 29 de abril de 2019
martes, 16 de abril de 2019
Izquierdes y humanes
¿Tu lateralidad es izquierda? ¿Sí?
O sea, sos una persona zurda.
Bueno, juguemos un poco a Denzel Washington leyendo el diccionario en Malcolm X. Cuando decimos "a diestra y siniestra", significa, de modo figurado (o no) que algo se hace con las dos manos. Siniestra, originalmente, hacía referencia al lado izquierdo. Pero luego la mayoría diestra se apoderó del lenguaje y lo siniestro se convirtió en un adjetivo negativo. También en un sustantivo: nadie quiere tener un siniestro vial, por ejemplo. Ni empezar un día con el pie izquierdo.
Una persona derecha es alguien fiable y responsable, no como alguien que hace las cosas "por izquierda". ¿Cómo se le dice a la persona de confianza? Mano derecha. A su vez, está muy bien visto ser una persona diestra en alguna actividad. Y gran parte de las marchas implican peticiones que giran alrededor de lo mismo: derechos. Mi abuela siempre me decía que tenía que ir derechito por la vida y todo andaría bien. Si fuera ambidiestro, una habilidad atractiva, significaría que tendría dos manos derechas.
Esto pasa no sólo en el castellano sino en una gran variedad de lenguas, tanto latinas como de otros orígenes. También en muchas no indoeuropeas. ¿Cuál es la onda acá? Parece que el 87% de la población de lateralidad derecha no se conforma con oprimir a la minoría con el uso de las tijeras, guitarras, sacacorchos, bancos de escuela, cuadernos, abrelatas... la dominación se traslada al lenguaje. ¿No te gustaría que las palabras y expresiones dejaran de invisibilizarte, minimizarte, despreciarte y segregarte?
Ahora, imaginate que formás parte de un grupo y que el lenguaje también te hace a un lado, en algunos casos de manera grosera y, en otros, muy sutil. Y durante miles de años. ¿No te gustaría que las palabras y expresiones dejaran de invisibilizarte, minimizarte, despreciarte y segregarte?
O sea, sos una persona zurda.
Bueno, juguemos un poco a Denzel Washington leyendo el diccionario en Malcolm X. Cuando decimos "a diestra y siniestra", significa, de modo figurado (o no) que algo se hace con las dos manos. Siniestra, originalmente, hacía referencia al lado izquierdo. Pero luego la mayoría diestra se apoderó del lenguaje y lo siniestro se convirtió en un adjetivo negativo. También en un sustantivo: nadie quiere tener un siniestro vial, por ejemplo. Ni empezar un día con el pie izquierdo.
Una persona derecha es alguien fiable y responsable, no como alguien que hace las cosas "por izquierda". ¿Cómo se le dice a la persona de confianza? Mano derecha. A su vez, está muy bien visto ser una persona diestra en alguna actividad. Y gran parte de las marchas implican peticiones que giran alrededor de lo mismo: derechos. Mi abuela siempre me decía que tenía que ir derechito por la vida y todo andaría bien. Si fuera ambidiestro, una habilidad atractiva, significaría que tendría dos manos derechas.
Esto pasa no sólo en el castellano sino en una gran variedad de lenguas, tanto latinas como de otros orígenes. También en muchas no indoeuropeas. ¿Cuál es la onda acá? Parece que el 87% de la población de lateralidad derecha no se conforma con oprimir a la minoría con el uso de las tijeras, guitarras, sacacorchos, bancos de escuela, cuadernos, abrelatas... la dominación se traslada al lenguaje. ¿No te gustaría que las palabras y expresiones dejaran de invisibilizarte, minimizarte, despreciarte y segregarte?
Ahora, imaginate que formás parte de un grupo y que el lenguaje también te hace a un lado, en algunos casos de manera grosera y, en otros, muy sutil. Y durante miles de años. ¿No te gustaría que las palabras y expresiones dejaran de invisibilizarte, minimizarte, despreciarte y segregarte?
miércoles, 10 de abril de 2019
El cuerpo es del club
Mar del Plata sumó su único título argentino en 1961, una hazaña con un gran protagonista: Luis Prieto escapó del hospital con la cabeza abierta para no dejar a su equipo en inferioridad.

En 1945, la Unión de Rugby del Río de la Plata, antecesora de la Unión Argentina de Rugby, organizó el primer Campeonato Argentino, torneo hoy extinto. El objetivo era difundir el juego en el interior del país y forjar lazos ovalados en todo el territorio. La idea consistía en que fuera disputado por uniones provinciales, pero de este primer ensayo también participaron clubes (incluso uno uruguayo, el Montevideo Cricket Club que, según el Museo del Rugby de Twickenham, fue el primer club de rugby no británico del mundo).
Dado que por aquellos años el poderío del rugby estaba centralizado en Buenos Aires, para el Campeonato Argentino se presentaron dos combinados: Capital, con jugadores de la ciudad propiamente dicha; y Provincia, con elementos provenientes de los clubes suburbanos. Estos dos equipos se repartieron los títulos hasta 1961, cuando se fusionaron y comenzaron a participar como “Buenos Aires”. Pero, además, ese fue el año en que una pequeña unión del interior, la de la balnearia ciudad de Mar del Plata, rompió con la hegemonía porteña y se coronó campeona al vencer a Rosario en la final por 16 a 6.
Mar del Plata se encuentra a 400 kilómetros al sur de la capital y hoy tiene más de 800.000 habitantes. Fue fundada en 1874 a orillas del Atlántico y en poco tiempo se convirtió en la villa turística de la aristocracia agro-ganadera de Buenos Aires. Sus grandes mansiones de veraneo, a puro pintoresquismo y art decó, le dieron el mote de “la Biarritz argentina”. Hoy, además de ser el mayor centro turístico del país, posee un importante puerto pesquero. Los primeros trabajadores portuarios, inmigrantes europeos en su mayoría, abrazaron rápidamente el fútbol, pero el rugby tardaría un poco más en llegar.
La primera institución ovalada de la ciudad, Mar del Plata Rugby Club, recién nacería en 1944. Siete años después se fundó la Unión de Rugby local; y se eligió como símbolo un trébol de cuatro hojas con los colores rojo, verde, celeste y azul de los equipos fundadores: Mar del Plata RC, Comercial, Nacional, Industrial y Biguá. Hoy son 19 los clubes de la ciudad y localidades cercanas que disputan año a año las competencias en estas playas.

Varios jugadores marplatenses vistieron la camiseta de Los Pumas. Entre los más destacados está Buenaventura Mínguez, octavo con 12 test matches, entre ellos el célebre triunfo ante Australia en Brisbane en 1983, en el que marcó un ensayo en el que fue la primera victoria argentina como visitante ante una potencia. Mauricio Reggiardo, baluarte de la primera línea en el Mundial ’99, fue primero figura del club Pueyrredón. En Los Pumas de hoy, la Unión de Rugby de Mar del Plata está representada por Nahuel Tetaz Chaparro y Rodrigo Bruni. También nació aquí Jeremías Palumbo, apertura con tres caps con la selección española.
En 2001, el Estadio Mundialista de Mar del Plata fue testigo de la potencia de Jonah Lomu ante los australianos en la final de la Copa del Mundo de Rugby 7. Pero hoy traemos un episodio que sucedió medio siglo antes, en el partido de semifinales del Campeonato Argentino de 1961, cuando Mar del Plata contaba con 200.000 habitantes y apenas un puñadito de clubes. Una historia de un rugby en blanco y negro que parece muy distinto al que vemos hoy por televisión, pero que implicaba cosas que aún hoy son innegociables: el amor por la camiseta y la entrega por el equipo.

Mar del Plata recibía al seleccionado de Cuyo en su cancha del Parque Camet, con un imponente marco de 2.000 personas en el público. Camiseta blanca con el trébol de cuatro hojas en el pecho para los locales; de azul, celeste y rojo los visitantes. Apenas iban 10 minutos del encuentro cuando Luis Prieto, centro marplatense, se arrojó al suelo a bloquear un dribbling. Hizo tiempo a tocar la pelota pero no pudo evitar la patada del rival, que le produjo un profundo corte en la cabeza.
Recordemos que estamos en 1961: no hay cambios. El doctor Néstor Reales cargó a Prieto en su auto particular y lo llevó a la clínica Central, a unos siete kilómetros. Su equipo quedó con 14: el mismo número de los puntos de sutura que recibió Prieto en su cuero cabelludo.
Tras la intervención, lo dejaron solo, vestido de jugador y con los botines a un lado. No dudó un instante sobre lo que tenía que hacer: “Me bajé de la camilla, agarré los zapatos y salí, fue un acto instintivo… mientras, la enfermera me perseguía a los gritos”.
Todas las grandes historias necesitan de un pequeño hecho bisagra que convierte lo inverosímil en realidad. Algunos le llamarán milagro, otros destino, otros casualidad. Como sea, la cosa es que a la salida de la clínica había un taxi vacío, algo raro para la época. Nuestro héroe se subió rápidamente e indicó: “Al Parque Camet, por favor”.
Llegó a la cancha con su camiseta ensangrentada y su ímpetu intacto. Sus compañeros lo necesitaban: en su ausencia, iban perdiendo 11 a 3. El árbitro le permitió reingresar y Prieto participó de la cinematográfica remontada de su equipo. Tras ir abajo en el marcador durante todo el partido, “El Trébol” pudo empatar con un agónico ensayo del “Potrillo” Sastre, que también se encargó de la esquinada conversión. ¿Y ahora? Tiempos extra de diez minutos, hasta que se produjera la primera alteración en el tanteador.
Lo que siguió fue extenuante. Los rivales se sacaban chispas y ninguno podía marcar la diferencia. Recién en el cuarto tiempo suplementario, a los 113 minutos de juego, Mar del Plata obtuvo la victoria a través de un ensayo del ala Carlos Marenco, benjamín del equipo con sus 18 años. 14 a 11 y “El Trébol” estaba clasificado a la final del Campeonato Argentino.
Hubo festejo para todos, menos para Luis Prieto: esta vez no pudo escapar de los médicos y tuvo que volver a la clínica para pasar 24 horas en observación. Ya habría tiempo unos días más tarde para celebrar la obtención del campeonato frente a Rosario que, aunque ellos no lo supieran en aquel momento, sería el único en las vitrinas de la unión marplatense.
Como no podía ser de otra manera, este grupo de jugadores siguió vinculado al rugby y muchos de ellos fueron prominentes dirigentes de sus clubes y de la Unión. Prieto, por su parte, entrenó durante 23 años al seleccionado de Mar del Plata, intentando repetir la hazaña por la que dejó todo – todo – en la cancha.
https://www.revistah.org/miradas/blogs/viajealrugbyperdido/cuerpo-del-club/
lunes, 8 de abril de 2019
Te miré tanto que memoricé todos tus detalles. Tu ceja izquierda que se
va despeinando al llegar a la punta, tu párpado derecho apenitas caído.
Tus cachetes. La redondez de la punta de tu nariz, tu boca en forma de
corazón. El color de tus ojos, que nunca definí si es azul o verde.
Si hubiera sabido que nunca más me ibas a mirar como me mirabas, me habría guardado para siempre la forma en la que brillaban tus ojos cuando se cruzaban con los míos. Pero se me terminó borrando.
Si hubiera sabido que nunca más me ibas a mirar como me mirabas, me habría guardado para siempre la forma en la que brillaban tus ojos cuando se cruzaban con los míos. Pero se me terminó borrando.
miércoles, 27 de marzo de 2019
Punto final
Podría decirse que Mario Izñaki era un escritor peculiar. Pero eso sería quedarse corto. Mario Izñaki era una persona peculiar.
La vocación literaria le nació desde muy pequeño. Antes de haber aprendido a leer y a escribir inventaba fabulosas historias, que contaba a sus padres en la cena. Apenas pudo dominar mínimamente las letras, llenó hojas y hojas con trazos torpes que narraban aventuras de exploradores y guerreras. En su adolescencia ganó un par de premios en concursos literarios del barrio y con los años fue puliendo su estilo, hasta convertirse en un escritor reconocido y de un aceptable éxito editorial.
Pero Izñaki tenía un problema: los finales. Desarrollaba con maestría los hechos y sus personajes alcanzaban una inmensa profundidad. Tramas paralelas se entrelazaban y fluían para hacer de sus libros una delicia. Sin embargo, al momento del cierre, siempre le surgían dificultades.
Algunas veces, se encariñaba con los personajes y no quería dejarlos ir. Otras, consideraba que no podía dar un final soso y hollywoodense a historias intensas, en las que había pasado de todo y habían entrado en juego nociones científicas, filosóficas e ideológicas. He aquí su falencia: no encontraba un cierre a la altura de lo que había sido el desarrollo del cuento o de la novela.
Pasados los treinta años, Mario Izñaki descubrió que este aspecto no era más que un reflejo de su personalidad. Esto tendría sentido para aquellos que dicen que se escribe como se vive. El asunto es que él prefería siempre el camino a la llegada. Era un fundamentalista de los procesos, de los recorridos. En la portada de sus cuadernos siempre escribía la misma cita de Stevenson: "To travel hopefully is a better thing than to arrive".
Entre los equipos de fútbol, Izñaki seguía fervorosamente a los que privilegiaban la posesión de la pelota, aunque patearan poco al arco. Siempre celebraba a esos conjuntos de los que se decía que eran "campeones morales", que jugaban bien pero nunca se llevaban el título. Renegaba de los planteos efectistas y sus amigos nunca lo invitaban a jugar porque sabían que con él nunca ganarían.
Sus relaciones amorosas rara vez pasaban del plano de lo platónico. Mario Izñaki había descubierto que una vez que se consumaba el romance, su interés se desvanecía. Entonces, prefería el suspenso de una seducción más o menos directa según el caso, pero que permaneciera en potencia y nunca llegara a ser. Todas las mujeres se cansaron más temprano que tarde de este juego de coqueteo infinito, excepto Esther Meana. Ella, quizá por compartir su desdén por las concreciones, se mantuvo a la espera hasta el final. Nunca llegaron a verse a solas.
Así se comportaba Izñaki en el resto de los aspectos de su vida.
Una tarde, en medio de la frustración por no encontrar un final apropiado para un cuento, probó con una conclusión ligera, poco trabajada. Dejaba varios cabos sueltos y no hacía justicia al crecimiento por el que habían pasado los personajes. Pero aún así le pareció que estaba bien, porque lo que valía era todo el desarrollo anterior, el enlace de las distintas tramas que componían la historia. Estaba seguro de que el lector valoraría eso y no daría importancia al final.
Al poco tiempo, tras ver que eso funcionaba, la calidad de sus finales cayó en una espiral descendente. Los amantes se enfrascaban en largas charlas que no llevaban a nada. Los soldados disparaban desde lejos sin llegar nunca a ver a sus enemigos. Los dioses y los humanos jamás se enfrentaban en una última batalla.
Según Izñaki, esta laxitud le daba más tiempo para dedicarse al nudo de la historia. Ya no gastaba energías en pensar un giro ingenioso para los últimos párrafos y prefería concentrarse en dar profundidad a sus personajes. Como ejemplo basta su novela "La muerte de José Adrover". En sus 1114 páginas narra las desventuras y los cuestionamientos filosóficos del doctor Adrover, quien al final ni siquiera muere.
Hacia los últimos años de su carrera, Mario Izñaki dio un paso más y suprimió totalmente los desenlaces. Sus textos terminaban de un momento al otro, ya que seguía convencido de que su fuerte era un excelente y sólido desarrollo, que cautivaba a sus lectores como el primer día. Hasta que un día, él
La vocación literaria le nació desde muy pequeño. Antes de haber aprendido a leer y a escribir inventaba fabulosas historias, que contaba a sus padres en la cena. Apenas pudo dominar mínimamente las letras, llenó hojas y hojas con trazos torpes que narraban aventuras de exploradores y guerreras. En su adolescencia ganó un par de premios en concursos literarios del barrio y con los años fue puliendo su estilo, hasta convertirse en un escritor reconocido y de un aceptable éxito editorial.
Pero Izñaki tenía un problema: los finales. Desarrollaba con maestría los hechos y sus personajes alcanzaban una inmensa profundidad. Tramas paralelas se entrelazaban y fluían para hacer de sus libros una delicia. Sin embargo, al momento del cierre, siempre le surgían dificultades.
Algunas veces, se encariñaba con los personajes y no quería dejarlos ir. Otras, consideraba que no podía dar un final soso y hollywoodense a historias intensas, en las que había pasado de todo y habían entrado en juego nociones científicas, filosóficas e ideológicas. He aquí su falencia: no encontraba un cierre a la altura de lo que había sido el desarrollo del cuento o de la novela.
Pasados los treinta años, Mario Izñaki descubrió que este aspecto no era más que un reflejo de su personalidad. Esto tendría sentido para aquellos que dicen que se escribe como se vive. El asunto es que él prefería siempre el camino a la llegada. Era un fundamentalista de los procesos, de los recorridos. En la portada de sus cuadernos siempre escribía la misma cita de Stevenson: "To travel hopefully is a better thing than to arrive".
Entre los equipos de fútbol, Izñaki seguía fervorosamente a los que privilegiaban la posesión de la pelota, aunque patearan poco al arco. Siempre celebraba a esos conjuntos de los que se decía que eran "campeones morales", que jugaban bien pero nunca se llevaban el título. Renegaba de los planteos efectistas y sus amigos nunca lo invitaban a jugar porque sabían que con él nunca ganarían.
Sus relaciones amorosas rara vez pasaban del plano de lo platónico. Mario Izñaki había descubierto que una vez que se consumaba el romance, su interés se desvanecía. Entonces, prefería el suspenso de una seducción más o menos directa según el caso, pero que permaneciera en potencia y nunca llegara a ser. Todas las mujeres se cansaron más temprano que tarde de este juego de coqueteo infinito, excepto Esther Meana. Ella, quizá por compartir su desdén por las concreciones, se mantuvo a la espera hasta el final. Nunca llegaron a verse a solas.
Así se comportaba Izñaki en el resto de los aspectos de su vida.
Una tarde, en medio de la frustración por no encontrar un final apropiado para un cuento, probó con una conclusión ligera, poco trabajada. Dejaba varios cabos sueltos y no hacía justicia al crecimiento por el que habían pasado los personajes. Pero aún así le pareció que estaba bien, porque lo que valía era todo el desarrollo anterior, el enlace de las distintas tramas que componían la historia. Estaba seguro de que el lector valoraría eso y no daría importancia al final.
Al poco tiempo, tras ver que eso funcionaba, la calidad de sus finales cayó en una espiral descendente. Los amantes se enfrascaban en largas charlas que no llevaban a nada. Los soldados disparaban desde lejos sin llegar nunca a ver a sus enemigos. Los dioses y los humanos jamás se enfrentaban en una última batalla.
Según Izñaki, esta laxitud le daba más tiempo para dedicarse al nudo de la historia. Ya no gastaba energías en pensar un giro ingenioso para los últimos párrafos y prefería concentrarse en dar profundidad a sus personajes. Como ejemplo basta su novela "La muerte de José Adrover". En sus 1114 páginas narra las desventuras y los cuestionamientos filosóficos del doctor Adrover, quien al final ni siquiera muere.
Hacia los últimos años de su carrera, Mario Izñaki dio un paso más y suprimió totalmente los desenlaces. Sus textos terminaban de un momento al otro, ya que seguía convencido de que su fuerte era un excelente y sólido desarrollo, que cautivaba a sus lectores como el primer día. Hasta que un día, él
lunes, 25 de marzo de 2019
Excusas, motivos, razones
— No te puedo querer — me dice la rubia de ojos tristes —, quiero quererte, sé que me conviene, pero mi vida es un quilombo.
Parece sincera. Su vida de verdad es un quilombo, inmersa en una búsqueda de algo que aún no sabe qué es. Recién lo sabrá cuando lo encuentre, si lo llega a encontrar. O cuando se dé cuenta de que no lo va a encontrar nunca.
Pero mientras habla, pienso: ¿Por qué necesitamos un motivo para dejar a alguien? ¿Por qué la rubia de ojos tristes está intentando justificar el hecho de que no quiere estar conmigo? Gastó energía en eso, en poner en palabras, en dar forma racional a algo que no lo es ni por asomo. ¿No sería más sincero si me dijera "no tengo ganas de estar con vos" o "antes me gustabas pero ahora no" y listo? ¿Cómo lo tomaría yo en tal caso? ¿Debería importarle eso?
Parece sincera. Su vida de verdad es un quilombo, inmersa en una búsqueda de algo que aún no sabe qué es. Recién lo sabrá cuando lo encuentre, si lo llega a encontrar. O cuando se dé cuenta de que no lo va a encontrar nunca.
Pero mientras habla, pienso: ¿Por qué necesitamos un motivo para dejar a alguien? ¿Por qué la rubia de ojos tristes está intentando justificar el hecho de que no quiere estar conmigo? Gastó energía en eso, en poner en palabras, en dar forma racional a algo que no lo es ni por asomo. ¿No sería más sincero si me dijera "no tengo ganas de estar con vos" o "antes me gustabas pero ahora no" y listo? ¿Cómo lo tomaría yo en tal caso? ¿Debería importarle eso?
miércoles, 20 de marzo de 2019
jueves, 14 de marzo de 2019
Todo mi amor
Lo bueno de esta oficina es que puedo manejar un poco los horarios. Entonces, salgo a comer a las dos de la tarde en vez de a la una, que es cuando sale la mayoría de los que laburan por acá. Parece una pavada, sólo una hora de diferencia, pero se nota.
Puedo caminar más tranquilo por estas calles de microcentro que, apenas un rato atrás, rebalsaban de oficinistas ávidos de comprar su comida en bandejitas por peso o sentarse a almorzar en algún lugar. Fumar un pucho, quizás, aunque ya la gente fuma menos que hace unos años. Sobre todo en invierno.
Calles llenas de oficinistas de levante o desesperados por sacarle el cuero al jefe y descargar la bronca que acumularon durante toda la mañana. Con ganas de contar lo que hicieron el fin de semana o de planear el próximo.
Sin embargo, cuando salís a comer a las dos de la tarde, el paisaje cambia. No queda desierto, claro, pero el ritmo afloja y se pueden hacer caminatas más contemplativas y dejarse llevar por los pensamientos. Todo esto, sin ser chocado de frente por uno que va a toda velocidad, porque se tomó la hora de almuerzo para hacer trámites y no le alcanzó el tiempo para volver a laburar.
Aunque contengan cosas horribles, como bancos o financieras, los edificios del microcentro son hermosos y merecen ser vistos. Así me gusta pasar los mediodías de oficina, caminando y mirando hacia arriba mientras mi cuello roza la tortícolis e intento apreciar los detalles tan de principios del siglo pasado.
¿Puedo adivinar los estilos de las construcciones? ¿Beaux arts? ¿Neoclasicismo? ¿Italianizante? Ante la duda, la respuesta siempre es eclecticismo.
En eso estaba aquel día fresco y nublado cuando una melodía conocida me sacó de mi vagabundeo mental. Dos muchachos con elegantes sombreros entonaban y le sacaban a sus guitarras las melodías de All My Loving, de Los Beatles. Tu canción favorita, esa que cantabas cuando hacíamos día de limpieza en casa y vos trapeabas el living mientras yo me encargaba del baño.
Extrañé de pronto esa cotidianidad, ese día a día en el que compartíamos cosas que podrían parecer intrascendentes, pero también era donde soñábamos nuestros proyectos, nuestros viajes, nuestra vida.
Creía que ya era un tema cerrado para mí, pero me agarró un nudo en la garganta al recordar la tarde en la que me dijiste que ya no querías nada de todo eso. Que para vos era momento de otra cosa, de vivir otras experiencias. De volar.
También se me vino a la cabeza cuánto admirabas a los músicos callejeros. ¿Eso sería esa otra cosa que buscabas? ¿Darle rienda suelta a la fuerza artística que te llenaba el pecho? Los escuchabas desde la empatía, desde ser un par... no había día en el que no les dieras unos mangos a los que tocan la guitarra en el tren, a los que cantan en las calles del centro, a los saxofonistas del subte.
Con el nudo todavía cerrando mi garganta y los ojos húmedos, saqué un par de billetes para dejarles a los pibes en el estuche de la guitarra. ¿Les habrías dado algo vos ya? Ni sabía si seguías laburando en esa empresa a un par de cuadras de ahí. Me di cuenta de que en todo este tiempo nunca nos cruzamos, tal vez porque yo siempre salgo a comer a las dos.
Terminaron All My Loving y un puñado de personas aplaudió. Me acerqué y arrojé suavemente los billetes en el estuche, con todo mi amor. Pero no era para ellos; todo mi amor sigue siendo para vos.
Puedo caminar más tranquilo por estas calles de microcentro que, apenas un rato atrás, rebalsaban de oficinistas ávidos de comprar su comida en bandejitas por peso o sentarse a almorzar en algún lugar. Fumar un pucho, quizás, aunque ya la gente fuma menos que hace unos años. Sobre todo en invierno.
Calles llenas de oficinistas de levante o desesperados por sacarle el cuero al jefe y descargar la bronca que acumularon durante toda la mañana. Con ganas de contar lo que hicieron el fin de semana o de planear el próximo.
Sin embargo, cuando salís a comer a las dos de la tarde, el paisaje cambia. No queda desierto, claro, pero el ritmo afloja y se pueden hacer caminatas más contemplativas y dejarse llevar por los pensamientos. Todo esto, sin ser chocado de frente por uno que va a toda velocidad, porque se tomó la hora de almuerzo para hacer trámites y no le alcanzó el tiempo para volver a laburar.
Aunque contengan cosas horribles, como bancos o financieras, los edificios del microcentro son hermosos y merecen ser vistos. Así me gusta pasar los mediodías de oficina, caminando y mirando hacia arriba mientras mi cuello roza la tortícolis e intento apreciar los detalles tan de principios del siglo pasado.
¿Puedo adivinar los estilos de las construcciones? ¿Beaux arts? ¿Neoclasicismo? ¿Italianizante? Ante la duda, la respuesta siempre es eclecticismo.
En eso estaba aquel día fresco y nublado cuando una melodía conocida me sacó de mi vagabundeo mental. Dos muchachos con elegantes sombreros entonaban y le sacaban a sus guitarras las melodías de All My Loving, de Los Beatles. Tu canción favorita, esa que cantabas cuando hacíamos día de limpieza en casa y vos trapeabas el living mientras yo me encargaba del baño.
Extrañé de pronto esa cotidianidad, ese día a día en el que compartíamos cosas que podrían parecer intrascendentes, pero también era donde soñábamos nuestros proyectos, nuestros viajes, nuestra vida.
Creía que ya era un tema cerrado para mí, pero me agarró un nudo en la garganta al recordar la tarde en la que me dijiste que ya no querías nada de todo eso. Que para vos era momento de otra cosa, de vivir otras experiencias. De volar.
También se me vino a la cabeza cuánto admirabas a los músicos callejeros. ¿Eso sería esa otra cosa que buscabas? ¿Darle rienda suelta a la fuerza artística que te llenaba el pecho? Los escuchabas desde la empatía, desde ser un par... no había día en el que no les dieras unos mangos a los que tocan la guitarra en el tren, a los que cantan en las calles del centro, a los saxofonistas del subte.
Con el nudo todavía cerrando mi garganta y los ojos húmedos, saqué un par de billetes para dejarles a los pibes en el estuche de la guitarra. ¿Les habrías dado algo vos ya? Ni sabía si seguías laburando en esa empresa a un par de cuadras de ahí. Me di cuenta de que en todo este tiempo nunca nos cruzamos, tal vez porque yo siempre salgo a comer a las dos.
Terminaron All My Loving y un puñado de personas aplaudió. Me acerqué y arrojé suavemente los billetes en el estuche, con todo mi amor. Pero no era para ellos; todo mi amor sigue siendo para vos.
viernes, 8 de marzo de 2019
miércoles, 6 de marzo de 2019
Muches de ustedes seguramente conocen al alfajor Capitán del Espacio.
Para quienes no, se los resumo así nomás: son unos alfajores hechos en
Quilmes que hasta hace pocos años eran muuuy difíciles de conseguir
fuera del sudeste del gran buenos aires, lo que acrecentó su leyenda
sobre su inigualable sabor y había gente que viajaba a Quilmes
especialmente para comprarlos.
Hoy, se consiguen más o menos en cualquier quiosco. Coincidentemente con eso, ya varias veces escuché a gente diciendo que al final no son tan ricos o eran más leyenda que otra cosa.
Hoy, se consiguen más o menos en cualquier quiosco. Coincidentemente con eso, ya varias veces escuché a gente diciendo que al final no son tan ricos o eran más leyenda que otra cosa.
Entonces, podemos pensar esto: ¿puede ser que entonces no fuera tan
rico y lo que le daba un sabor especial fuera lo difícil que era
conseguirlo?
¿Cuántas cosas se nos antojan geniales, maravillosas, deseables, sólo porque están lejos de nuestro alcance y cuando accedemos a ellas pierden su gracia, como si fuéramos infantes? ¿Es la vida una sucesión de capitanes del espacio que nos obligan a movernos en pos de algo hasta que un día nos morimos?
Igual, para mí están buenísimos.
¿Cuántas cosas se nos antojan geniales, maravillosas, deseables, sólo porque están lejos de nuestro alcance y cuando accedemos a ellas pierden su gracia, como si fuéramos infantes? ¿Es la vida una sucesión de capitanes del espacio que nos obligan a movernos en pos de algo hasta que un día nos morimos?
Igual, para mí están buenísimos.
viernes, 1 de marzo de 2019
Contentos y asombrados, estos ucranianos contaron que gracias a
sus viajes vieron por primera vez un esqueleto de dinosaurio. "¿En
serio?", pregunté con sorpresa, mientras recordaba la cantidad de veces
que fui en mi infancia a museos de ciencias naturales como el Bernardino
Rivadavia o el de La Plata. "Claro, ¡en Ucrania no tenemos
dinosaurios!". Algo tan normal y cotidiano para nosotros, para los pibes
era una maravilla.
viernes, 22 de febrero de 2019
jueves, 14 de febrero de 2019
Anita
Acabás de bajar del avión en el aeropuerto de Hong Kong. Hasta ahora, un aeropuerto como cualquiera, pero con alguna particularidad. En los carteles, los caracteres chinos conviven en pie de igualdad con palabras en inglés. El tren que va hacia el centro no se puede pagar con tarjeta, así que a buscar un cajero. Hace tiempo que decidiste que no es ninguna vergüenza usar esos carritos para llevar el equipaje en el aeropuerto. Eso libera a tu cuerpo al menos por un rato de cargar con el peso de tus bártulos. Ponés las dos mochilas encima, la grande y la chiquita, y encarás para el cajero. Dejás el carrito a un costado y sacás unos dólares para el pasaje de tren.
Cuando mirás de nuevo tus mochilas, enseguida notás algo raro: ¡falta la más chica! ¡No puede ser, te falta la mochila! Pasaporte, computadora y otras cosas chiquitas pero muy importantes, desaparecidas. Estás solo, a miles y miles de kilómetros de alguien conocido. Te resistís al primer impulso, que es hacerte una bolita en el piso y ponerte a llorar. Hay que actuar. ¿Habrá un consulado argentino en Hong Kong? ¿cuánto me va a costar un pasaporte nuevo emitido acá? Va a tardar una bocha, ¿no?
Esperá. Bajá un cambio. Tratá de pensar qué pasó. Es difícil que te la hayan robado, mal que mal el carrito estuvo en tu campo visual casi todo el tiempo. Un robo no es imposible, pero es poco probable. Quizá se te cayó. ¿Te acordás positivamente de que la mochila estuviera en el carrito cuando la dejaste al lado del cajero? La verdad, no. Tal vez para entonces ya no estaba.
Tenés que volver sobre tus pasos y buscar. "Hola señor, ¿vio una mochila verde así y asá?". "No". Cada segundo que pasa necesitás más respiraciones para bajar la ansiedad y no caer en la desesperación. Nadie vio nada. ¿Habrá cámaras? ¿A quién le puedo preguntar? "Hola señor que parece ser de seguridad, ¿a dónde puedo ir si perdí mi mochila?". "Preguntá en aquel escritorio".
Llegás. No creés que vaya a servir de mucho - ¿y qué cosa sí serviría? - pero hay que agotar las instancias disponibles. Le decís a la chica que perdiste la mochila. Sí, verde. De este tamaño más o menos. Hace unos quince minutos. Sí. Sí, está el pasaporte. Ahí escuchás una respuesta increíble: "La tenemos, está en el otro mostrador". En un suspiro de alivio largás todo el aire contenido, todos tus músculos aflojan la tensión insoportable que tenían y casi te desplomás en el piso. Gracias, gracias, gracias. Querés saltar el mostrador y darle un abrazo. Te contenés.
Vas al otro escritorio. Ya más tranquilo. "Qué tal, vengo del mostrador de allá, me dijeron que acá tenían mi mochila". "A ver, decime qué tenía". Le decís. Te pregunta tu nombre en el pasaporte. Tu respuesta es la correcta y con una sonrisa saca la mochila de abajo de la mesa y te la da. "La encontró una mujer del cuerpo de voluntarios". "¿En serio? ¿Dónde está?". "Por la puerta de allá, se llama Anita".
La vas a buscar y la encontrás. Anita. Tu salvadora. Una señora jubilada que pasa un día a la semana como voluntaria en el aeropuerto, guiando a los visitantes y respondiendo a consultas sobre la ciudad. Te cuenta que extraña un poco el Hong Kong de décadas atrás y que le gustaría ir a Argentina a ver bailar tango. Ella encontró tu mochila caída del carrito y la llevó al mostrador de información. Gracias, gracias, gracias. Esta vez no te contenés y le das un abrazo. Gracias Anita. Gracias.
Cuando mirás de nuevo tus mochilas, enseguida notás algo raro: ¡falta la más chica! ¡No puede ser, te falta la mochila! Pasaporte, computadora y otras cosas chiquitas pero muy importantes, desaparecidas. Estás solo, a miles y miles de kilómetros de alguien conocido. Te resistís al primer impulso, que es hacerte una bolita en el piso y ponerte a llorar. Hay que actuar. ¿Habrá un consulado argentino en Hong Kong? ¿cuánto me va a costar un pasaporte nuevo emitido acá? Va a tardar una bocha, ¿no?
Esperá. Bajá un cambio. Tratá de pensar qué pasó. Es difícil que te la hayan robado, mal que mal el carrito estuvo en tu campo visual casi todo el tiempo. Un robo no es imposible, pero es poco probable. Quizá se te cayó. ¿Te acordás positivamente de que la mochila estuviera en el carrito cuando la dejaste al lado del cajero? La verdad, no. Tal vez para entonces ya no estaba.
Tenés que volver sobre tus pasos y buscar. "Hola señor, ¿vio una mochila verde así y asá?". "No". Cada segundo que pasa necesitás más respiraciones para bajar la ansiedad y no caer en la desesperación. Nadie vio nada. ¿Habrá cámaras? ¿A quién le puedo preguntar? "Hola señor que parece ser de seguridad, ¿a dónde puedo ir si perdí mi mochila?". "Preguntá en aquel escritorio".
Llegás. No creés que vaya a servir de mucho - ¿y qué cosa sí serviría? - pero hay que agotar las instancias disponibles. Le decís a la chica que perdiste la mochila. Sí, verde. De este tamaño más o menos. Hace unos quince minutos. Sí. Sí, está el pasaporte. Ahí escuchás una respuesta increíble: "La tenemos, está en el otro mostrador". En un suspiro de alivio largás todo el aire contenido, todos tus músculos aflojan la tensión insoportable que tenían y casi te desplomás en el piso. Gracias, gracias, gracias. Querés saltar el mostrador y darle un abrazo. Te contenés.
Vas al otro escritorio. Ya más tranquilo. "Qué tal, vengo del mostrador de allá, me dijeron que acá tenían mi mochila". "A ver, decime qué tenía". Le decís. Te pregunta tu nombre en el pasaporte. Tu respuesta es la correcta y con una sonrisa saca la mochila de abajo de la mesa y te la da. "La encontró una mujer del cuerpo de voluntarios". "¿En serio? ¿Dónde está?". "Por la puerta de allá, se llama Anita".
La vas a buscar y la encontrás. Anita. Tu salvadora. Una señora jubilada que pasa un día a la semana como voluntaria en el aeropuerto, guiando a los visitantes y respondiendo a consultas sobre la ciudad. Te cuenta que extraña un poco el Hong Kong de décadas atrás y que le gustaría ir a Argentina a ver bailar tango. Ella encontró tu mochila caída del carrito y la llevó al mostrador de información. Gracias, gracias, gracias. Esta vez no te contenés y le das un abrazo. Gracias Anita. Gracias.
lunes, 11 de febrero de 2019
jueves, 7 de febrero de 2019
Burbujas
- ¿De dónde sos?
- De Argentina
- Ah, ¿y de dónde en Argentina?
- Buenos Aires, la capital.
- "La ciudad de los ángeles", ¿no? ¿está lleno de estatuas de ángeles?
- Ehh, no...
- ¿No es ahí donde hacen esos desfiles coloridos en la calle todo el tiempo?
La señora no tenía idea de Buenos Aires. Me hizo pensar en cuánta gente andará por ahí sin saber de la existencia de esa ciudad que muchos amamos y vemos tan parecida a París... y al revés, lo mismo: ¿de qué nos estaremos perdiendo?
- De Argentina
- Ah, ¿y de dónde en Argentina?
- Buenos Aires, la capital.
- "La ciudad de los ángeles", ¿no? ¿está lleno de estatuas de ángeles?
- Ehh, no...
- ¿No es ahí donde hacen esos desfiles coloridos en la calle todo el tiempo?
La señora no tenía idea de Buenos Aires. Me hizo pensar en cuánta gente andará por ahí sin saber de la existencia de esa ciudad que muchos amamos y vemos tan parecida a París... y al revés, lo mismo: ¿de qué nos estaremos perdiendo?
lunes, 4 de febrero de 2019
Y la poesía cruel de no pensar más en mí
Un amigo extranjero me preguntó hace poco cuál es la mejor época para visitar Buenos Aires. Yo diría que es entre otoño e invierno, para escapar del calor espantoso y húmedo del verano. Pero, especialmente, para disfrutar del día frío, de bufanda, con llovizna, desde la ventana de un bar.
Desde ahí, como si el tiempo se detuviera para mí pero no para los demás, me encanta disfrutar de ese café que larga humo, al igual que la gente que va apurada por la vereda esquivándole el paso a las baldosas flojas.
Ese bar en donde pensaba cuánto ha pasado en este tiempo, para vos y para mí. Si pudiéramos encontrarnos, sea en este café o en otro, no seríamos más que dos extraños. Dos extraños con un pasado común, como si fuéramos dos compañeros de secundario que nunca más nos vimos hasta ahora y charlamos de vaguedades como "qué fue de tu vida todos estos años?".
Fueron muchas cosas, que no puedo resumir en veinte minutos, media hora de charla. Así que la repuesta sería automática y superficial: "bien, y vos?", "bien", "che, qué bárbaro esto del dólar".
Pero cómo me sentí, cuánto te extrañé, todo lo que de verdad me pasó... eso no entra en lo que dura un café o dos. Las veces que sentí que estaba a punto de ser feliz y de pronto vos aparecías, como un recuerdo atravesado, para derrumbar de alguna forma esa felicidad.
Y las cosas que cambiaron. Ya no voy a la cancha. Me amigué con mi panza, o al menos dejé de intentar combatirla. No disfruto más de ir parado en el tren como antes. Otras siguen igual: todavía odio a la vieja de al lado y ella me odia a mí. Ah, y pienso en vos cada vez que hay olor a jazmín.
No puedo contarte nada de todo eso. Porque para mí, en ese bar, el tiempo está detenido, pero para los demás sigue corriendo. Vos tenés una rutina, cosas que hacer. No te podés quedar a escuchar cómo es mi vida sin vos, pero con vos.
Así que charlamos un ratito más y ahí termina nuestro encuentro. En eso quedó todo lo que fue nuestra historia. En un no final.
Desde ahí, como si el tiempo se detuviera para mí pero no para los demás, me encanta disfrutar de ese café que larga humo, al igual que la gente que va apurada por la vereda esquivándole el paso a las baldosas flojas.
Ese bar en donde pensaba cuánto ha pasado en este tiempo, para vos y para mí. Si pudiéramos encontrarnos, sea en este café o en otro, no seríamos más que dos extraños. Dos extraños con un pasado común, como si fuéramos dos compañeros de secundario que nunca más nos vimos hasta ahora y charlamos de vaguedades como "qué fue de tu vida todos estos años?".
Fueron muchas cosas, que no puedo resumir en veinte minutos, media hora de charla. Así que la repuesta sería automática y superficial: "bien, y vos?", "bien", "che, qué bárbaro esto del dólar".
Pero cómo me sentí, cuánto te extrañé, todo lo que de verdad me pasó... eso no entra en lo que dura un café o dos. Las veces que sentí que estaba a punto de ser feliz y de pronto vos aparecías, como un recuerdo atravesado, para derrumbar de alguna forma esa felicidad.
Y las cosas que cambiaron. Ya no voy a la cancha. Me amigué con mi panza, o al menos dejé de intentar combatirla. No disfruto más de ir parado en el tren como antes. Otras siguen igual: todavía odio a la vieja de al lado y ella me odia a mí. Ah, y pienso en vos cada vez que hay olor a jazmín.
No puedo contarte nada de todo eso. Porque para mí, en ese bar, el tiempo está detenido, pero para los demás sigue corriendo. Vos tenés una rutina, cosas que hacer. No te podés quedar a escuchar cómo es mi vida sin vos, pero con vos.
Así que charlamos un ratito más y ahí termina nuestro encuentro. En eso quedó todo lo que fue nuestra historia. En un no final.
miércoles, 30 de enero de 2019
Coincidencias
- Amor, digamos a dónde nos gustaría estar ahora. Esperá, mejor: digamosló a la vez, ¿dale?
- Dale.
- Uno, dos, ¡tres!
- Vos y yo en una playa del Caribe.
- Solo y maldormido en un aeropuerto en algún país de nombre impronunciable esperando a que salga el vuelo con cosquillas en la panza por la nueva aventura por venir.
- ...
- Creo que tenemos que hablar.
- Dale.
- Uno, dos, ¡tres!
- Vos y yo en una playa del Caribe.
- Solo y maldormido en un aeropuerto en algún país de nombre impronunciable esperando a que salga el vuelo con cosquillas en la panza por la nueva aventura por venir.
- ...
- Creo que tenemos que hablar.
jueves, 3 de enero de 2019
Mosca
Enero. El calor y la humedad asediaban. El aire era pesado y hasta el suelo transpiraba. La gente caminaba pegada a las paredes, mendigando migajas de sombra para refugiarse del impiadoso sol. Pero Martín Molina no. Él iba rapidito, por el medio de la calle desierta, mientras sus pies casi se hundían en el asfalto blando. La mochila estaba prácticamente pegada a la espalda por la transpiración que empapaba toda su ropa.
Martín Molina sabía que esa horrenda sensación era temporal. En pocos pasos estaría en su habitación, pequeña y deprimente. Oscura y sin ventanas. Con las paredes manchadas. Con el piso de cemento alisado lleno de grietas. Sin embargo, ese pequeño espacio de no más de diez metros cuadrados guardaba su mayor tesoro: un aire acondicionado, que todavía estaba pagando a costa de dejar de ir al bar los viernes. Ya soñaba con encenderlo y echarse en la cama, transpirado como estaba, a no hacer nada más que enfriarse.
Ya casi estaba. Abrió la desvencijada reja del edificio y subió a los saltos los tres pisos por la escalera. Entró, encendió el aire, se sacó la ropa y se dejó caer sobre la cama con los brazos abiertos. Había llegado el mejor momento del día, el momento fresco, que se había ganado con su trabajo, de más horas diarias bajo el sol de las que cualquiera soportaría. Así que no le importaba pasar otras privaciones, porque tenía aire acondicionado.
Quince minutos de quietud le bastaron a Martín Molina para bajar la temperatura de su cuerpo y poder pensar en algo que no fuera el calor. Fue entonces cuando lo notó: un zumbido insistente. Se estremeció al imaginar que algo pudiera funcionar mal con el aire acondicionado. Pero no, no era eso. Venía desde otro lugar. Iba y venía en realidad, porque se trataba de una mosca que recorría la habitación en un vuelo sin descanso.
"Bueno, es sólo una mosca", pensó. "La dejo que haga lo que quiera, siempre fui malísimo para matarlas. Además, si abro la puerta para espantarla se va a escapar el aire frío".
No tardó un minuto en observar que no era sólo una mosca, sino dos. Este nuevo descubrimiento lo incomodó, pero decidió convivir con ellas y compartir el fresco de su aire acondicionado.
Una hora después, Martín Molina ya no se sentía a gusto con sus compañeras de habitación. Mientras una le zumbaba cerca de un oído, la otra le caminaba por las partes donde la piel era más sensible. Entre las cosquillas y el ruido no podía hacer nada. Bueno, no es que tuviera grandes planes, únicamente quería estar acostado sin tener calor. Pero hasta ese proyecto se veía arruinado por la presencia de la pareja de insectos.
Se cansó del cargoseo y se levantó a abrir la puerta para que las invasoras salieran de su habitación. Un pensamiento lo detuvo en seco cuando tenía la mano sobre el picaporte: ¿y si por hacer eso entraban más moscas? Meditó por unos segundos y consideró que podría seguir tolerando a dos, pero de ninguna manera soportaría a más. Lo mejor sería aguantar un tiempito al par de molestias y no arriesgarse a que se le llenase la pieza de insectos.
Dedicó unos cinco minutos a tratar de matarlas. De un aplauso. A golpes de remera. Aplastándolas contra la pared. Pero nada. Esos demonios alados se burlaban una y otra vez de sus intentos. Se dio por vencido y apeló a su tolerancia.
Martín Molina volvió a acostarse y cerró los ojos. Estoicamente dejó que las moscas se pasearan por cada rincón de su cuerpo y que le cantasen al oído, a veces en uno, a veces en los dos. Seguía creyendo firmemente que esto era el mal menor y que abrir la puerta sería tomar un riesgo innecesario. Pensó en que no tenía agua ni comida, pero calculó que no lo necesitaría. ¿Cuánto tiempo podrían tardar esas dos moscas en morirse?
En enero, los cadáveres empiezan a largar olor en menos de un día, incluso en un ambiente con aire acondicionado. Cuando la fetidez comenzó a invadir el edificio, los vecinos tiraron la puerta y encontraron el cuerpo de Martín Molina sobre la cama, con dos docenas de moscas que revoloteaban a su alrededor.
Martín Molina sabía que esa horrenda sensación era temporal. En pocos pasos estaría en su habitación, pequeña y deprimente. Oscura y sin ventanas. Con las paredes manchadas. Con el piso de cemento alisado lleno de grietas. Sin embargo, ese pequeño espacio de no más de diez metros cuadrados guardaba su mayor tesoro: un aire acondicionado, que todavía estaba pagando a costa de dejar de ir al bar los viernes. Ya soñaba con encenderlo y echarse en la cama, transpirado como estaba, a no hacer nada más que enfriarse.
Ya casi estaba. Abrió la desvencijada reja del edificio y subió a los saltos los tres pisos por la escalera. Entró, encendió el aire, se sacó la ropa y se dejó caer sobre la cama con los brazos abiertos. Había llegado el mejor momento del día, el momento fresco, que se había ganado con su trabajo, de más horas diarias bajo el sol de las que cualquiera soportaría. Así que no le importaba pasar otras privaciones, porque tenía aire acondicionado.
Quince minutos de quietud le bastaron a Martín Molina para bajar la temperatura de su cuerpo y poder pensar en algo que no fuera el calor. Fue entonces cuando lo notó: un zumbido insistente. Se estremeció al imaginar que algo pudiera funcionar mal con el aire acondicionado. Pero no, no era eso. Venía desde otro lugar. Iba y venía en realidad, porque se trataba de una mosca que recorría la habitación en un vuelo sin descanso.
"Bueno, es sólo una mosca", pensó. "La dejo que haga lo que quiera, siempre fui malísimo para matarlas. Además, si abro la puerta para espantarla se va a escapar el aire frío".
No tardó un minuto en observar que no era sólo una mosca, sino dos. Este nuevo descubrimiento lo incomodó, pero decidió convivir con ellas y compartir el fresco de su aire acondicionado.
Una hora después, Martín Molina ya no se sentía a gusto con sus compañeras de habitación. Mientras una le zumbaba cerca de un oído, la otra le caminaba por las partes donde la piel era más sensible. Entre las cosquillas y el ruido no podía hacer nada. Bueno, no es que tuviera grandes planes, únicamente quería estar acostado sin tener calor. Pero hasta ese proyecto se veía arruinado por la presencia de la pareja de insectos.
Se cansó del cargoseo y se levantó a abrir la puerta para que las invasoras salieran de su habitación. Un pensamiento lo detuvo en seco cuando tenía la mano sobre el picaporte: ¿y si por hacer eso entraban más moscas? Meditó por unos segundos y consideró que podría seguir tolerando a dos, pero de ninguna manera soportaría a más. Lo mejor sería aguantar un tiempito al par de molestias y no arriesgarse a que se le llenase la pieza de insectos.
Dedicó unos cinco minutos a tratar de matarlas. De un aplauso. A golpes de remera. Aplastándolas contra la pared. Pero nada. Esos demonios alados se burlaban una y otra vez de sus intentos. Se dio por vencido y apeló a su tolerancia.
Martín Molina volvió a acostarse y cerró los ojos. Estoicamente dejó que las moscas se pasearan por cada rincón de su cuerpo y que le cantasen al oído, a veces en uno, a veces en los dos. Seguía creyendo firmemente que esto era el mal menor y que abrir la puerta sería tomar un riesgo innecesario. Pensó en que no tenía agua ni comida, pero calculó que no lo necesitaría. ¿Cuánto tiempo podrían tardar esas dos moscas en morirse?
En enero, los cadáveres empiezan a largar olor en menos de un día, incluso en un ambiente con aire acondicionado. Cuando la fetidez comenzó a invadir el edificio, los vecinos tiraron la puerta y encontraron el cuerpo de Martín Molina sobre la cama, con dos docenas de moscas que revoloteaban a su alrededor.
martes, 4 de diciembre de 2018
Jugar al amigo invisible en Australia
- Vamos a jugar a Secret Santa, ¿te sumás?
- Dale, ¿cómo es?
- Escribimos nuestros nombres en un papel, sacás uno y a la persona que te toca le tenés que regalar algo en Navidad.
- Ah, sí, nosotros tenemos lo mismo pero le decimos "amigo invisible".
Después de un tiempo vería que no era tan lo mismo. Una vez definidos todos los participantes, hicimos la repartija. Me tocó Mel, una chef oriunda de un pueblito bien al Sur de Nueva Zelanda y fanática del rugby.
Con un techo de veinte dólares para gastar, podíamos hacer uno o varios regalos. Acá vi la primera diferencia: en lugar de ir dejando pistas sobre nuestra identidad hasta el momento de la entrega final, había que poner los presentes en una caja habilitada para ese fin, que además venía con papel para envolver.
Cuando hago un regalo, me gusta que sea algo útil. Mel venía hablando hacía rato de su próximo viaje a Canadá y Alaska. Pensé que iba a necesitar abrigo y que seguramente se iba a tener que comprar, porque donde estábamos el termómetro nunca bajaba de treinta grados y nadie tiene gorros de lana ni guantes. Así que en lo que fue mi primera compra por eBay, pedí una bufanda de los All Blacks.
Tras el almuerzo navideño, llegó la ceremonia de entrega. Otra diferencia: en vez de que los paquetes se entregaran personalmente, cada uno agarraba de la caja el suyo y listo. No importaba el autor de cada regalo, que permanecía en total anonimato.
Algunos recibieron chucherías y otros, cosas útiles. Yo, un super copado juego de cubiertos, con mangos con la forma de los sables láser de Star Wars. Un excelente regalo porque siempre andaba usando unos cuchillos de plástico, como esos que te dan en los locales de venta de comida al peso.
Un par de días después quise averiguar quién me los había dado, pero me quedé con la intriga porque había más hermetismo que en un cónclave cardenalicio. Se ve que es parte de los códigos del juego.
Pero sí me sentí bien y tuve la satisfacción de haberla pegado luego de unos meses, cuando Mel subió fotos de sus vacaciones. Ahí mostraba cómo desafiaba al frío del norte con la bufanda de los All Blacks que le había regalado su Secret Santa.
- Dale, ¿cómo es?
- Escribimos nuestros nombres en un papel, sacás uno y a la persona que te toca le tenés que regalar algo en Navidad.
- Ah, sí, nosotros tenemos lo mismo pero le decimos "amigo invisible".
Después de un tiempo vería que no era tan lo mismo. Una vez definidos todos los participantes, hicimos la repartija. Me tocó Mel, una chef oriunda de un pueblito bien al Sur de Nueva Zelanda y fanática del rugby.
Con un techo de veinte dólares para gastar, podíamos hacer uno o varios regalos. Acá vi la primera diferencia: en lugar de ir dejando pistas sobre nuestra identidad hasta el momento de la entrega final, había que poner los presentes en una caja habilitada para ese fin, que además venía con papel para envolver.
Cuando hago un regalo, me gusta que sea algo útil. Mel venía hablando hacía rato de su próximo viaje a Canadá y Alaska. Pensé que iba a necesitar abrigo y que seguramente se iba a tener que comprar, porque donde estábamos el termómetro nunca bajaba de treinta grados y nadie tiene gorros de lana ni guantes. Así que en lo que fue mi primera compra por eBay, pedí una bufanda de los All Blacks.
Tras el almuerzo navideño, llegó la ceremonia de entrega. Otra diferencia: en vez de que los paquetes se entregaran personalmente, cada uno agarraba de la caja el suyo y listo. No importaba el autor de cada regalo, que permanecía en total anonimato.
Algunos recibieron chucherías y otros, cosas útiles. Yo, un super copado juego de cubiertos, con mangos con la forma de los sables láser de Star Wars. Un excelente regalo porque siempre andaba usando unos cuchillos de plástico, como esos que te dan en los locales de venta de comida al peso.
Un par de días después quise averiguar quién me los había dado, pero me quedé con la intriga porque había más hermetismo que en un cónclave cardenalicio. Se ve que es parte de los códigos del juego.
Pero sí me sentí bien y tuve la satisfacción de haberla pegado luego de unos meses, cuando Mel subió fotos de sus vacaciones. Ahí mostraba cómo desafiaba al frío del norte con la bufanda de los All Blacks que le había regalado su Secret Santa.
jueves, 29 de noviembre de 2018
Orguyo
- Si la extrañás tanto, ¿por qué no le escribís?
- No, ¿cómo le voy a escribir yo? Si me cortó ella... quedo como un pesado, un denso, un chabón que no entendió que no quiere estar más conmigo.
- No sé bien cómo funciona, pero a lo mejor espera una reacción tuya. Si vos te quedás en el molde, de alguna forma es como que le confirmás su decisión.
- ¿Y qué le digo? ¿"Hoy escuché esa canción que me hizo acordar a vos"? ¿"Me tomé el 39 y se me vino a la cabeza esa vez cuando..."? ¿"Te extraño"? No hay forma de escribirle sin sentirme un gil.
- Mmmmm bueno no sé si ser tan empalagoso de una o apelar a la memoria emotiva... podés probar con un "¿cómo estás?", iniciar una conversación.
- Si fuera como en las películas, zarpado. Le escribo eso, arrancamos a hablar, se da cuenta de que en realidad me quiere, me dice de estar juntos de nuevo, me hago el difícil por cinco minutos y volvemos a como estábamos antes. Pero me va a clavar el visto o me va a contestar con algún emoji como para dar por cerrada la conversación y listo. No voy a abrirle mi corazón de nuevo para que lo pisotee.
- Ja, ja, tanto amor por el drama... para mí no perdés nada. No flashes tanta historia. Arrancá con un "Hola" y vas viendo.
- No. Posta. Si quiere algo, que escriba ella.
- Amiga, no sé si hice bien en dejarlo.
- ¿Por qué dudás ahora? Decías que no estabas segura de si lo querías, que no querías tenerlo ahí enganchado si vos no sabías qué hacer... ¿no será simplemente culpa?
- Sí, pensé que quizá fuera culpa pero no sé. Sigo sin estar segura pero también me doy cuenta que lo extraño. Será por algo, ¿no? Las charlas, cómo me abrazaba, tomar mate en el balcón...
- Bueno, entonces escribile.
- Ay no, va a pensar que soy una loca que lo deja, le escribe de nuevo...
- Bueno si te sentís así a lo mejor dejarlo fue un error. La gente se equivoca, no está mal que lo reconozcas. Mandale un "Hola cómo estás" para romper el hielo y fijate qué onda.
- ¡No! Aparte, ¿qué le pongo? "Hola, soy la chiflada que te dejó la semana pasada porque no sabía qué quería, resulta que ahora te quiero pero andá a saber qué vaya a pasar la semana que viene". De verdad lo extraño pero no sé. Me da vergüenza. Seguro que en estos días me escribe así medio casual, ahí aprovecho para seguirle la conversación y vemos para dónde vamos.
- Esto no es una comedia romántica, es la vida real. Si lo querés ver, si lo extrañás, es mucho más fácil: se lo hacés saber y listo.
- No. Posta. Si quiere algo, que escriba él.
- No, ¿cómo le voy a escribir yo? Si me cortó ella... quedo como un pesado, un denso, un chabón que no entendió que no quiere estar más conmigo.
- No sé bien cómo funciona, pero a lo mejor espera una reacción tuya. Si vos te quedás en el molde, de alguna forma es como que le confirmás su decisión.
- ¿Y qué le digo? ¿"Hoy escuché esa canción que me hizo acordar a vos"? ¿"Me tomé el 39 y se me vino a la cabeza esa vez cuando..."? ¿"Te extraño"? No hay forma de escribirle sin sentirme un gil.
- Mmmmm bueno no sé si ser tan empalagoso de una o apelar a la memoria emotiva... podés probar con un "¿cómo estás?", iniciar una conversación.
- Si fuera como en las películas, zarpado. Le escribo eso, arrancamos a hablar, se da cuenta de que en realidad me quiere, me dice de estar juntos de nuevo, me hago el difícil por cinco minutos y volvemos a como estábamos antes. Pero me va a clavar el visto o me va a contestar con algún emoji como para dar por cerrada la conversación y listo. No voy a abrirle mi corazón de nuevo para que lo pisotee.
- Ja, ja, tanto amor por el drama... para mí no perdés nada. No flashes tanta historia. Arrancá con un "Hola" y vas viendo.
- No. Posta. Si quiere algo, que escriba ella.
- Amiga, no sé si hice bien en dejarlo.
- ¿Por qué dudás ahora? Decías que no estabas segura de si lo querías, que no querías tenerlo ahí enganchado si vos no sabías qué hacer... ¿no será simplemente culpa?
- Sí, pensé que quizá fuera culpa pero no sé. Sigo sin estar segura pero también me doy cuenta que lo extraño. Será por algo, ¿no? Las charlas, cómo me abrazaba, tomar mate en el balcón...
- Bueno, entonces escribile.
- Ay no, va a pensar que soy una loca que lo deja, le escribe de nuevo...
- Bueno si te sentís así a lo mejor dejarlo fue un error. La gente se equivoca, no está mal que lo reconozcas. Mandale un "Hola cómo estás" para romper el hielo y fijate qué onda.
- ¡No! Aparte, ¿qué le pongo? "Hola, soy la chiflada que te dejó la semana pasada porque no sabía qué quería, resulta que ahora te quiero pero andá a saber qué vaya a pasar la semana que viene". De verdad lo extraño pero no sé. Me da vergüenza. Seguro que en estos días me escribe así medio casual, ahí aprovecho para seguirle la conversación y vemos para dónde vamos.
- Esto no es una comedia romántica, es la vida real. Si lo querés ver, si lo extrañás, es mucho más fácil: se lo hacés saber y listo.
- No. Posta. Si quiere algo, que escriba él.
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