viernes, 26 de junio de 2020

Rugby al sol de medianoche

Cada mes de junio, en Alaska celebran el solsticio con un singular torneo de seven, en un campo de ensueño que nació como un boceto en una servilleta y se convirtió en realidad
 
 
 
Estamos en junio, tiempo de solsticio. Calor, sol, días más largos. En el hemisferio sur, mientras tanto, exactamente lo opuesto. “Sí, hombre, ya lo aprendimos en el colegio, ¿a qué viene esto ahora?”. Está bien, tienen razón. Es que en otros sitios, un poco más remotos, estas fechas se viven de una forma más extrema.

Anchorage, con casi 400.000 habitantes, es la ciudad más grande del estado norteamericano de Alaska. Está ubicada a unos 600 kilómetros al sur del Círculo Polar Ártico (un poco más al norte que Oslo, Estocolmo, Helsinki y San Petersburgo), lo que significa que durante esta época tienen noches de apenas cuatro o cinco horas. En ocasiones, el reloj da las 12 campanadas de la medianoche y el sol aún brilla. Para celebrarlo, cada año organizan un torneo de rugby a siete: el Midnight Sun 7s Rugby Festival.


El evento lleva ya 23 ediciones, aunque este año debieron suspenderlo por la pandemia. Se juega en el Alaska Mountain Rugby Grounds, un campo de ensueño enclavado entre las montañas, rodeado de bosque y con un césped tan verde que parece sacado de una pintura impresionista, merodeado a veces por alces y osos en un verdadero encuentro entre el rugby y la naturaleza.
Allí, chicos y chicas se dan cita para vivir un fin de semana a lo grande de rugby, comida y fiesta. La federación local aprovecha para mostrar el deporte a un público no tan acostumbrado, a la vez que gente de otras partes del país y de Canadá, Australia y Nueva Zelanda se arma para vivir unas vacaciones ovaladas.

Este campo, el Alaska Mountain Rugby Grounds, tiene una historia especial. Primero fue un sueño, luego un boceto en una servilleta y, finalmente, una realidad. El autor intelectual es Justin Green, un hombre nacido y criado en Anchorage, pero educado en el Saint Lawrence College de Kent, Inglaterra. En sus años escolares era un crío revoltoso e incontrolable, hasta que se hizo cargo de la situación el director del colegio, Ian Gollop, quien fuera luego presidente vitalicio del Cardigan RFC del oeste galés.

Gracias a Mr. Gollop, el joven Justin conoció las bondades del deporte oval, especialmente todo lo que sucede fuera del campo, esas reglas no escritas. Ganó en disciplina y autocontrol y aprendió a encauzar su energía y empuje. Entendió también el valor del tercer tiempo y la enorme importancia del clubhouse en la vida de un equipo, como espacio donde la historia del club vive y se encuentra con el presente cada semana.




Por eso, cuando regresó a Alaska, vio el estado del rugby vernáculo, que constaba de dos equipos que apenas lograban juntar quince hombres y decidió intervenir. Nuestro viejo juego tiene mucho que ver con la idiosincrasia de Alaska: gente luchadora que pelea codo a codo contra las adversidades que les impone la dura naturaleza del lugar. Para Justin, sólo faltaba darlo a conocer.
 
En una ronda de cervezas con amigos, diseñó un campo en una servilleta, con instalaciones para acoger a delegaciones y maravillosas vistas a la montaña. Sus compañeros primero se rieron, pero él mantuvo su objetivo con tanta firmeza que terminaron sumándose. Primero, Justin fundó una empresa de demolición junto a sus amigos de rugby. Todos trabajaban a la par demoliendo y removiendo tierra que pudiera servir de relleno para el futuro terreno.

Una vez elegida la locación, un lugar de película rodeado de montañas y con vistas a la ciudad de Anchorage, comenzaron lentamente a rellenar, con las herramientas que tenían a mano. Siete años tardó la compañía de demolición en poder comprar la maquinaria necesaria para un trabajo más rápido y eficaz en el nuevo campo. Cuando estuvo nivelado el terreno, comenzó la construcción del clubhouse, en un principio con materiales sobrantes de las demoliciones.



“No hay sustituto para el trabajo duro”, dice Justin en el vídeo de World Rugby en el que relata la construcción del campo. “Sólo hay que agachar la cabeza y trabajar. Es el único camino para llegar al éxito”. Cinco años tardaron él y sus amigos en levantar las instalaciones, trabajando duro en la amigable pero corta temporada estival y aprovechando los inviernos para juntar fondos.

Finalmente, en 2013, el Alaska Mountain Rugby Grounds estuvo listo. “El campo de los sueños”, como lo llamaron. Rápidamente se convirtió en el epicentro del rugby alaskano. Allí se juegan varios partidos por fin de semana de la liga local y se transformó en el cuartel general de la Alaska Rugby Union, donde la historia puebla las paredes con camisetas y cuadros. Gracias a la difusión que permitieron las nuevas instalaciones, en dos años eran cuatrocientos los niños que se habían acercado por primera vez al deporte oval.


Esto no es lo único que tiene de especial este campo. Las líneas de pelota muerta, en lugar de ser rectas, ondulan siguiendo las irregularidades del terreno. Y, detrás de la zona de ensayo del lado sur, se encuentra un pequeño estanque de cristalina agua de montaña. Durante el Midnight Sun 7s, ese estanque forma parte del ingoal; por lo tanto, si un jugador se zambulle con la pelota será considerado un ensayo. Además, por cada uno de estos ensayos acuáticos, la organización dona diez dólares a la Alaska Rugby Foundation, entidad que se dedica a apoyar a deportistas en momentos difíciles.

Por la dureza del invierno, el rugby en Anchorage y sus alrededores se disputa de mayo a septiembre. Seis equipos masculinos y cuatro femeninos juegan rodeados de un paisaje que abruma por su belleza. Paisaje que espera pronto albergar el próximo anhelo de Justin Green: que los All Blacks jueguen un partido allí. Ya lleva un tiempo haciendo tratativas y seguramente lo logre, porque para los que sueñan en grande y trabajan duro, no hay imposibles.


https://www.revistah.org/planeta-oval/rugby-al-sol-de-medianoche

martes, 16 de junio de 2020

Todo ello cantando a ritmo de rap

Hace unos años, tenía una compañera de trabajo alta, de nariz redonda y ojos muy claros que se llamaba Daniela. No sé mucho más de ella porque si bien compartíamos piso, estábamos en sectores distintos. Alguna vez cruzamos un saludo de ascensor pero jamás hablamos.
Sin embargo, un día, de la nada, me imaginé que tendría una pésima relación con su padre. Un vínculo tenso, en el que ella sentía que nunca cumplía los estándares que él fijaba y lo decepcionaba continuamente. Veía a Daniela triste en un festejo de cumpleaños, llorando porque había hecho una torta para su papá y a él no le había gustado. La imaginaba dedicando sesiones enteras de terapia a este episodio y hundida cada vez más en su frustración por no poder complacer a ese tipo al que mi mente bautizó como Claudio.
Todo esto lo inventó mi cabeza, sin ningún elemento de la vida real que pudiese dispararlo. Simplemente me gusta inventar historias sobre la gente que conozco y también sobre la que no, por ejemplo en el transporte público.
Es muy probable que a vos, que estás leyendo esto, la primera vez que nos vimos te inventé una historia. No todas son tan bajoneras como la que le tocó a Daniela, eh. En algunas, mi fantasía convierte a alguien en un atleta juvenil que ganaba todas las medallas o en una viajera que vivió aventuras geniales alrededor del mundo.
¿Y vos? ¿De qué episodio imaginario me hiciste protagonista?

martes, 26 de mayo de 2020

Me revuelve las tripas

Hace poco, me invitaron a dar una charla a un colegio del que fui alumno. Creo que fue en concepto de "egresados exitosos". Ni me imagino cómo les fue a los demás, entonces.
Llegué medio sin saber qué decir y justo vi a Susana, la profesora de geografía. Eso me dio el pie para lo que quería decir:
"Susana, acá presente, nos enseñó algunas cosas sobre Bangladesh. Limita con India y Myanmar, es el octavo país más poblado del mundo, formó parte de Pakistán hasta 1971. Pero nunca nos habló de Salim.
"Salim vivía conmigo y trabajaba como lavaplatos en una pizzería en Italia. Venía de un pueblito al Sur de Bangladesh, un lugar con un nombre que nunca aprendí a escribir. Tampoco a pronunciar.
"Por la falta de laburo y oportunidades en su tierra, tuvo que ir a probar suerte a Europa. Trabajaba más de once horas por día, seis días por semana, por un puñado de euros que le alcanzaba para vivir y poder mandar un poco a su familia.
"Fumaba todo el día como una chimenea, pero el tabaco era su único vicio. Y mirar cada tanto un partido de cricket. Bangladesh es un país islámico así que no toman alcohol, aunque Salim, al no ser practicante, se permite un traguito cada tanto. Pero no está acostumbrado: una vez se juntó en casa con unos compatriotas a tomar una birra, y al rato estaba riéndose y chocándose los muebles. Lo mismo con el café, con media taza ya le temblaba la mano.
"Hablaba la lengua bangla de su país, el dialecto de su pueblo, un poco de italiano y otro poco de inglés. Nos costaba comunicarnos, pero cada tanto lo lográbamos y comíamos juntos el arroz de grano largo que preparaba con verduras y pescado o carne. Muuy picante. Todos los días el mismo menú: arroz con alguna otra cosa, que comía sin cubiertos. Directamente con la mano.
"Aunque vivía con la guita justa, siempre me ofrecía de su comida: 'Mangiare riso, mangiare'. Tuvo que aprender a cocinar a la fuerza, porque en su pueblo son las mujeres las que se encargan de eso, mientras los hombres trabajan. A sus treinta años, su familia veía mal que siguiera soltero, pero me contó que allá había una chica que lo esperaba para casarse.
"En su día a día, Salim debía lidiar con discriminación y maltrato. Que lo confundieran con un indio, que lo despreciaran por no hablar italiano, que no tuviera más opciones que lavar platos o vender chucherías en la calle. Sufrir el desarraigo y la soledad del inmigrante forzado, que es distinta a la de quien va a juntar kiwis a otro país para vivir una aventura.
"Con esto que les cuento no quiero atacar a Susana ni al resto de los docentes. Solamente quería recordarles que hay cosas que no se aprenden en el aula".

jueves, 16 de abril de 2020

El bajo posee una extensión vocal de más de dos octavas

Hace ya varios años, un amigo se encontró a Luis Alberto Spinetta en una estación de servicio. Lo único que se le ocurrió fue decirle "¡Grande, Flaco!". Y él le respondió: "Grande es lo que está por venir".
Siempre recuerdo la anécdota porque me parece, cuándo no tratándose de Spinetta, muy inusual. Y es que nunca miramos hacia adelante; tenemos la vista fijada en el espejo retrovisor. De este lado del Río de la Plata, nuestro pensamiento está muy atravesado por esa idea de que "todo tiempo pasado fue mejor".
Está presente en todo: la nostalgia a la época del "granero del mundo" (aunque la fiesta fuera la para unos pocos) y el gran país que pudimos ser y no fuimos. De los epítetos acerca de Buenos Aires, este es mi favorito: "La capital de un imperio que nunca existió".
Es que Buenos Aires es melancolía. La urbe europea que quiso ser y quedó ahí. Una ciudad que se mira desde la ventana de un bar, una tarde de lluvia, entre el humo del café y la discusión capaz de cambiar el mundo.
Esto también vive en el fútbol. Hablá con cualquiera que peine canas y te dirá "Pibe, equipos eran los de antes". Esa edad de oro en la década del 40 en la que éramos los recontra mejores de todos pero nunca se pudo demostrar porque no había mundiales... Y el Diego. No hay día en la vida de Messi en el que no lo comparen con Maradona.
Ah, y el tango. "Un pensamiento triste que se baila" (aunque Borges no estará de acuerdo)... Amén de lo que ya sabemos de sus letras y músicas melancólicas, también está anclado en el pasado: Gardel cada día canta mejor, pero ya no hay otro. Las canciones son siempre las mismas y no hay cantores nuevos.
Para redondear este desvarío que no va hacia ningún lado, he aquí una cita de lo que dice al respecto Juan Pablo Castel, en la pluma del Maestro de Santos Lugares: “En realidad, siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizá sea una forma de defensa de la especie humana. La frase 'todo tiempo pasado fue mejor' no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que —felizmente— la gente las echa en el olvido”.

jueves, 2 de abril de 2020

Your resume was not selected for the next round

Chewbacca
viejo y peludo
sos el amigo que todos deberíamos tener.
Siempre aguantando los trapos
y listo para cagarte a tiros con los Stormtroopers.
Pero a vos Chewbacca
nadie te pregunta cómo te sentís
ni cuáles son tus mambos.
¿Extrañás tu planeta?
¿Te preocupa el futuro?
¿Pusiste guita en Bitcoins?
Te convirtieron en un partenaire
para que Han Solo se luzca y quede como un duque.
Pero, ¿y vos?
Ningún nene quiere jugar a ser Chewbacca.
Y tampoco protagonizaste Avión presidencial ni Blade Runner.
Ser Chewbacca es como ser Robin o Luigi
pero con una nave zarpada.
Chewbacca Chewbacca
qué grande sos.
Vos también te merecés
un amigo como vos.

jueves, 26 de marzo de 2020

In diretta

Ya sé que pasaron diez años desde la última vez que nos vimos. Bueno; nueve años, diez meses y dieciocho días.
Pero todavía hoy, en cada subte, cada bondi, cada plaza y cada semáforo, miro a la cara a todas las personas con las que me cruzo, esperando encontrar ese oasis que para mí era tu sonrisa.
Ni sé qué fue de tu vida. Pero yo te sigo buscando.

jueves, 12 de marzo de 2020

Y renunció a sus acciones

Hoy cambié mi número de teléfono. Y cada vez que pasa eso, tengo un ritual que cumplir.
Todo comenzó a finales de los '90. El profesor Adolfo nos convocó a varios de la división a una prueba un martes a la noche, para conformar el representativo del colegio en nuestra categoría. En una institución con fuerte presencia futbolera, por donde había pasado uno de los mayores goleadores argentinos, ser parte de "la Selección" — así llamaban al equipo — era todo un privilegio.
Me presenté esa noche con mis ocho o nueve añitos y mis zapatillas blancas, porque no tenía botines. Era un defensor sin visión de juego aunque muy eficaz en espacios chicos, pero jamás había jugado en cancha de once. No sabía dónde pararme, ni cuándo correr, ni cuándo quedarme quieto, ni cuándo salir. Jugué primero para los de pechera y después Adolfo me cambió y me puso con el otro equipo. Creo que nunca terminé de entender qué estaba haciendo ahí.
Un par de días después, a través de mi amigo Nahuel, el profesor me mandó a decir que por el momento no fuera más, "pero que, ante cualquier cosa, él me llamaba".
Pasó un tiempito y no me llamó. Pero nunca me resigné. Es por eso que aún hoy, más de veinte años después, cada vez que cambio el número le aviso a Adolfo en caso de que me quiera convocar para la Selección.

miércoles, 11 de marzo de 2020

Quieres una manzana

Quizás alguna vez te cruzaste con la calle Carlos Calvo y pensaste que tenía que ver con Carlín, el actor.
Pero no.
Tampoco con Carlos el Calvo, emperador carolingio del siglo IX. Ni con Carlos Calvo Beristain, defensor mexicano que ahora juega en el Jamshedpur FC de India.
Es por Carlos Calvo, jurista, diplomático e historiador argentino. Es autor de la Doctrina Calvo, que establece que si te pasa algo en otro país, mejor que recurras a un tribunal local y no te pongas a hinchar los huevos en las embajadas con presiones diplomáticas y cosas así. Mucho menos con una invasión de las fuerzas armadas de tu país al territorio donde tuviste este problemita. ¿Entendiste, Estados Unidos?
Pero volvamos a Carlín. Al actor. El chabón se llama Carlos Calvo a secas. Para no tener el mismo nombre que una calle, por consejo del guionista Hugo Moser se agregó el nombre de su hermano mayor: Andrés.
Por eso, cada vez que veas el cartel de una calle, recordá cuántas giladas se pueden contar a través de su nombre.
¡Buen comienzo de semana!

viernes, 28 de febrero de 2020

Treinta

Tenía apenas meses, así que no vi por tele cuando cayó el Muro de Berlín. Y ni siquiera había nacido cuando el Diego levantó la copa. Entre mis primeros recuerdos están la guerra en Bosnia y haber visto Aladdín en el cine.

Hoy, las noticias hablan del coronavirus y en las salas están dando Parasite. Miro el resumen de la tarjeta. Me quedan seis cuotas de las últimas vacaciones pero ya tengo que empezar a planear las próximas, que voy a volver a pagar con guita que no tengo. Claro, si cada mes alcanza exactamente para el alquiler, comer, cargar la SUBE y alguna salida. Porque ahora, para existir, tenés que ir más o menos seguido a alguna cervecería y tener una opinión formada sobre cuatro o cinco variedades: que la ipa esto, que la scottish aquello. Si sobra un cachito de plata después de todo esto, se irá en un recital o un libro.

No trabajo de lo que estudié pero me gusta pensar que tiene alguna remota relación. Así que la mayor emoción de la semana es esperar la llegada del viernes. Al menos tengo el privilegio de no laburar los sábados ni los domingos. Ah, libertad. No sé para qué, igual. Quizás adelantar algunos capítulos de la serie en Netflix. O ver si consigo match en Tinder. Ir a algún lado en Uber. Si tengo paja de cocinar, pedir algo por Rappi. La tiranía de las apps. ¿De qué me sirve ahora todo lo que sabía sobre Windows 98? ¿Dónde quedó lo de "Ahora puede apagar el equipo"?

Perdón, paro un segundo para subir a Instagram una foto en la barbería, donde me acaban de hacer el corte de pelo reglamentario símil jugador de fútbol. Listo. Ah, no parezco tan feliz en la foto. Mejor otra más sonriente. Ahora sí. Esta va bien. Lo de la imagen es un tema serio, nuestra generación pasó por Fotolog, Facebook, Twitter, ahora Instagram... y preparensé para TikTok.

Afortunadamente hay un remedio para estas absurdas angustias: consumir. Muy de a poco estoy tratando de juntar para comprarme un auto. En un tiempo, desde luego, voy a cambiarlo por uno más grande. Y después otro más grande. Y todo así.

También hay espacio para socializar, eh. Siempre de la mano de gastar guita. Anoche fuimos en grupo a la casa de una pareja amiga. Abrimos un vino y elogiamos su calidad, aunque yo no entiendo nada y la única distinción que puedo hacer es entre tinto y blanco. Igual, dije que tenía buen cuerpo y todos coincidieron y celebraron la agudeza de mi comentario. Enseguida nos hicieron un petit tour por la casa y los felicitamos por su hermoso hogar, lleno de vinilos autoadhesivos en las paredes con frases sobre cómo ser felices, lograr las metas y esas cosas.

Uno de los pibes se manchó la camisa con salsa, pero el anfitrión le prestó una suya. Le pudo haber pasado a cualquiera, porque todos estábamos de camisa. La charla enseguida se fue a qué bien que le está yendo a Racing en este campeonato (¿volvió a aumentar el Pack Fútbol?) y los planes de tener hijos y Mercurio retrógrado y que CrossFit en tal gimnasio es más barato pero el profesor es medio medio.

El menú de la cena también incluyó palta, mix de semillas y dos veces la palabra "integral". No hubo postre pero tomamos café de cápsula mientras, en algún lugar del mundo, George Clooney se reía de nosotros. A pesar de todo fue una linda velada, creo.

Hoy es viernes y se supone que tengo que estar feliz. Qué presión, ¿no? A veces prefiero esperar a que llegue rápido el lunes y que todo vuelva a empezar.

viernes, 17 de enero de 2020

La mesa de entradas cerró, pa

A fines de la época republicana romana, el río Rubicón marcaba la frontera entre el territorio de Roma, al Sur, y la provincia de la Galia Cisalpina, al Norte. Esto implicaba que ningún general podía cruzarlo con sus ejércitos en dirección a la capital, para evitar golpes de estado y problemas militares internos.
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Cuando la República se encontraba a las puertas de la Segunda guerra civil, Cayo Julio César llegó con sus tropas a la orilla Norte del Rubicón. Sabía que si traspasaba la frontera se iba a armar quilombo y no habría marcha atrás. Pensó y pensó y tomó una decisión. Dijo "Ya fue, que se pudra todo", que en latín se dice "Alea iacta est". Hay quienes lo traducen mejor como "La suerte está echada" o "Los dados fueron lanzados".
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Cruzado el río, Julito venció a los conservadores liderados por Pompeyo e inauguró un gobierno autocrático. Pero esa es otra historia, al igual que sus batallas previas con Ásterix y sus encuentros con Cleopatra.
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La expresión "Cruzar el Rubicón" nos quedó para hablar de esa acción que nos lanza hacia algo con consecuencias irreversibles y donde sólo nos queda avanzar. Algo similar a "Quemar las naves".
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Hay gente que cruza el Rubicón alguna vez en su vida. Otros, lo atraviesan tantas veces que ya les hacen un carnet de viajeros frecuentes. Y hay quienes pasan todos sus años en la orilla, mirando hacia el otro lado haciéndose visera en los ojos con la mano, imaginando qué hay más allá. Pero nunca se atreven a cruzarlo.
¿Vos cuál sos?

miércoles, 15 de enero de 2020

Y lo sacó de la copa

Mi vecina se llama Teresa. Es chiquita y lleva sus 87 años de acá para allá muy despacito. El edificio no tiene ascensor, así que subir al primer piso le lleva unos veinte minutos. Jamás acepta ayuda. Ella puede. Lento, pero puede.
Su balcón es el más florido que vi en mi vida. Tiene flores de todos colores, algunas que nunca había visto. Unas amarillas con forma de pelota, unas rosas con pétalos largos, unas violetas que bailan suavemente con el viento.
Cada tarde, cuando cae el sol, Teresa sale con una regadera enorme y, con una paciencia todavía más grande, riega sus plantas. Me saluda y le pregunto por el nombre de alguna, pero nunca lo puedo retener. No importa si hace frío o cuarenta grados, ella siempre sale a cuidar sus flores.
Muchas veces me pregunto si es Teresa la que riega sus plantas, o sus plantas las que la riegan a ella.

jueves, 19 de diciembre de 2019

Cárcel

Aquel sol de abril apenas alcanzaba para entibiarme las mejillas. Mis palmas resecas por el frío buscaban refugio en los bolsillos sin mucho éxito, así que crucé Corrientes y entré a una librería. Un poco para pasar el tiempo, un poco para ver qué había y un poco porque sí.
Paseé entre las pilas de libros con la mirada perdida, metido en pensamientos intrascendentes.
Una voz caribeña me preguntó por la calle Paraná. Le indiqué, pero me quedé con la duda de por qué me preguntaba a mí, adentro de un local, cuando lo más común sería pedirle esa información a alguien que va caminando por la calle. Me gusta que en estas librerías nadie interrumpa estos meandros del pensamiento con un "¿Te puedo ayudar en algo?". Quiero entrar y divagar tranquilo.
Agarré al azar un libro, al mismo tiempo que una mano con uñas que ya habían perdido bastante de su esmalte negro. Cruzamos miradas.
– Me encanta Gramsci – dijo mientras sonreía y se le hacían los pocitos en los cachetes. Sus ojos color almendra resaltaban con el cuadrillé de su bufanda y parecían brillar con más intensidad.
– A mí también – mentí. Me sonaba de haber leído algo para la facultad, de apuntes fotocopiados de otros, pero no me acordaba de nada.
Pareció darle igual que yo hiciera agua en el tema Gramsci y siguió cálidamente la charla en medio del pasillo. Después de un rato de hablar, me preguntó:
– Tengo un rato largo hasta volver a cursar y está medio fresco, voy a tomar un café, ¿querés venir?
¿Quería ir? ¿Tenía ganas de salir con ella y que confirmara que no leí a Gramsci? Quizá no le molestara tanto eso. Pero sí vería que tenía enfrente a un bicho raro que va a las librerías de Corrientes a pensar y nunca compra nada.
¿Quería conocerla, vernos después, coger? ¿En su casa o en la mía? Por ahí vive medio lejos y es una paja volver. ¿Quería la ansiedad de esperar si se daba un segundo encuentro o si moría todo ahí?
¿Tenía ganas de pasar por todo eso? Quizá al final no me gusten tanto las mujeres.
Esa última reflexión abrió un nuevo e infinito abanico de preguntas. Necesitaba ir a otra librería a seguir pensando.
– No, gracias, hoy no puedo – le contesté de forma inexpresiva. – Ah, quedate vos con el libro.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

Una incomodidad horrible

Muy de vez en cuando, por no decir casi todos los días, se me viene a la mente algún jugador de fútbol de mi infancia o de mi adolescencia. No sé si soy el único al que le pasa. Se me aparecen en la cabeza, los recuerdo, me preguntó qué será de sus vidas.
Nunca entendí por qué, pero uno de los más frecuentes es Rubens Sambueza, aquel mediocampista de River. Quizá me llamó la atención en su momento su nombre de pila o, tal vez, mi mente lo asocia con otros recuerdos y por eso aparece tanto. No tengo idea. Pero cada tanto lo googleo para ver en qué anda, dónde está jugando, si le está yendo bien.
Hace poco, mientras leía sobre su presente, mi ego me preguntó: ¿Alguien hará esto con vos? ¿Alguien se acordará súbitamente de ese pibe que decía pelotudeces en el colegio, que escribía pelotudeces en internet, que hacía pelotudeces en el club? ¿Me googlearán o me stalkearán para ver en qué ando? ¿Qué pensarán de que uso neologismos cuando escribo?
¿Vos? ¿Creés que alguien te recuerde así espontáneamente? ¿Por qué?

domingo, 10 de noviembre de 2019

Lela

Cuando me iba de tu casa, me saludabas desde el balcón hasta que cruzaba la plaza. Me causaba gracia que, a tu pesar, te parecías a Evita.
Pero para mí fuiste más que Evita, porque era con vos que charlábamos hasta tarde en el balcón, eras vos la que roncaba en mi cuarto, eras vos la que me esperaba con milanesas.
Eras vos la que me llevaba de la mano por las calles de la infancia y me enseñaba cómo sonaban las letras cuando iban juntas. La de los mates extra dulces. La de los libros. La de "que te destapen la gaseosa adelante tuyo". La que se levantaba a cualquier hora a mirar tenis, la de Isabel Pantoja y del tango. La que curaba el ojeado y amasaba ñoquis en un toque.
Un día te fuiste. Estabas ahí, pero te habías ido. No te bancaste más a la tristeza, tu vieja compañera de vida, y decidiste olvidar.
Cuando medía apenas un metro te había prometido que cuando fueras vieja (parece ser que, para mí, todavía no lo eras) te iba a ayudar a cruzar la calle. No tuve muchas chances, porque tampoco quisiste caminar más.
Hasta que te fuiste en serio. Formalmente, digamos. Sin vos, Buenos Aires es más gris. Pero te tiene también en cada esquina, y por eso es mi ciudad favorita en el mundo.

viernes, 18 de octubre de 2019

Liberté

— El amor en los viajes tiene algo de la dialéctica del amo y el esclavo de Hegel. ¿Sabés de qué te hablo? — me preguntó, mientras me acariciaba la nuca con sus uñas desprolijas de tanto comérselas.

— No, explicame.

Me encantaba que me hablara de estas cosas. Nos habíamos conocido en uno de esos hostels roñosos que no se parecen en nada a las fotos que publican en internet, pero están cerca del centro y desde ahí podés llegar caminando a todos lados. Empezamos a hablar de casualidad, quejándonos de unas manchas raras en las sábanas, y la conversación fluyó como hacía tiempo no me pasaba. Yo no sé francés y ella no habla castellano, pero a los ponchazos nos hicimos entender y logramos conectarnos. Las conversaciones eran así: me hablaba de en qué posición era más conveniente cagar y al rato estaba citando a Camus.

— Bueno — prosiguió — es bastante más complejo pero te cuento la parte que tiene que ver con lo que te quiero decir. Hegel explica en este mito que cuando se encuentran dos mentes, se produce una batalla entre ellas. A muerte, eh. Una de las mentes le teme tanto a la muerte, que, antes que morirse, prefiere someterse a la otra como esclava. Mientras que la que queda como ama, no le teme a la muerte y valora más la libertad.

Creo que entendí. Más o menos. Pero no logro captar qué tiene que ver con el amor. ¿Está diciendo que el amor es esclavitud?

— No estoy diciendo que el amor sea esclavitud, eh — dijo inesperadamente, como si me leyera el pensamiento — El amor es libertad. Pero era para hacer una analogía con los viajes: si dos personas se enamoran en el camino, una de las dos está tan enganchada que cambia todos sus planes para seguir a la otra. Mientras que la otra jamás lo haría, porque no negociaría esa independencia.

Ah, ahora sí. Por ahí iba. Debe tener que ver con que en pocos días yo sigo para el Norte y ella se va rumbo al Sur. Trataba de no pensar demasiado en eso. No porque fuera un paladín del carpe diem sino porque quería postergar ese sabor amargo. Bueno, tarde. Ya la idea me había hecho un nudo en la garganta.

Pero esperá. ¿Por qué me dice esto? ¿Quiere que deje mis planes y la siga? ¿Ella me quiere seguir a mí?

— Porque no es como que uno viva en Colegiales y el otro en Caseros — siguió. En realidad en su ejemplo usó suburbios de París, pero como ni los conozco los traduzco a algo más vernáculo —. De verdad tenés que dejar "tus cosas", pero no te molesta ni lo sentís como una ofrenda ni una concesión, porque entendés que es para tu mayor felicidad.

Como durante toda esta charla, me quedé pensativo, mirando el suave andar del río, mientras su mano paseaba por mi cuello. Ya había fantaseado en algún momento con ir con ella al Sur. Si ella estuviera de acuerdo, claro. O preguntarle si quería venir conmigo. Algunas veces parecía ser muy liberal y otras una monógama bastante tradicional. Pero el sueño de mi vida siempre había sido ver una aurora boreal y tenía que seguir viaje si quería llegar a tiempo.

Ir al Sur con ella sin las luces del Norte, o sentarme sin ella a ver la aurora boreal. Ahora que la había conocido, ambas opciones me parecían insuficientes.

Finalmente decidí sacarme la duda:
— ¿Me estás preguntando si quiero ir con vos?
— No. Nunca te pediría eso. Y yo no cambiaría mis planes para ir al Norte con vos. No es nada en tu contra, eh. Simplemente... no sé. Pero hay otras cosas que quiero hacer primero.

Pocos días después, tras una despedida más emotiva de lo que esperaba, cada uno siguió su viaje. Llegué perfectamente a tiempo para la aurora boreal. En su momento me lo negué a mí mismo, pero hoy puedo aceptar que, cuando miraba solo esas luces de colores en el cielo, la extrañé.

Al tiempo, volvió a París y se casó. Hoy, cada vez que miro correr las aguas de un río, me pregunto qué habría pasado si me hubiera ido con ella.

martes, 24 de septiembre de 2019

Allegro assai

Hace poco encontré la conversación de MSN en la que preparaba el terreno para dejarte. Dejarte, sí, yo a vos, un cararrotismo que pica en punta entre mis mayores desaciertos.
En la letra comic sans que se usaba en ese tiempo, intentaba esbozar una explicación de por qué no aparecí ese jueves en el que nos íbamos a ver. "Jugaba a la pelota con los pibes", tecleaba sin ponerme colorado. "Los pibes"... Hoy lo leo y me da la sensación de que creía vivir en una publicidad de Quilmes, donde sólo importaban esos peculiares códigos de amistad y cualquier mínima señal de cuidado o interés por una piba ya te hacía merecedor del mote de pollerudo.
Con el diario del lunes, diría que fue para bien. Al poco tiempo conociste a alguien mejor, más luminoso, enérgico y talentoso, con quien lograste grandes cosas. Vos tenías fe en mí, veías un potencial y me alentabas a hacer, a crear. Claro, no sabías aún que estabas ante una sabandija oscura y miserable que prefería tomar birra y hablar a los gritos con otros muchachones, en vez de compartirla con vos y crear un universo juntos.
Te causaba gracia mi forma de reírme en el cine: en silencio, como para adentro. Mezquina, quizá. Egoísta. La tuya era radiante, estridente, contagiosa. Transmitía cosas. En ese detalle tan banal estaba la diferencia.
Y te dejé yo, con ínfulas de no sé qué.
En Luna de Avellaneda, el personaje de Eduardo Blanco le recrimina a Cristina, encarnada por Valeria Bertuccelli, que ella no se banca el amor. Y yo, ahí, parado en mi Riachuelo e inmerso mi podredumbre, tampoco me lo banqué.

domingo, 22 de septiembre de 2019

Maile, internacional por Facebook

Las lesiones llevaron al talonador de Tonga de reparar tejados y jugar en un club amateur a ser citado por la red social: primero debutó contra Nueva Zelanda y ahora está en la RWC.





Era un fin de semana de mediados de agosto y el habitual fresco se hacía presente en Christchurch. Pero en esa iglesia metodista de las afueras, las sonrisas convertían todo en calidez y alegría. No era para menos: uno de los suyos, el joven Siua Maile, acababa de ser convocado para enfrentar a los All Blacks con la camiseta de Tonga.

Maile, talonador de 22 años, llegó al país kiwi en 2013, con una beca deportiva para estudiar en la Timaru Boys High School. Allí, jugó dos años en el First XV del instituto, donde se destacó como uno de los mejores backs de los competitivos torneos escolares neozelandeses.

A pesar de eso, no dio el salto a la Mitre 10 Cup (en aquel momento se jugaba bajo la denominación de Air New Zealand Cup) y cuando egresó del colegio se mudó a Christchurch. Allí también viven su madre y su hermano, Ngase, con quien juega en el primer equipo del Shirley Rugby Club. Además, son compañeros de trabajo: ambos se ganan la vida reparando tejados.





Con sus 175 centímetros de estatura y 105 kilos de peso, Maile tiene otro desafío: la de talonador no es su posición natural. Primero en la escuela y luego en el club alternaba entre centro y flanker, para recién ponerse la camiseta con el 2 en la espalda hace un par de años.

Más allá de qué posición ocupase en el campo, hasta hace unas semanas su vida era sencilla: el trabajo, el rugby, la iglesia y la familia que hace pocos meses empezó a formar con Mele Vuka, su esposa. Pero, a casi tres mil kilómetros de su casa, se gestaba un cambio en su futuro: con el amistoso ante los All Blacks en el horizonte, a Tonga se le lesionaron los talonadores Paula Ngauamo (gemelo) y Sosefo Sakalia (costillas). Los entrenadores debieron salir a buscar opciones.

El head coach de Tonga es Toutai Kefu, el que fuera potente número ocho campeón del mundo con Australia en 1999, pero nacido en este pequeño país del Pacífico. Ante las bajas de sus primeras opciones como hookers, empezó a pedir referencias y un conocido en Canterbury le habló de las habilidades de evasión de aquel techista de Christchurch. “También es bueno pescando pelotas”, añadió. Entonces, lo contactaron por Facebook (sí, leyó bien) y lo citaron para reunirse con el equipo en el aeropuerto de Auckland, adonde llegarían para enfrentar a Nueva Zelanda en el último amistoso antes del Mundial.




“Sé que suena gracioso haberlo contactado por Facebook, pero así fue”, explicó entonces Dan Cron, entrenador asistente. “Él nos esperaba en el aeropuerto pero ninguno de nosotros lo conocía, sólo lo habíamos visto en fotos”. Aun así y pese a la singularidad de su convocatoria, Maile se hizo un lugar en el equipo titular.

Tras su primera cap ante los de negro, Siua Maile fue confirmado en el plantel mundialista y se ganó un puesto en el banquillo como suplente frente a Inglaterra. Pero ir a la gran cita ovalada ha implicado para él abandonar su trabajo: sin clavar tejados, no hay salario. Por eso su club, Shirley Vikings, ha pasado todas estas semanas previas al torneo japonés organizando sorteos, remates, quiz nights y lo que esté al alcance para darle una mano a su joven estrella. Además, la aerolínea de bandera neozelandesa aportó pasajes para que su familia pueda ir a verlo.

Claro que si tiene un buen desempeño en el Grupo C (que comparte con Inglaterra, Francia, Argentina y Estados Unidos), a Siua comenzarán a llegarle propuestas y contratos. Así que deberá estar atento, como siempre, a sus mensajes de Facebook.



https://www.revistah.org/japon-2019/maile-internacional-facebook/

martes, 17 de septiembre de 2019

Incondicional

Me encanta, pero usa mal el condicional.
No, pará. Al revés: usa mal el condicional, pero me encanta. Parece una obviedad decirlo, pero el verdadero encantamiento pasa fácilmente sobre el uso de un modo del verbo.

viernes, 9 de agosto de 2019

El dolor lejos de casa. Parte IV: Veinte mil kilómetros de piedras en la vesícula

El cirujano abrió los ojos con incredulidad cuando le expliqué que en Argentina podía operarme gratis. Convencido ya de que yo no estaba en condiciones de pagar la cirugía en ese lujoso hospital indonesio, me dijo que sí, que era posible, pero que debíamos dejar pasar unos días para que todo se desinflamara y ahí sí me daría luz verde para volar a casa.
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Me dieron el alta del hospital un martes y un turno con el doctor Adi el viernes para la decisión final. Me entregaron en comprimidos las mismas drogas que me estaban pasando por intravenosa. Un cóctel de tres o cuatro pastillas varias veces al día.
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Hago el esfuerzo, pero no puedo recordar qué hice durante esos cuatro días entre el alta y la última visita al cirujano para que me autorizara a viajar. Volvimos a un hostel, sí. Mi hermana tenía vuelo de regreso a Argentina para el jueves y yo no quería que lo cambiara. Ya demasiado heroico había sido todo lo hecho y ya bastante le había arruinado sus vacaciones, así que estuve con ella hasta que se fue. El último día, una amiga que de casualidad estaba por acá me vino a acompañar un rato en la espera. Lo único que recuerdo que hacía era salir a pasear o estar sentado, mientras trataba de hacer fuerza con mi mente para desinflamar la vesícula.
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Tal vez funcionó, porque el viernes el doctor Adi me firmó un papel donde me autorizaba a viajar y avalaba que subiera al avión con drogas como para un batallón. Saqué pasaje para el día siguiente pero no había tiempo para pedir comida especial, por ser demasiado sobre la hora. Así que tendría que sobrevivir a base de galletitas de agua las treinta horas de mi periplo entre el aeropuerto de Denpasar, en Bali, hasta Ezeiza, con escala de un rato en Dubai.
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Entre el sueño de los calmantes y las galletitas de agua, el vuelo pasó rapidísimo. Y me dejó la sensación de que a partir de ahí ningún recorrido en avión me parecería largo.
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Ya en Argentina, tenía que resolver la cuestión de la operación. Sin laburo ni obra social, la respuesta estaba en la salud pública, aunque sabía que era un interlocutor que podía tomarse un tiempo largo en contestar.
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Hasta que me acordé: mi amigo El cabezón está haciendo la residencia en un hospital de la ciudad. Le conté mi problema y rápidamente me puso en contacto con un cirujano amigo suyo, Pato. Él miró todos mis estudios, repetimos algunos y consideró que todavía no estaba en condiciones de operarme, porque todo seguía inflamado. A seguir esperando.
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Vendrían para mí largas semanas de comida sin grasas, pan y mucho, mucho mate. Mi viejo se puso el traje de cocinero y se mandó tremendos platos para que no padeciera la espera. De haber estado sólo en mis manos, habría vivido a arroz y fideos blancos.
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Por primera vez en años tomé té y me sentí el Mario Santos de esta década mientras degustaba mi Earl Grey. Moría por unos alfajores, café, birra, fiambre, chocolate... pero me la banqué y estuve concentrado al mil por ciento en comer bien y darle poco trabajo a mis vísceras.
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Un mes y medio después de mi regreso a Ezeiza, Pato me dijo que ya se podía operar. Para acortar los tiempos haríamos la operación por la guardia, aunque me dijo que si caía un herido de bala o arma blanca lo mío debía esperar.
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Parece que no hubo trifulcas violentas esa noche, así que fuimos al quirófano. A falta de batas, me llevaron a la primera cirugía de mi vida envuelto en una sábana, como si fuera un senador romano. Ya acostado en la mesa, me pusieron la máscara con la anestesia y me hicieron hacer una cuenta regresiva desde diez. Pensaba que eso pasaba sólo en las películas. Lo último que recuerdo es haber preguntado si me podía llevar la vesícula a mi casa. Ni idea cuál fue la respuesta, pero lo cierto es que al final no me la llevé.
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Un par de horas después ya estaba de nuevo en la habitación, que no estaba tan mal. Casi ni entraba chiflete por la ventana, que a falta de picaporte se mantenía cerrada con un cordón de zapatilla. Me tuve que quedar esa noche por las dudas, aunque quizá, más que por eso, fue porque no había ningún médico dando vueltas como para darme el alta.
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Al día siguiente volví a casa y, aunque enseguida me sacaron los puntos, estuve varias semanas a dieta y reincorporando muy de a poquito las grasas en mi vida. Esos primeros bocados de napolitana de El Cuartito tuvieron el sabor maravilloso que sólo puede darle una espera paciente, sabiendo que si hacía las cosas bien y me recuperaba correctamente iba a poder paladearla pronto una vez más.
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Honestamente, nunca tuve miedo por la operación, sino ansiedad por terminar con el asunto cuanto antes y poder pasar la página. Además, la alegría de haber zafado de pagar quince mil dólares en esta aventura a través de tres continentes y pasando muchísimo dolor. Ahora, mirando hacia atrás, me quedo pensando en que a veces tienen que pasarnos cosas así para descubrir lo lindo de estar en casa otra vez.

jueves, 8 de agosto de 2019

El dolor lejos de casa. Parte III: Los hospitales no son como en las series

Llegué a Jakarta sin un ápice de dolor. Ya era cosa del pasado. Unos días más de cuidarme y podría volver al desorden alimenticio de siempre. ¿Cómo? ¿No había aprendido nada de lo que pasó? Parecía que todavía no.
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Mientras esperaba a que llegara mi hermana, di unas vueltas por el aeropuerto. Caras nuevas, olores nuevos, sonidos nuevos. La aventura del viaje que continuaba. Me di cuenta de que ya pensaba otra vez en cuál sería el próximo destino, en lugar de tener como único horizonte pasar la noche sin dolor. ¿Qué vendría luego? ¿Malasia? ¿Singapur? ¿Vietnam? ¿En qué orden? Empezaba a calmarme.
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Mi hermana bajó del avión y nos dimos ese abrazo contenido durante un año. Después, todo fue normal: risas, peleas, burlas, más abrazos y mandarle selfies a mi viejo en cada lugar donde estuviéramos. Paseamos por la isla de Java y cruzamos a Bali, donde el entorno musulmán cambia y le deja su lugar al mundo hindú. Tras unos días en el Norte, bajamos a Kuta, esa especie de Gualeguaychú o Las Vegas donde la juventud australiana va a desenfrenarse un rato.
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Esa primera noche, de la nada, volvió el dolor. Bueno, no sé si de la nada: había comido algún que otro Jorgito, habíamos compartido una cerveza o dos. Nada de otro mundo, pero quizá debería haber esperado un poco más. No sé. Ya no importa.
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El dolor no era tan fuerte como había sido en Hong Kong cuando le pedí al inglés que me acompañara al hospital, pero se hacía sentir y necesitaba hacer algo. Ya tenía el seguro activado así que era momento de darle uso.
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Tenía un chip indonesio sólo con datos y no había forma de llamar a ese número internacional que te dan. Así que estuve cerca de cuarenta y cinco minutos comunicándome por Whatsapp con alguien que, desde Miami, gestionaba mi visita a un hospital en Kuta, a través de una proveedora de servicios médicos con sede en El Cairo. La globalización. Todo esto mientras seguía dando pequeños saltitos en cuclillas para mitigar el dolor y mi hermana preparaba las mochilas en caso de que tuviéramos que mover.
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Finalmente, mi nuevo amigo de Miami me confirmó que me estarían esperando en la guardia del Siloam Hospital. Pedimos un Grab, el Uber del sudeste asiático, y fuimos.
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Efectivamente me estaban esperando: tenían una hojita con mi nombre y los síntomas y enseguida arrancamos con los chequeos. El hospital era muy lujoso, pulcro y lleno de alta tecnología. Todo el personal hablaba en inglés. Rápidamente vi que no había pacientes locales, o sea que todo estaba montado para los turistas. ¿A dónde irían los balineses enfermos?
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Mis síntomas, además del fuerte dolor abdominal, se basaban en colores: ojos amarillos, pis naranja, caca blanca. Ciertamente mi hígado estaba acusando recibo de años de maltrato, pero necesitábamos saber más. Acá, con los nombres de las pruebas, tuve un repaso obligado por el inglés que aprendí mirando Dr. House y Grey's Anatomy. De alguna forma todo me sonaba familiar.
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Pero pronto descubrí las diferencias entre la realidad y la ficción. Cuando en esas series hacen una resonancia magnética, la escena dura un minuto y consiste en la charla de dos médicos sobre sus vidas personales mientras el paciente está adentro de un tubo. Acá, estuve encerrado poco más de una hora sin poder moverme mientras escaneaban mi abdomen en busca de qué era lo que andaba mal.
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Tras varios de esos análisis, llegó la respuesta. Colecistitis. En criollo: inflamación de la vesícula biliar. Para nosotros: piedras en la vesícula.
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- Te vamos a tener que internar para operarte y sacártela, no te preocupes, es una intervención re sencilla y de acá te vas caminando.
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La vesícula es un pequeño órgano junto al hígado que guarda la bilis que este produce, cosa de que esté lista para metabolizar las grasas que comemos. Si te la extraen, se puede vivir normalmente, pero es probable que un atracón de comida grasa te haga sentir una pesadez más fuerte que la normal.
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No estaba muy en condiciones de negarme a la cirugía, así que acepté mientras mi hermana, para completar el papeleo, esgrimía con valentía un inglés que ni ella tenía idea de que sabía.
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Casi al mismo tiempo llegaron nuevas noticias. Malas.
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- Hablamos con tu seguro médico y no se van a hacer cargo de la operación. Te dejo este papel con el precio de la cirugía, miralo y después nos decís si la hacemos o no.
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¿Cómo? Esperá. ¿Ese seguro médico que contraté desde Hong Kong, doblado en la cama de un hostel horrendo, para que me diera una mano cuando volviera el dolor, ahora me está dejando tirado en un hospital carísimo en Indonesia? Entré a la página, revisé la letra chica de la letra chica y ahí estaba. Hay un apartado de patologías no cubiertas por el seguro. ¿La primera de la lista? Colecistitis.
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Bueno, no se las iba a poder pelear mucho ahí. Miramos la cuenta, que estaba en rupias. Un montón de dígitos. Lo convertimos a dólares para poder entenderlo. Por las dudas repetimos el cálculo una, dos, tres veces. Pero el resultado seguía siendo inentendible: quince mil dólares.
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¿De dónde iba a sacar esa guita? Todos los destinos de viaje que venía maquinando morían en ese papel. Hice un listado mental de quince personas que podrían prestarme mil dólares. Una locura, ¿quién tiene esa suma ociosa a la espera de que un amigo, pariente (o en algunos casos poco más que conocido) necesite operarse en Indonesia?
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Les planteé que era imposible y que no tenía ese dinero. Me ofrecieron una alternativa más barata: en vez de la cirugía laparoscópica, poco invasiva y de rápida recuperación que me habían planteado en un comienzo, me propusieron abrirme el abdomen como un sapo al estilo vieja escuela, con una cicatriz inmensa y una recuperación lenta y dolorosa. Todo eso a sólo doce mil dólares. El panorama se ponía cada vez peor.
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Encima, el doctor Adi, el cirujano, repetía cada tanto la misma sentencia: "Hay que tomar una decisión rápido porque eso ahí es una bomba de tiempo".
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Hasta que se me prendió la lamparita y le pregunté:
- ¿Y si viajo a Argentina y me opero allá?