miércoles, 1 de diciembre de 2010

Nuestra identidad

María volvió feliz su a casa aquel caluroso mediodía de noviembre. Recorrió las once cuadras entre la escuela y su hogar con una sonrisa imborrable, brillante, que contagiaba a todos los que se cruzaban con ella. La felicidad se debía a que Adela, su querida maestra de su querido tercer grado, la había elegido para protagonizar el acto de fin de curso; interpretaría el papel de Argentina.

Apenas llegó, iba a contarle a su mamá la novedad. Pero recordó que la señorita les hizo prometer que no les dirían nada a los padres, ya que el acto sería una sorpresa. Además, cada alumno debía confeccionarse su disfraz sin ayuda, con lo que tuviera a mano.

Almorzó en silencio, aunque sin dejar de sonreír. Su madre atribuyó esa expresión a las papas fritas que había en el plato, por lo que no preguntó nada más allá del clásico "¿cómo te fue hoy?". Sólo obtuvo un "bien, re bien" como respuesta.

Cuando terminó de comer, y luego de ayudar a su mamá a juntar la mesa, María corrió a su habitación y abrió el placard. Seleccionó la ropa que utilizaría en el acto, la dobló prolijamente y la guardó bajo la cama, en una bolsa. Si bien faltaban quince días para la fiesta, quería estar preparada con antelación.

Una semana antes del cierre del año lectivo, durante un ensayo, la señorita Adela les preguntó a sus alumnos, uno por uno, cómo iban con la cuestión de los disfraces. San Martín y sus granaderos dijeron estar listos. Belgrano sólo necesitaba conseguir las botas. Sarmiento, por su parte, no sabía cómo representar la calvicie.

¿Y María? La maestra le preguntó dos veces si ya tenía todo preparado, porque sería la protagonista del acto y debía estar impecable. Después de todo, representaría nada más y nada menos que a la Argentina, al país entero.

La pequeña, con sus trenzas rubias radiantes y su sonrisa blanca y encantadora, le contestó las dos veces que sí, que estaba todo listo, y sin ayuda de nadie. Estaba más que entusiasmada con el papel que le había tocado.

Finalmente, llegó el gran día. Para que su mamá no viera el disfraz, María se puso una campera larga. No importaba el calor que hacía; quería conservar el manto de sorpresa del acto para el que tanto habían practicado.

Entró a la escuela de la mano de su madre, y vio que todos sus compañeritos habían tenido la misma idea. Pese a que el sol pegaba fuerte y hacía quejarse a las chapas del techo del gimnasio, todos los chicos estaban con sus abrigos, ocultando los disfraces de los ojos de los padres.

La maestra llamó a los alumnos de tercero detrás del telón, para que dejen sus camperas y se preparen para el acto. En cuanto vio lo que tenía puesto María, la tomó del brazo y la alejó del grupo. La pequeña estaba extrañada, tanto que no atinó a hacer nada más que caminar. La señorita Adela la reprendió fuertemente, diciéndole que en su último año como docente no iba a tolerar que una mocosa le tomara el pelo de esa manera, delante de toda la gente, y la echó del lugar. Sería reemplazada en el papel por Camila, esa chica petisita que no le caía bien a nadie.

María sólo atinó a correr hasta su casa, con los ojos empapados en lágrimas, y se encerró en su cuarto a llorar. A un lado de la cama, dejó la vincha de plumas, y la túnica multicolor.

¿Qué pasaba? ¿Acaso era la única que creía que la Argentina era de los aborígenes?

lunes, 22 de noviembre de 2010

Óxido de yeso

Un día, más temprano que tarde, el 0,1% de gérmenes y bacterias que no es ultimado por los desinfectantes se levantará en armas y nos destruirá, en venganza por sus compañeros muertos.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Ese puntito del medio

Probablemente seas de aquellas personas que creen que la Goma Eva tiene alguna relación con la señora María Eva Duarte de Perón.
No es algo descabellado: su fundación podría haber donado los galpones o las máquinas para comenzar a fabricar ese material en la argentina, el ultrapersonalismo reinante la llamó Goma Eva, a partir de 1955 le podrían haber cambiado el nombre a Goma Isaac Rojas para luego volver a su nombre original años más tarde, probablemente en el '83.
Bueno, no. Nada de eso.
EVA son las siglas en inglés de Etileno acetato de vinilo (Ethylene Vinyl Acetate), un material para nada nacional y popular creado en el exterior; un frío y vulgar termoplástico.
Muchas veces, la fantasía es mejor que la realidad.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Salacachussets

Creo que de tanto ir a los chinos, estoy mejorando mi comunicación con ellos en su extraño lenguaje híbrido.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Sonriendo y de pie

Supuesto:
Tenés que ir a la casa de tu abuela, y decidís ir en bondi. El noble transporte público te deja en la misma calle, pero no en la puerta: la casa de la nona queda en medio de dos paradas. Entonces, en cualquiera de las dos que te bajes, vas a caminar una cuadra.
Pregunta:
¿Te bajás una cuadra antes de llegar a la casa de tu abuela, o una cuadra después?

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Contigo pan y cebolla

Estamos aquí para rescatar del olvido a alguien muy especial. A alguien a quien todos conocemos, pero pocos saben su nombre. Alguien que desde nuestra más tierna infancia forma parte de nuestras vidas, ya que a través de la pantalla chica ha iluminado nuestros corazones con su desgarbado porte y su fiero tesón.
Sí, estamos hablando de Emilio Bardi.



Seguro no tenías idea de su nombre, y te referías a él como "ese que siempre actúa de chorro en Telefé". Y no sos el único, no. Porque el pobre Emilio, ya de 50 años, ha sufrido la misma estigmatización que sufriera alguna vez Adam West, y tantos otros: quedó pegado al papel de marginal, de tipo del hampa, y siempre se lo llama para eso. Nunca va a interpretar al Rey Jorge VI de Inglaterra; va a ser un ladrón de bancos, el amigo de Monzón, el padre ausente de algún niño, un policía corrupto o un barrendero.
Por eso le rendimos este pequeño pero sentido homenaje. Y cada vez que estés reunido con tus amigos, alzando las copas y riendoté de nimiedades, acordate de él. Acordate, y realizá un brindis por Emilio Bardi. El actor olvidado.

domingo, 31 de octubre de 2010

Última parada

Érase una vez un niño que vivía en un autobús. Claro, qué extraño, en un autobús. Para no parecer un boludo que habla como en los dibujitos, vamos a cambiar "autobús" por "bondi". Retomando, el niño vivía en un bondi, no porque no tuviera casa sino porque su casa era el bondi, allí había nacido y permanecido toooda su vida.

El niño, que según su DNI se llamaba Ernesto, almorzaba los alfajores Guaymallén que te dan en los viajes de larga distancia, por lo que nunca en su vida conoció el verdadero dulce de leche; salvo cuando una señora que viajaba de Chascomús hasta la escala en Ciudadela se olvidó un Tupperware® lleno de dulce de leche artesanal que preparaba su tía. Recién ahí conoció aquel delicioso manjar, que le pareció mucho más copado que los sanguchitos de miga que solía cenar, o el constante olor a orines del baño, que según la leyenda popular vacía el depósito de su inodoro con cada cruce al Riachuelo.

Ernesto solía divertirse contando las rayitas blancas de la ruta, y al cabo de algunos años logró obtener con precisión la cantidad exacta, 45235 de Mar del Plata a Buenos Aires, 39485 de Buenos Aires a Rosario y 768457 de Ushuahia a La Quiaca. Pero lo que más le gustaba a Ernestito era cuando el bondi paraba en alguna terminal, ver el ajetreo, la gente apurada que iba de aquí para allá desesperada por llegar a tiempo, la familia que saluda con una gran sonrisa a la abuela que se vuelve al pueblito (mientras no dejan de pensar "por fin se va esta vieja hinchapelotas"), los grupitos de amigos que se van de joda a otro lugar para salir de la rutina, y los típicos borrachos que se pasan la vida sentados en la barra de los bares de terminal, comparando al River del '86 con el de ahora o criticando la dictadura de Onganía.

A pesar de estar maravillado por el mundo que había del otro lado de las ventanillas, Ernesto tenía un gran miedo a bajarse del bondi, ya que el inherente temor del ser humano a lo desconocido lo paralizaba cada vez que intentaba cruzar la angosta puerta. Se sentía tan seguro, tan cálido, tan contenido por sus asientos con tapizados azul y gris y el continuo gemir del motor, que le resultaba algo imposible salir de allí.

Hasta que un día, cuando el bondi se dirigía a Villa Celina, Ernesto decidió que era momento de abandonar el ómnibus y de una vez por todas formar parte del mundo real, el mundo de afuera. A cada metro que el bondi se acercaba a la terminal, la emoción de Ernesto aumentaba con una proporción de quince mil a uno. Los demás pasajeros ya empezaban a estirar sus piernas, a agarrar sus bolsos, a saborear la comida con la que serían recibidos en sus casas, y a Ernestito, sólo a él, le temblaban las piernas como si estuvieran hechas de una extraña mezcla de gelatina y flan que parecía que nunca iba a detenerse. De pronto, el micro entró a la terminal, y el niño sintió una comezón en el estómago. Esperó a que el micro se detuviera en la plataforma 27, se levantó de su asiento y se pegó a la espalda de una señora bastante gorda que bajaba dificultosamente la escalera llevando un bolso de mano que rebalsaba de ropa.

Y por fin, estuvo afuera. Respiró aire puro por primera vez en su vida, sintió la brisa chocando su cara, y fue parte del mundo de la terminal que veía por la ventanilla, de la gente que hablaba ruidosamente y miraba el reloj a cada momento.

De repente, oyó un ruido que le resultó familiar. Miró hacia atrás, y vio sin tiempo de reaccionar las enceguecientes luces del colectivo que lo estaba atropellando, mientras el descuidado conductor se peinaba mirandosé en el espejo.

Con esta paradoja concluyó la vida de Ernesto, siempre girando en torno a los bondis.



martes, 26 de octubre de 2010

Están charlando, Paso



Decidido a tomar el toro por las astas (ver aquí), implementé un importante despliegue logístico a fin de rescatar al pájaro, a quien cariñosamente llamé Richard.
El material audiovisual que registra el desarrollo del operativo se encuentra de costado, empleando un recurso que popularizó el director polaco Nicola Diakow, célebre integrante de la Escuela de Gdansk. Quizá el final sea distinto a lo esperado, pero documenta de cerca, con emoción y sin golpes bajos, la dura tarea del rescatista ornitológico.
Para no perdérselo.

Por mencionar sólo algunos

Aún llevo en la memoria aquella feroz sesión de testosterona en que las hormonas formaron parte del bello arte del beso al cuello le puso el sello que aquella noche después del coche todo iba ser fenomenal.

lunes, 25 de octubre de 2010

O juremos con gloria morir

No soy afecto a eso de escribir las vivencias personales en la web, pero me hallo en medio de un tremendo problema y no quería dejar pasar la oportunidad de escribirlo para ver si, de alguna manera, todo se soluciona.
Resulta que en su última visita, el gasista olvidó colocar esa chimeneíta metálica en el tiraje de la estufa. Es decir, que quedó un agujero redondo en la pared comunicando el interior de la estufa, lleno de gases nocivos, con el exterior.
A través de ese agujero, por las vueltas de la vida, se metió un pajarillo. Y no por nada hay quienes dicen que tal o cual es "más boludo que los pajaritos": el animal quedó atrapado dentro de la estufa.
Durante todo el día se oye el ruido de sus patitas golpeando el metal, en una experiencia aburrida, encerrado ahí sin televisión ni heladera con birra.
Ya probé con introducir un palo desde la parte externa, para ver si logro hacer que salga. Fue inútil. También intenté golpear la estufa, a fin de que el susto lo impulsara a volar hacia afuera, pero tampoco funcionó.
¿Qué carajos hago? Dejarlo morir ahí significaría después bancarse un fétido olor a pajarito muerto en el comedor. Prender la estufa y calcinarlo sería bastante cruel (aunque más que la crueldad, me preocupa más que también llenaría todo de olor a pajarito quemado).
La solución parecería ser desarmar la estufa y permitir la salida de la pequeña ave, que escrito así parece que fuera un colega o un familiar. Pero él, vos y yo sabemos que eso es una paja.
Habrá que aguardar a que desarrolle su inteligencia y logre salir de allí mediante un astuto plan, o mudarme rápido y, parafraseando a Gustavo Garzón, "que sea problema de los próximos inquilinos".

lunes, 18 de octubre de 2010

Baila conmigo

Seguramente hayan oído esa noticia acerca de la mujer golpeada en el subte en Roma, que quedó tirada en el piso, muerta, mientras la gente pasaba y la miraba con indiferencia:



Aquí es cuando caen aquellas inútiles premisas que colocan a los pueblos europeos por encima nuestro, como poseedores de la civilización, y a nosotros como porquerías del subdesarrollo.
No, no. Nuestros países son productos de su accionar: no podemos ser mejores, ni peores que ellos. Somos la misma inmundicia. Tanto nosotros como ellos nos damos el lujo de discriminar, de ofender, de despreciar, y, lo que suele ser peor, de olvidarse del otro.



Qué le vamo a hacer: es cultural.

viernes, 8 de octubre de 2010

Unidos o dominados

Huguito se había tomado todo el whisky la noche anterior. Estaba reventado: como no podía ni pedirse un taxi, se quedó a dormir en lo de su amigo Ernesto, que le armó la cama del sofá. Se acostó mal, y se levantó peor. La cabeza le daba vueltas y vueltas, y aunque Ernesto le ofreció un café, sabía que nada lo calmaría.
Decidió irse, ya que eran las cinco de la tarde. Se peinó un poco, se puso la campera y salió, a paso cansino, rumbo a la estación de tren.
El canto de los pajaritos cantando en los árboles lo atormentaba. Pasaron dos o tres autos, que por el ruido que le retumbó en la cabeza le parecieron tres mil. Fueron las seis cuadras más largas de su vida.
Cuando llegó a la estación, el tren apenas había llegado, y en breve emprendería el regreso a Retiro. La gente comenzaba a bajarse, amontonada, en aquella que era la última parada.
Huguito empezó a caminar por el andén a contramano de la multitud, para sentarse tranquilo en el primer vagón. Iba con la cabeza gacha, los ojos entrecerrados, concentrado en mantener a raya la tremenda jaqueca que lo volvía loco.
Dos gordos que iban casi corriendo en dirección opuesta lo chocaron, apenas, con los hombros. El movimiento hizo que Huguito sintiera que el cerebro se le sacudía adentro de la cabeza, como una palmera movida por el viento. No veía la hora de que ese andén eterno terminase y poder sentarse apaciblemente.
Estaba por llegar cuando se topó, sin querer, con una señora ciega, que iba de la mano de una joven de aspecto desagradable y malhumorado.
Hubo una pequeña colisión con la mujer, imperceptible, pero que provocó el enojo de la jovencita, que para demostrar que lo suyo no era sólo una cuestión de imagen, le replicó con irritación:
- ¡¿No ves que tiene bastón?!
Huguito levantó la cabeza, y con los ojos aún entrecerrados, le contestó sin levantar la voz:
- ¿No ves que tengo resaca?

lunes, 4 de octubre de 2010

El tren no pasó aquella tarde

En una de mis tantas tardes de nada sentado en un banco mirando cosas, noté que los muchachos que manejan los camiones de caudales son grandes, muy grandes, cuasi patovicas. ¿Para qué necesitan ser tan grosos, teniendo una semiautomática 9 mm reglamentaria?
La pluma es más poderosa que la espada... por eso inventaron la ametralladora.

domingo, 3 de octubre de 2010

Lo mejor para vos

Recuerdo con nostalgia aquellos días en que siempre tenía algo que decir por este medio.

jueves, 30 de septiembre de 2010

La tercera posición

Cuando Roberto Arlt oyó decir por televisión a Mauricio Macri que tenía intenciones de pelear en la interna del peronismo, echó una larga carcajada, y enseguida supo sobre qué iba a escribir su aguafuerte para la revista Barcelona.
Al día siguiente, el General Perón compró esa publicación en un quiosco de revistas sobre Avenida del Libertador, mientras sacaba a pasear a uno de sus caniches. Pasó por una panadería cercana, pidió una docena de facturas, y volvió a su casa. Barcelona era el único material de lectura que compraba; se había acostumbrado a leer diarios y libros por internet.
Se indignó muchísimo cuando leyó el artículo de Arlt. No es que se hubiera molestado con la prosa ácida y aguda del escritor. De hecho, le causó gracia la forma en que caracterizaba a todos los personajes del peronismo, actuales y antiguos. Pero lo que irritó al General fue darse cuenta de la enorme cantidad de políticos que se decían peronistas, cuando en realidad estaban en las antípodas de su pensamiento.
Tras pensar unos segundos, llamó a su secretario.
- ¡Lopecito! Tráigame mi agenda. Empecemos a mover las fichas, que voy a presentar mi candidatura presidencial para 2011.
López Rega, su asistente desde hacía décadas, no pudo evitar fruncir el entrecejo. ¿Perón, a elecciones? Aunque seguía siendo influyente en el movimiento, el anciano líder se había alejado tiempo atrás de los cargos públicos. ¿Qué estaría tramando? Se dio cuenta que no conocía a su Jefe tanto como creía hacerlo. Siempre lo sorprendía con algo.
Cuando López Rega le alcanzó la agenda, Perón comenzó a recorrerla con la vista, lentamente, pensativo.
- Necesito un buen vicepresidente para refundar el peronismo, alguien con quien tenga afinidad, con experiencia, pero que no tenga una imagen pública desgastada... - reflexionó en voz alta.
- General, no creo que exista nadie así. – opinó su secretario.
- ¡Ya sé! Alcánceme el teléfono, voy a llamar a Rosas. Ojalá estuviera vivo San Martín, seríamos un trío imparable.
- Mmm, ¿le parece? Hace años que Rosas vive en Inglaterra, no puede ser candidato a vice... además no creo que quiera ser segundo de nadie, vio que siempre quiere ser el que manda.
- Lopecito, no se hable más. Lo llamo, le pregunto y vemos.
Acto seguido, tomó el teléfono y marcó el largo número.
- Hola, ¿Juan Manuel? Le habla Perón.
- Ah, ¿qué hacés Pocho, tanto tiempo? – se escuchó del otro lado. Rosas era de las pocas personas que tuteaban al General.
- Bien, bien, renegando. Mire, don Rosas, lo llamo porque estoy reorganizando el movimiento, hay que depurarlo un poco, y planeo presentarme a las presidenciales del año que viene.
- Mirá qué interesante. ¿Y qué pasa? ¿Necesitás ayuda?
- Bueno, justamente le quería ofrecer la vicepresidencia.
- ¡Epa! Sería interesante volver a la patria querida. Pero hace añares que no vivo en Argentina, acordate que esa dichosa Constitución no me va a dejar ser candidato.
- Eso se arregla fácil, no hay problema, lo han hecho tantos ya. ¿Cuento con usted para un nuevo gobierno nacional y popular?
- Sí, bueno. Pero esperá. Te propongo algunas reformas. Podemos llevar la capital a otro lado, y que toda la renta del puerto quede en Buenos Aires, ¿te parece?
- Es una locura Rosas, ¿qué dice? Nos van a matar. – replicó Perón, asustado.
- Pocho, es la oportunidad de que la capital esté de tu lado, ¿qué esperás? Siempre hay que dividir todo entre las provincias, que reclaman y reclaman pero no aportan nada. Dale.
- No, Rosas, mire. Olvídese. No fue buena idea esto. – dijo Perón rápidamente. Y cortó.
El curioso llamado dejó pensando al ex gobernador de Buenos Aires. Tal vez sería un buen momento para abandonar el largo exilio y volver a la vida política argentina.
Al día siguiente, todos los canales transmitieron el arribo de Don Juan Manuel de Rosas, el Restaurador, al aeropuerto de Ezeiza. Allí manifestó su intención de revivir al viejo Partido Federal, y presentarse como candidato a presidente. Perón observó atónito todo esto, y decidió no perder tiempo en su nueva empresa.
Fiel a su estilo maniqueo, decidió convocar como acompañante de fórmula a un hombre del interior, para contraponerlo al extremo “porteñismo” manifestado por Rosas. Quizá el Restaurador ganaría en la capital, pero él debía triunfar en las provincias.
Para ello, reunió en el living de su casa de Gaspar Campos a las principales figuras del peronismo nacional, kirchneristas y opositoras, y les comunicó su intención de ser presidente de nuevo. Todos se miraban de reojo, sorprendidos, pero ninguno se atrevía a decir nada. ¿Quién iba a osar rechazar semejante idea de Perón y enfrentarse con él en internas? Así, todos aceptaron la candidatura del líder, algunos de más mala gana que otros.
El nuevo candidato del Partido Justicialista aprovechó la reunión para presentarles a su compañero de fórmula. Nuevamente, los asistentes se miraron entre ellos, asombrados y enojados por no haber sido elegidos. Tras explicar su estrategia de obtener votos en el interior, hizo pasar a la sala a José Luis Rodríguez, su vice, ante los rostros atónitos de los viejos dirigentes.
Rodríguez era el intendente de Santa Isabel, un pequeño pueblito perdido en el medio de La Pampa, rodeado de verdes campos que se extendían más allá del horizonte. Hombre sencillo y de pocas palabras, conocía los secretos de la vida rural y constituía la carta de Perón para conquistar los votos del interior.
Mientras tanto, Rosas también buscaba quien lo acompañe en su fórmula. Decidido a explotar el prestigio de viejos próceres, convocó a Mariano Moreno, quien se vio atraído por la política de centralizar aún más el poder en Buenos Aires. Tenían diferencias en cuestiones referidas a las libertades individuales, que Moreno defendía a muerte, y el catolicismo de Rosas chocaba con el laicismo de su socio.
Sin embargo, siguieron adelante, y la dupla tuvo gran éxito en las encuestas de intención de voto en la ciudad y algunas zonas del conurbano, mientras que en el interior dominaba el tándem Perón - Rodríguez.
Una vez oficializadas las candidaturas, las campañas comenzaron a toda marcha. Los dos principales contendientes, Rosas y Perón, el Restaurador y el General, inundaban el país con propaganda y promesas.
Rosas proponía la devolución de la renta aduanera a Buenos Aires, mejorar el ejército, reforzar la seguridad interna y romper relaciones con las potencias Europeas.
Perón, por su parte, promovía la nacionalización de los servicios (en especial de los ferrocarriles), la reactivación de la industria y la asistencia a los sectores más desprotegidos de la sociedad.
"Rosas para la Rosada", rezaban los afiches rosistas. "Rosas o Celestes y Blancos", se leía en los peronistas.
Durante la disputa, Roberto Arlt se divertía horrores escribiendo sobre los parecidos y diferencias entre Perón y Rosas, y sobre lo que consideraba peor que los nuevos políticos: los viejos.
Los candidatos se chicaneaban constantemente por televisión. Antes de concluir la campaña, Mirtha Legrand invitó a su programa a ambas fórmulas, que accedieron pese a ser líderes populares y no encajar en el ideal de "la diva de los almuerzos".
La charla en la mesa fue respetuosa y amena; la personalidad campechana de Rodríguez, el vice de Perón, cautivaron a la anfitriona y a la audiencia, mientras que del otro lado se evidenciaban las diferencias entre Moreno y Rosas. Parecía que la balanza se inclinaba para el lado del General.
Sin embargo, mientras tomaban el café en el living antes de finalizar el programa, Perón prendió fuego un billete de 20 pesos, a modo de provocación. Rosas se enojó y hubo un fuerte cruce de palabras y algunos empujones, pero la cuestión no pasó a mayores, gracias a la mediación pacífica de Mirtha. Pero los analistas políticos estaban desconcertados: no sabían cómo iba a afectar lo acontecido a la imagen de los candidatos.
Finalmente, llegó el domingo de las elecciones. Los comicios se llevaron adelante con tranquilidad, sin disturbios. Desde temprano, todos los medios estaban presentes en los búnkers de los candidatos, a la vez que elucubraban posibles escenarios utilizando los típicos eufemismos para no mencionar a nadie.
No obstante, a medida que avanzaba el día, las encuestas de boca de urna daban resultados insospechados. Parecía que ni Rosas ni Perón eran los triunfadores; apenas habían arañado un 20% cada uno. Los rostros de desasosiego se multiplicaban en los refugios partidarios. Nadie podía creer que después de tal despliegue, ninguno de los dos ganara.
En el ambiente político imperaba el nerviosismo. ¿Qué modelo de país vendría a continuación? ¿Habría alguien capaz de solucionar los conflictos?
Al otro día, finalmente, se conoció el resultado oficial. Había ganado un hombre sin experiencia en política, pero con gran capacidad de administración y llegada en la gente, tanto del interior como de Capital; algo que los dos contendientes principales no habían sabido aunar.
El nuevo Presidente de la República sería el candidato del Partido Bolivariano: Marcelo Hugo Tinelli.

martes, 28 de septiembre de 2010

Al final él no había sido



¡La tienen adentro, libros de autoayuda!

sábado, 25 de septiembre de 2010

Irreversible y níveo a la vez

Me parece muy, muy pelotuda la gente que anda en bicicleta por la vereda.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Buena alimentación, poco correr

Transcripción de mis pensamientos durante un viaje en bondi, Línea 338 (TALP), La Plata, el lunes pasado a las 7:20.

Sí, son las 7.20 AM. Sueño y paja. Encima, el bondi va lleno, llenísimo; si no me siento ya, los meniscos se me van a deshacer. Observo alrededor, y veo un pequeño faro de esperanza en medio de tanta nebulosa desolada y solitaria: sentado cerca hay un preadolescente pecoso con el uniforme del Colegio San Luis.
No es un dato menor, no. Estamos a sólo diez cuadras de esa institución educativa. Esto significa que lo único que debo hacer es pararme al lado suyo, hacerme olímpicamente el pelotudo, mirar para otro lado, y cuando se levante para bajarse en la puerta de la escuela, ¡zas! el asiento será mío.
Me acerco despacio, empujando a la gente que se apretuja como si el objetivo de su vida fuera no dejarme pasar. Qué tipos rompebolas, ¿por qué no se corren? Temo perder mi preciada presa, el asiento. Lo peor sería que juusto suba una vieja y tenga que darseló. Pero no, a esta hora de la mañana, las viejas duermen.
Listo, ya llegué a la posición deseada. El pequeño colegial, justo mi lado, mira la hora, quizá preocupado por llegar tarde. Llegar tarde no es problema nene, hay cosas peores. Como viajar parado, por ejemplo. Pero eso ya dejará de ser tema mío. El asiento me espera.
Ya estamos a cuatro cuadras. Dale querido, andá agarrando la mochila, aprestate a bajar, sacate el último moco y parate. ¿Qué ironía, no? Levantarse para después bajar. Bueno, pero no. No es momento de pensar esas cosas. Lo único que importa ahora es apoyarse en el asiento, y descansar. El plan es perfecto. El pendejo se baja, yo soy el más cercano al lugar vacío que deja, me siento y desde ahí gozo a todos los demás bolonios que siguen parados.
Carajo, paramos en un semáforo. Basta de suspenso loco, estamos a dos cuadras del colegio, no me hagan esto. Se está convirtiendo en el viaje más largo de mi vida. Dale dale, ya está en verde, seguí. Creo que ya tendrías que levantarte nene, estamos acá nomás. ¡Levantate carajo! Mmm, el niño no hace caso a mis pensamientos. ¿Debería decirle algo? Tal vez no se orienta bien, y mi intervención sería de ayuda.
Acabamos de pasar enfrente del Colegio San Luis, y el párvulo sigue sentado. Algo no anda bien. De todos modos, que no panda el cúnico: quizá hoy tiene educación física y cursa en otro lado. ¿Pero dónde? ¿Me conviene seguir acá al lado esperando que deje el asiento vacío? ¿O me voy a terminar bajando antes? Pucha, qué dilemas surgen en el bondi eh.
Ya a dos cuadras de la escuela el niño coge su celular, escribe un mensaje de texto y sonríe maliciosamente. De repente, recibo una revelación, y comprendo qué pasa.
¡Se rateó! ¡El hijo de mil puta se rateó! Vil alimaña, está bien que haya engañado a sus padres, ¿pero a mí? ¿a mí, un inocente pasajero del bondi que solamente esperaba a que se baje para ocupar su asiento? ¿con qué derecho? ¿acaso le he hecho algún mal al mundo? ¿tanto me odia la comunidad marista? ¿es por ese viaje que hice a Macchu Picchu? ¿se escribe así "Macchu Picchu"?
Son muchos interrogantes, que no pueden ser resueltos. Y claro, se imaginarán el final de la historia: hice todo mi itinerario parado, pues cuando bajé el pendejo rateador seguía firme en mi asiento, viajando sentado al igual que todos en el bondi menos yo. Fuck you.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

domingo, 19 de septiembre de 2010

Ventanja naranja

¿Cómo puede ser que la hija de puta que estaba adelante mío en la cola de la caja de los chinos pagara 11 mangos y pico con monedas de 25 centavos? ¿y que su colega en la hijaputez, la cajera, se pusiera a contarlas con la parsimonia de un monje? ¿ya lo puedo decir, o faltan más pruebas? No, ya está, lo digo: el mundo está complotado en mi contra.