Me cuesta creer que en pleno verano porteño, platense o en donde sea que la temperatura agobie soporíferamente, dos tipos que se encuentran comenten "qué calor, eh".
¿Buscan el Nobel de Obviedad? ¿Son de esas personas que irremediablemente hablan del clima? ¿O simples pelotudos, nomás?
miércoles, 5 de enero de 2011
viernes, 31 de diciembre de 2010
qwertyuiop
Qué mejor para terminar el año que manifestar mi repudio a taaaaanta publicidad referida a la sequedad vaginal y al tránsito lento.
DEJENSÉ DE ROMPER LAS PELOTASSSSSSSSSSS
DEJENSÉ DE ROMPER LAS PELOTASSSSSSSSSSS
miércoles, 22 de diciembre de 2010
Síganlo, no los va a defraudar
- ¡Pero, la pucha! ¡Con este clima! - se quejó apesadumbrado el ex presidente, de pobladas patillas él. Debido a las inclemencias meteorológicas, el avión que lo transportaría desde Santa Fe hasta su La Rioja natal no podría despegar por unos días, ya que había lluvias previstas para toda la semana.
- Vamos a tener que ir en el auto, Don Carlos.
Emprendieron el largo viaje.
Mientras tanto, a unos cientos de kilómetros de allí, un hombre de ojos achinados y bigote fino esperaba, aguantando estoicamente esa densa lluvia que azotaba a aquella región del país.
Sabía que pasaría por ahí en cualquier momento; lo sabía desde la noche en que ella le habló en sueños. Tan seguro estaba de lo que iba a hacer este paisano, que no le importaba la lluvia. Por eso descartó refugiarse en la vieja estación ferroviaria abandonada, que estaba cerca de aquella ruta. Prefirió quedarse junto al camino, con la mirada fija en el horizonte, aguardando.
Luego de unas horas, vio una luz que se acercaba a toda velocidad. Miró alrededor: sólo se veía campo, recibiendo sediento esa imponente lluvia que hacía tanto no llegaba. Y a un lado, solitaria, triste, la derruida estación.
El paisano se acomodó la pistola en el cinturón, confirmando que estaba ahí, y se paró en medio de la ruta agitando los brazos, como pidiendo que lo lleven a algún lado.
El automóvil negro casi lo atropella; si bien era de día, la ya insoportable lluvia hacía difícil la visibilidad. Cuando el vehículo se detuvo, la ventanilla trasera derecha se bajó, y asomó la cabeza el ex presidente, quien dijo rápidamente:
- ¡No se moje más, muchacho! ¡Suba que hay un lugar!
El paisano no contestó, sólo lo miraba fijamente. Al no recibir respuesta, el ex mandatario abrió la boca para insistir, pero el extraño ya había desenfundado. Menos de un segundo después, estaba disparando sobre la cabeza de Carlos Saúl Menem, quien murió en el acto, con la cara llena de agujeros.
Las tres balas restantes fueron para el conductor del auto y los dos acompañantes. Dejó sus cadáveres allí, y sólo tomó el del líder riojano. Lo arrastró hasta la estación abandonada y lo enterró junto a las vías, oxidadas y cubiertas de yuyo.
En ese momento, la lluvia cesó, las nubes se disiparon y un sol radiante inundó el paisaje. El paisano se sacudió el barro de las manos y sacó una foto de Norma Plá del bolsillo de su pantalón.
Respiró hondo, miró al cielo y besó la imagen, sintiéndose lleno de paz.
- Vamos a tener que ir en el auto, Don Carlos.
Emprendieron el largo viaje.
Mientras tanto, a unos cientos de kilómetros de allí, un hombre de ojos achinados y bigote fino esperaba, aguantando estoicamente esa densa lluvia que azotaba a aquella región del país.
Sabía que pasaría por ahí en cualquier momento; lo sabía desde la noche en que ella le habló en sueños. Tan seguro estaba de lo que iba a hacer este paisano, que no le importaba la lluvia. Por eso descartó refugiarse en la vieja estación ferroviaria abandonada, que estaba cerca de aquella ruta. Prefirió quedarse junto al camino, con la mirada fija en el horizonte, aguardando.
Luego de unas horas, vio una luz que se acercaba a toda velocidad. Miró alrededor: sólo se veía campo, recibiendo sediento esa imponente lluvia que hacía tanto no llegaba. Y a un lado, solitaria, triste, la derruida estación.
El paisano se acomodó la pistola en el cinturón, confirmando que estaba ahí, y se paró en medio de la ruta agitando los brazos, como pidiendo que lo lleven a algún lado.
El automóvil negro casi lo atropella; si bien era de día, la ya insoportable lluvia hacía difícil la visibilidad. Cuando el vehículo se detuvo, la ventanilla trasera derecha se bajó, y asomó la cabeza el ex presidente, quien dijo rápidamente:
- ¡No se moje más, muchacho! ¡Suba que hay un lugar!
El paisano no contestó, sólo lo miraba fijamente. Al no recibir respuesta, el ex mandatario abrió la boca para insistir, pero el extraño ya había desenfundado. Menos de un segundo después, estaba disparando sobre la cabeza de Carlos Saúl Menem, quien murió en el acto, con la cara llena de agujeros.
Las tres balas restantes fueron para el conductor del auto y los dos acompañantes. Dejó sus cadáveres allí, y sólo tomó el del líder riojano. Lo arrastró hasta la estación abandonada y lo enterró junto a las vías, oxidadas y cubiertas de yuyo.
En ese momento, la lluvia cesó, las nubes se disiparon y un sol radiante inundó el paisaje. El paisano se sacudió el barro de las manos y sacó una foto de Norma Plá del bolsillo de su pantalón.
Respiró hondo, miró al cielo y besó la imagen, sintiéndose lleno de paz.
sábado, 18 de diciembre de 2010
Trasero de cerdo y patatas
Es más que obvio que si dejásemos de lado la soporífera obligación de usar ropa, en un par de generaciones se erradicaría la obsesión por la desnudez. Es cuestión de tomar la iniciativa nomás.
Y de mudarse a un lugar caluroso, para evitar achicharramientos.
Y de mudarse a un lugar caluroso, para evitar achicharramientos.
domingo, 12 de diciembre de 2010
No tengo edad ni porvenir
Tuve la oportunidad de visitar el mercadito chino del barrio de un amigo. Y a diferencia de los chinos de la vuelta de mi casa, estos se habían integrado, en pequeños detalles, a la sociedad argentina.
Pero quiero mencionar sólo al más importante de ellos: el chino de la caja nos cobró $22,50 y, al recibir un billete de 50, nos preguntó si teníamos cincuenta centavos, tal como hacen los comerciantes connacionales.
Enorme diferencia con "mis" chinos, que con tal de reducir al mínimo el contacto con el cliente, aunque sea verbal, te dan vuelto aunque le pagues con quinientos euros.
Una muestra del ímpetu de integración de algunas gentes, y de la oriental mala onda de otros.
Pero quiero mencionar sólo al más importante de ellos: el chino de la caja nos cobró $22,50 y, al recibir un billete de 50, nos preguntó si teníamos cincuenta centavos, tal como hacen los comerciantes connacionales.
Enorme diferencia con "mis" chinos, que con tal de reducir al mínimo el contacto con el cliente, aunque sea verbal, te dan vuelto aunque le pagues con quinientos euros.
Una muestra del ímpetu de integración de algunas gentes, y de la oriental mala onda de otros.
martes, 7 de diciembre de 2010
La etiqueta me picaba el cuello
Esto podría ir en Reflexiones en trasporte público, pero como fue formulado mientras caminaba, quedará en la nada.
Resulta que iba por una zona cercana al centro, y vi una parejita que caminaba, de la mano. Cada tanto, paraban e intercambiaban un poco de saliva, lo normal. Pero lo que me llamó la atención de esta pareja, es que él era ciego.
Ahí fue cuando arrancó la catarata de preguntas:
¿Él ya era ciego cuando se conocieron? ¿hasta qué punto la mina lo quiere posta, y qué tanto está con él por lástima? O quizá mientras noviaban, él tuvo algún inconveniente que le hizo perder la vista; entonces, ¿ella se quedó con él por temor a ser una garca que abandonaba a un ciego?
O tal vez, la mía sea sólo una visión perversa, fría y misántropa, y ella realmente esté enamorada. Pero la mente humana está muy limada, lo sabemos. ¿Lo sabemos?
Resulta que iba por una zona cercana al centro, y vi una parejita que caminaba, de la mano. Cada tanto, paraban e intercambiaban un poco de saliva, lo normal. Pero lo que me llamó la atención de esta pareja, es que él era ciego.
Ahí fue cuando arrancó la catarata de preguntas:
¿Él ya era ciego cuando se conocieron? ¿hasta qué punto la mina lo quiere posta, y qué tanto está con él por lástima? O quizá mientras noviaban, él tuvo algún inconveniente que le hizo perder la vista; entonces, ¿ella se quedó con él por temor a ser una garca que abandonaba a un ciego?
O tal vez, la mía sea sólo una visión perversa, fría y misántropa, y ella realmente esté enamorada. Pero la mente humana está muy limada, lo sabemos. ¿Lo sabemos?
miércoles, 1 de diciembre de 2010
Nuestra identidad
María volvió feliz su a casa aquel caluroso mediodía de noviembre. Recorrió las once cuadras entre la escuela y su hogar con una sonrisa imborrable, brillante, que contagiaba a todos los que se cruzaban con ella. La felicidad se debía a que Adela, su querida maestra de su querido tercer grado, la había elegido para protagonizar el acto de fin de curso; interpretaría el papel de Argentina.
Apenas llegó, iba a contarle a su mamá la novedad. Pero recordó que la señorita les hizo prometer que no les dirían nada a los padres, ya que el acto sería una sorpresa. Además, cada alumno debía confeccionarse su disfraz sin ayuda, con lo que tuviera a mano.
Almorzó en silencio, aunque sin dejar de sonreír. Su madre atribuyó esa expresión a las papas fritas que había en el plato, por lo que no preguntó nada más allá del clásico "¿cómo te fue hoy?". Sólo obtuvo un "bien, re bien" como respuesta.
Cuando terminó de comer, y luego de ayudar a su mamá a juntar la mesa, María corrió a su habitación y abrió el placard. Seleccionó la ropa que utilizaría en el acto, la dobló prolijamente y la guardó bajo la cama, en una bolsa. Si bien faltaban quince días para la fiesta, quería estar preparada con antelación.
Una semana antes del cierre del año lectivo, durante un ensayo, la señorita Adela les preguntó a sus alumnos, uno por uno, cómo iban con la cuestión de los disfraces. San Martín y sus granaderos dijeron estar listos. Belgrano sólo necesitaba conseguir las botas. Sarmiento, por su parte, no sabía cómo representar la calvicie.
¿Y María? La maestra le preguntó dos veces si ya tenía todo preparado, porque sería la protagonista del acto y debía estar impecable. Después de todo, representaría nada más y nada menos que a la Argentina, al país entero.
La pequeña, con sus trenzas rubias radiantes y su sonrisa blanca y encantadora, le contestó las dos veces que sí, que estaba todo listo, y sin ayuda de nadie. Estaba más que entusiasmada con el papel que le había tocado.
Finalmente, llegó el gran día. Para que su mamá no viera el disfraz, María se puso una campera larga. No importaba el calor que hacía; quería conservar el manto de sorpresa del acto para el que tanto habían practicado.
Entró a la escuela de la mano de su madre, y vio que todos sus compañeritos habían tenido la misma idea. Pese a que el sol pegaba fuerte y hacía quejarse a las chapas del techo del gimnasio, todos los chicos estaban con sus abrigos, ocultando los disfraces de los ojos de los padres.
La maestra llamó a los alumnos de tercero detrás del telón, para que dejen sus camperas y se preparen para el acto. En cuanto vio lo que tenía puesto María, la tomó del brazo y la alejó del grupo. La pequeña estaba extrañada, tanto que no atinó a hacer nada más que caminar. La señorita Adela la reprendió fuertemente, diciéndole que en su último año como docente no iba a tolerar que una mocosa le tomara el pelo de esa manera, delante de toda la gente, y la echó del lugar. Sería reemplazada en el papel por Camila, esa chica petisita que no le caía bien a nadie.
María sólo atinó a correr hasta su casa, con los ojos empapados en lágrimas, y se encerró en su cuarto a llorar. A un lado de la cama, dejó la vincha de plumas, y la túnica multicolor.
¿Qué pasaba? ¿Acaso era la única que creía que la Argentina era de los aborígenes?
Apenas llegó, iba a contarle a su mamá la novedad. Pero recordó que la señorita les hizo prometer que no les dirían nada a los padres, ya que el acto sería una sorpresa. Además, cada alumno debía confeccionarse su disfraz sin ayuda, con lo que tuviera a mano.
Almorzó en silencio, aunque sin dejar de sonreír. Su madre atribuyó esa expresión a las papas fritas que había en el plato, por lo que no preguntó nada más allá del clásico "¿cómo te fue hoy?". Sólo obtuvo un "bien, re bien" como respuesta.
Cuando terminó de comer, y luego de ayudar a su mamá a juntar la mesa, María corrió a su habitación y abrió el placard. Seleccionó la ropa que utilizaría en el acto, la dobló prolijamente y la guardó bajo la cama, en una bolsa. Si bien faltaban quince días para la fiesta, quería estar preparada con antelación.
Una semana antes del cierre del año lectivo, durante un ensayo, la señorita Adela les preguntó a sus alumnos, uno por uno, cómo iban con la cuestión de los disfraces. San Martín y sus granaderos dijeron estar listos. Belgrano sólo necesitaba conseguir las botas. Sarmiento, por su parte, no sabía cómo representar la calvicie.
¿Y María? La maestra le preguntó dos veces si ya tenía todo preparado, porque sería la protagonista del acto y debía estar impecable. Después de todo, representaría nada más y nada menos que a la Argentina, al país entero.
La pequeña, con sus trenzas rubias radiantes y su sonrisa blanca y encantadora, le contestó las dos veces que sí, que estaba todo listo, y sin ayuda de nadie. Estaba más que entusiasmada con el papel que le había tocado.
Finalmente, llegó el gran día. Para que su mamá no viera el disfraz, María se puso una campera larga. No importaba el calor que hacía; quería conservar el manto de sorpresa del acto para el que tanto habían practicado.
Entró a la escuela de la mano de su madre, y vio que todos sus compañeritos habían tenido la misma idea. Pese a que el sol pegaba fuerte y hacía quejarse a las chapas del techo del gimnasio, todos los chicos estaban con sus abrigos, ocultando los disfraces de los ojos de los padres.
La maestra llamó a los alumnos de tercero detrás del telón, para que dejen sus camperas y se preparen para el acto. En cuanto vio lo que tenía puesto María, la tomó del brazo y la alejó del grupo. La pequeña estaba extrañada, tanto que no atinó a hacer nada más que caminar. La señorita Adela la reprendió fuertemente, diciéndole que en su último año como docente no iba a tolerar que una mocosa le tomara el pelo de esa manera, delante de toda la gente, y la echó del lugar. Sería reemplazada en el papel por Camila, esa chica petisita que no le caía bien a nadie.
María sólo atinó a correr hasta su casa, con los ojos empapados en lágrimas, y se encerró en su cuarto a llorar. A un lado de la cama, dejó la vincha de plumas, y la túnica multicolor.
¿Qué pasaba? ¿Acaso era la única que creía que la Argentina era de los aborígenes?
lunes, 22 de noviembre de 2010
Óxido de yeso
Un día, más temprano que tarde, el 0,1% de gérmenes y bacterias que no es ultimado por los desinfectantes se levantará en armas y nos destruirá, en venganza por sus compañeros muertos.
viernes, 19 de noviembre de 2010
Ese puntito del medio
Probablemente seas de aquellas personas que creen que la Goma Eva tiene alguna relación con la señora María Eva Duarte de Perón.
No es algo descabellado: su fundación podría haber donado los galpones o las máquinas para comenzar a fabricar ese material en la argentina, el ultrapersonalismo reinante la llamó Goma Eva, a partir de 1955 le podrían haber cambiado el nombre a Goma Isaac Rojas para luego volver a su nombre original años más tarde, probablemente en el '83.
Bueno, no. Nada de eso.
EVA son las siglas en inglés de Etileno acetato de vinilo (Ethylene Vinyl Acetate), un material para nada nacional y popular creado en el exterior; un frío y vulgar termoplástico.
Muchas veces, la fantasía es mejor que la realidad.
No es algo descabellado: su fundación podría haber donado los galpones o las máquinas para comenzar a fabricar ese material en la argentina, el ultrapersonalismo reinante la llamó Goma Eva, a partir de 1955 le podrían haber cambiado el nombre a Goma Isaac Rojas para luego volver a su nombre original años más tarde, probablemente en el '83.
Bueno, no. Nada de eso.
EVA son las siglas en inglés de Etileno acetato de vinilo (Ethylene Vinyl Acetate), un material para nada nacional y popular creado en el exterior; un frío y vulgar termoplástico.
Muchas veces, la fantasía es mejor que la realidad.
lunes, 8 de noviembre de 2010
Salacachussets
Creo que de tanto ir a los chinos, estoy mejorando mi comunicación con ellos en su extraño lenguaje híbrido.
domingo, 7 de noviembre de 2010
Sonriendo y de pie
Supuesto:
Tenés que ir a la casa de tu abuela, y decidís ir en bondi. El noble transporte público te deja en la misma calle, pero no en la puerta: la casa de la nona queda en medio de dos paradas. Entonces, en cualquiera de las dos que te bajes, vas a caminar una cuadra.
Pregunta:
¿Te bajás una cuadra antes de llegar a la casa de tu abuela, o una cuadra después?
Tenés que ir a la casa de tu abuela, y decidís ir en bondi. El noble transporte público te deja en la misma calle, pero no en la puerta: la casa de la nona queda en medio de dos paradas. Entonces, en cualquiera de las dos que te bajes, vas a caminar una cuadra.
Pregunta:
¿Te bajás una cuadra antes de llegar a la casa de tu abuela, o una cuadra después?
miércoles, 3 de noviembre de 2010
Contigo pan y cebolla
Estamos aquí para rescatar del olvido a alguien muy especial. A alguien a quien todos conocemos, pero pocos saben su nombre. Alguien que desde nuestra más tierna infancia forma parte de nuestras vidas, ya que a través de la pantalla chica ha iluminado nuestros corazones con su desgarbado porte y su fiero tesón.
Sí, estamos hablando de Emilio Bardi.

Seguro no tenías idea de su nombre, y te referías a él como "ese que siempre actúa de chorro en Telefé". Y no sos el único, no. Porque el pobre Emilio, ya de 50 años, ha sufrido la misma estigmatización que sufriera alguna vez Adam West, y tantos otros: quedó pegado al papel de marginal, de tipo del hampa, y siempre se lo llama para eso. Nunca va a interpretar al Rey Jorge VI de Inglaterra; va a ser un ladrón de bancos, el amigo de Monzón, el padre ausente de algún niño, un policía corrupto o un barrendero.
Por eso le rendimos este pequeño pero sentido homenaje. Y cada vez que estés reunido con tus amigos, alzando las copas y riendoté de nimiedades, acordate de él. Acordate, y realizá un brindis por Emilio Bardi. El actor olvidado.
Sí, estamos hablando de Emilio Bardi.

Seguro no tenías idea de su nombre, y te referías a él como "ese que siempre actúa de chorro en Telefé". Y no sos el único, no. Porque el pobre Emilio, ya de 50 años, ha sufrido la misma estigmatización que sufriera alguna vez Adam West, y tantos otros: quedó pegado al papel de marginal, de tipo del hampa, y siempre se lo llama para eso. Nunca va a interpretar al Rey Jorge VI de Inglaterra; va a ser un ladrón de bancos, el amigo de Monzón, el padre ausente de algún niño, un policía corrupto o un barrendero.
Por eso le rendimos este pequeño pero sentido homenaje. Y cada vez que estés reunido con tus amigos, alzando las copas y riendoté de nimiedades, acordate de él. Acordate, y realizá un brindis por Emilio Bardi. El actor olvidado.
domingo, 31 de octubre de 2010
Última parada
Érase una vez un niño que vivía en un autobús. Claro, qué extraño, en un autobús. Para no parecer un boludo que habla como en los dibujitos, vamos a cambiar "autobús" por "bondi". Retomando, el niño vivía en un bondi, no porque no tuviera casa sino porque su casa era el bondi, allí había nacido y permanecido toooda su vida.
El niño, que según su DNI se llamaba Ernesto, almorzaba los alfajores Guaymallén que te dan en los viajes de larga distancia, por lo que nunca en su vida conoció el verdadero dulce de leche; salvo cuando una señora que viajaba de Chascomús hasta la escala en Ciudadela se olvidó un Tupperware® lleno de dulce de leche artesanal que preparaba su tía. Recién ahí conoció aquel delicioso manjar, que le pareció mucho más copado que los sanguchitos de miga que solía cenar, o el constante olor a orines del baño, que según la leyenda popular vacía el depósito de su inodoro con cada cruce al Riachuelo.
Ernesto solía divertirse contando las rayitas blancas de la ruta, y al cabo de algunos años logró obtener con precisión la cantidad exacta, 45235 de Mar del Plata a Buenos Aires, 39485 de Buenos Aires a Rosario y 768457 de Ushuahia a La Quiaca. Pero lo que más le gustaba a Ernestito era cuando el bondi paraba en alguna terminal, ver el ajetreo, la gente apurada que iba de aquí para allá desesperada por llegar a tiempo, la familia que saluda con una gran sonrisa a la abuela que se vuelve al pueblito (mientras no dejan de pensar "por fin se va esta vieja hinchapelotas"), los grupitos de amigos que se van de joda a otro lugar para salir de la rutina, y los típicos borrachos que se pasan la vida sentados en la barra de los bares de terminal, comparando al River del '86 con el de ahora o criticando la dictadura de Onganía.
A pesar de estar maravillado por el mundo que había del otro lado de las ventanillas, Ernesto tenía un gran miedo a bajarse del bondi, ya que el inherente temor del ser humano a lo desconocido lo paralizaba cada vez que intentaba cruzar la angosta puerta. Se sentía tan seguro, tan cálido, tan contenido por sus asientos con tapizados azul y gris y el continuo gemir del motor, que le resultaba algo imposible salir de allí.
Hasta que un día, cuando el bondi se dirigía a Villa Celina, Ernesto decidió que era momento de abandonar el ómnibus y de una vez por todas formar parte del mundo real, el mundo de afuera. A cada metro que el bondi se acercaba a la terminal, la emoción de Ernesto aumentaba con una proporción de quince mil a uno. Los demás pasajeros ya empezaban a estirar sus piernas, a agarrar sus bolsos, a saborear la comida con la que serían recibidos en sus casas, y a Ernestito, sólo a él, le temblaban las piernas como si estuvieran hechas de una extraña mezcla de gelatina y flan que parecía que nunca iba a detenerse. De pronto, el micro entró a la terminal, y el niño sintió una comezón en el estómago. Esperó a que el micro se detuviera en la plataforma 27, se levantó de su asiento y se pegó a la espalda de una señora bastante gorda que bajaba dificultosamente la escalera llevando un bolso de mano que rebalsaba de ropa.
Y por fin, estuvo afuera. Respiró aire puro por primera vez en su vida, sintió la brisa chocando su cara, y fue parte del mundo de la terminal que veía por la ventanilla, de la gente que hablaba ruidosamente y miraba el reloj a cada momento.
De repente, oyó un ruido que le resultó familiar. Miró hacia atrás, y vio sin tiempo de reaccionar las enceguecientes luces del colectivo que lo estaba atropellando, mientras el descuidado conductor se peinaba mirandosé en el espejo.
Con esta paradoja concluyó la vida de Ernesto, siempre girando en torno a los bondis.

El niño, que según su DNI se llamaba Ernesto, almorzaba los alfajores Guaymallén que te dan en los viajes de larga distancia, por lo que nunca en su vida conoció el verdadero dulce de leche; salvo cuando una señora que viajaba de Chascomús hasta la escala en Ciudadela se olvidó un Tupperware® lleno de dulce de leche artesanal que preparaba su tía. Recién ahí conoció aquel delicioso manjar, que le pareció mucho más copado que los sanguchitos de miga que solía cenar, o el constante olor a orines del baño, que según la leyenda popular vacía el depósito de su inodoro con cada cruce al Riachuelo.
Ernesto solía divertirse contando las rayitas blancas de la ruta, y al cabo de algunos años logró obtener con precisión la cantidad exacta, 45235 de Mar del Plata a Buenos Aires, 39485 de Buenos Aires a Rosario y 768457 de Ushuahia a La Quiaca. Pero lo que más le gustaba a Ernestito era cuando el bondi paraba en alguna terminal, ver el ajetreo, la gente apurada que iba de aquí para allá desesperada por llegar a tiempo, la familia que saluda con una gran sonrisa a la abuela que se vuelve al pueblito (mientras no dejan de pensar "por fin se va esta vieja hinchapelotas"), los grupitos de amigos que se van de joda a otro lugar para salir de la rutina, y los típicos borrachos que se pasan la vida sentados en la barra de los bares de terminal, comparando al River del '86 con el de ahora o criticando la dictadura de Onganía.
A pesar de estar maravillado por el mundo que había del otro lado de las ventanillas, Ernesto tenía un gran miedo a bajarse del bondi, ya que el inherente temor del ser humano a lo desconocido lo paralizaba cada vez que intentaba cruzar la angosta puerta. Se sentía tan seguro, tan cálido, tan contenido por sus asientos con tapizados azul y gris y el continuo gemir del motor, que le resultaba algo imposible salir de allí.
Hasta que un día, cuando el bondi se dirigía a Villa Celina, Ernesto decidió que era momento de abandonar el ómnibus y de una vez por todas formar parte del mundo real, el mundo de afuera. A cada metro que el bondi se acercaba a la terminal, la emoción de Ernesto aumentaba con una proporción de quince mil a uno. Los demás pasajeros ya empezaban a estirar sus piernas, a agarrar sus bolsos, a saborear la comida con la que serían recibidos en sus casas, y a Ernestito, sólo a él, le temblaban las piernas como si estuvieran hechas de una extraña mezcla de gelatina y flan que parecía que nunca iba a detenerse. De pronto, el micro entró a la terminal, y el niño sintió una comezón en el estómago. Esperó a que el micro se detuviera en la plataforma 27, se levantó de su asiento y se pegó a la espalda de una señora bastante gorda que bajaba dificultosamente la escalera llevando un bolso de mano que rebalsaba de ropa.
Y por fin, estuvo afuera. Respiró aire puro por primera vez en su vida, sintió la brisa chocando su cara, y fue parte del mundo de la terminal que veía por la ventanilla, de la gente que hablaba ruidosamente y miraba el reloj a cada momento.
De repente, oyó un ruido que le resultó familiar. Miró hacia atrás, y vio sin tiempo de reaccionar las enceguecientes luces del colectivo que lo estaba atropellando, mientras el descuidado conductor se peinaba mirandosé en el espejo.
Con esta paradoja concluyó la vida de Ernesto, siempre girando en torno a los bondis.
martes, 26 de octubre de 2010
Están charlando, Paso
Decidido a tomar el toro por las astas (ver aquí), implementé un importante despliegue logístico a fin de rescatar al pájaro, a quien cariñosamente llamé Richard.
El material audiovisual que registra el desarrollo del operativo se encuentra de costado, empleando un recurso que popularizó el director polaco Nicola Diakow, célebre integrante de la Escuela de Gdansk. Quizá el final sea distinto a lo esperado, pero documenta de cerca, con emoción y sin golpes bajos, la dura tarea del rescatista ornitológico.
Para no perdérselo.
Por mencionar sólo algunos
Aún llevo en la memoria aquella feroz sesión de testosterona en que las hormonas formaron parte del bello arte del beso al cuello le puso el sello que aquella noche después del coche todo iba ser fenomenal.
lunes, 25 de octubre de 2010
O juremos con gloria morir
No soy afecto a eso de escribir las vivencias personales en la web, pero me hallo en medio de un tremendo problema y no quería dejar pasar la oportunidad de escribirlo para ver si, de alguna manera, todo se soluciona.
Resulta que en su última visita, el gasista olvidó colocar esa chimeneíta metálica en el tiraje de la estufa. Es decir, que quedó un agujero redondo en la pared comunicando el interior de la estufa, lleno de gases nocivos, con el exterior.
A través de ese agujero, por las vueltas de la vida, se metió un pajarillo. Y no por nada hay quienes dicen que tal o cual es "más boludo que los pajaritos": el animal quedó atrapado dentro de la estufa.
Durante todo el día se oye el ruido de sus patitas golpeando el metal, en una experiencia aburrida, encerrado ahí sin televisión ni heladera con birra.
Ya probé con introducir un palo desde la parte externa, para ver si logro hacer que salga. Fue inútil. También intenté golpear la estufa, a fin de que el susto lo impulsara a volar hacia afuera, pero tampoco funcionó.
¿Qué carajos hago? Dejarlo morir ahí significaría después bancarse un fétido olor a pajarito muerto en el comedor. Prender la estufa y calcinarlo sería bastante cruel (aunque más que la crueldad, me preocupa más que también llenaría todo de olor a pajarito quemado).
La solución parecería ser desarmar la estufa y permitir la salida de la pequeña ave, que escrito así parece que fuera un colega o un familiar. Pero él, vos y yo sabemos que eso es una paja.
Habrá que aguardar a que desarrolle su inteligencia y logre salir de allí mediante un astuto plan, o mudarme rápido y, parafraseando a Gustavo Garzón, "que sea problema de los próximos inquilinos".
Resulta que en su última visita, el gasista olvidó colocar esa chimeneíta metálica en el tiraje de la estufa. Es decir, que quedó un agujero redondo en la pared comunicando el interior de la estufa, lleno de gases nocivos, con el exterior.
A través de ese agujero, por las vueltas de la vida, se metió un pajarillo. Y no por nada hay quienes dicen que tal o cual es "más boludo que los pajaritos": el animal quedó atrapado dentro de la estufa.
Durante todo el día se oye el ruido de sus patitas golpeando el metal, en una experiencia aburrida, encerrado ahí sin televisión ni heladera con birra.
Ya probé con introducir un palo desde la parte externa, para ver si logro hacer que salga. Fue inútil. También intenté golpear la estufa, a fin de que el susto lo impulsara a volar hacia afuera, pero tampoco funcionó.
¿Qué carajos hago? Dejarlo morir ahí significaría después bancarse un fétido olor a pajarito muerto en el comedor. Prender la estufa y calcinarlo sería bastante cruel (aunque más que la crueldad, me preocupa más que también llenaría todo de olor a pajarito quemado).
La solución parecería ser desarmar la estufa y permitir la salida de la pequeña ave, que escrito así parece que fuera un colega o un familiar. Pero él, vos y yo sabemos que eso es una paja.
Habrá que aguardar a que desarrolle su inteligencia y logre salir de allí mediante un astuto plan, o mudarme rápido y, parafraseando a Gustavo Garzón, "que sea problema de los próximos inquilinos".
lunes, 18 de octubre de 2010
Baila conmigo
Seguramente hayan oído esa noticia acerca de la mujer golpeada en el subte en Roma, que quedó tirada en el piso, muerta, mientras la gente pasaba y la miraba con indiferencia:
Aquí es cuando caen aquellas inútiles premisas que colocan a los pueblos europeos por encima nuestro, como poseedores de la civilización, y a nosotros como porquerías del subdesarrollo.
No, no. Nuestros países son productos de su accionar: no podemos ser mejores, ni peores que ellos. Somos la misma inmundicia. Tanto nosotros como ellos nos damos el lujo de discriminar, de ofender, de despreciar, y, lo que suele ser peor, de olvidarse del otro.
Qué le vamo a hacer: es cultural.
Aquí es cuando caen aquellas inútiles premisas que colocan a los pueblos europeos por encima nuestro, como poseedores de la civilización, y a nosotros como porquerías del subdesarrollo.
No, no. Nuestros países son productos de su accionar: no podemos ser mejores, ni peores que ellos. Somos la misma inmundicia. Tanto nosotros como ellos nos damos el lujo de discriminar, de ofender, de despreciar, y, lo que suele ser peor, de olvidarse del otro.
Qué le vamo a hacer: es cultural.
viernes, 8 de octubre de 2010
Unidos o dominados
Huguito se había tomado todo el whisky la noche anterior. Estaba reventado: como no podía ni pedirse un taxi, se quedó a dormir en lo de su amigo Ernesto, que le armó la cama del sofá. Se acostó mal, y se levantó peor. La cabeza le daba vueltas y vueltas, y aunque Ernesto le ofreció un café, sabía que nada lo calmaría.
Decidió irse, ya que eran las cinco de la tarde. Se peinó un poco, se puso la campera y salió, a paso cansino, rumbo a la estación de tren.
El canto de los pajaritos cantando en los árboles lo atormentaba. Pasaron dos o tres autos, que por el ruido que le retumbó en la cabeza le parecieron tres mil. Fueron las seis cuadras más largas de su vida.
Cuando llegó a la estación, el tren apenas había llegado, y en breve emprendería el regreso a Retiro. La gente comenzaba a bajarse, amontonada, en aquella que era la última parada.
Huguito empezó a caminar por el andén a contramano de la multitud, para sentarse tranquilo en el primer vagón. Iba con la cabeza gacha, los ojos entrecerrados, concentrado en mantener a raya la tremenda jaqueca que lo volvía loco.
Dos gordos que iban casi corriendo en dirección opuesta lo chocaron, apenas, con los hombros. El movimiento hizo que Huguito sintiera que el cerebro se le sacudía adentro de la cabeza, como una palmera movida por el viento. No veía la hora de que ese andén eterno terminase y poder sentarse apaciblemente.
Estaba por llegar cuando se topó, sin querer, con una señora ciega, que iba de la mano de una joven de aspecto desagradable y malhumorado.
Hubo una pequeña colisión con la mujer, imperceptible, pero que provocó el enojo de la jovencita, que para demostrar que lo suyo no era sólo una cuestión de imagen, le replicó con irritación:
- ¡¿No ves que tiene bastón?!
Huguito levantó la cabeza, y con los ojos aún entrecerrados, le contestó sin levantar la voz:
- ¿No ves que tengo resaca?
Decidió irse, ya que eran las cinco de la tarde. Se peinó un poco, se puso la campera y salió, a paso cansino, rumbo a la estación de tren.

El canto de los pajaritos cantando en los árboles lo atormentaba. Pasaron dos o tres autos, que por el ruido que le retumbó en la cabeza le parecieron tres mil. Fueron las seis cuadras más largas de su vida.
Cuando llegó a la estación, el tren apenas había llegado, y en breve emprendería el regreso a Retiro. La gente comenzaba a bajarse, amontonada, en aquella que era la última parada.
Huguito empezó a caminar por el andén a contramano de la multitud, para sentarse tranquilo en el primer vagón. Iba con la cabeza gacha, los ojos entrecerrados, concentrado en mantener a raya la tremenda jaqueca que lo volvía loco.
Dos gordos que iban casi corriendo en dirección opuesta lo chocaron, apenas, con los hombros. El movimiento hizo que Huguito sintiera que el cerebro se le sacudía adentro de la cabeza, como una palmera movida por el viento. No veía la hora de que ese andén eterno terminase y poder sentarse apaciblemente.
Estaba por llegar cuando se topó, sin querer, con una señora ciega, que iba de la mano de una joven de aspecto desagradable y malhumorado.
Hubo una pequeña colisión con la mujer, imperceptible, pero que provocó el enojo de la jovencita, que para demostrar que lo suyo no era sólo una cuestión de imagen, le replicó con irritación:
- ¡¿No ves que tiene bastón?!
Huguito levantó la cabeza, y con los ojos aún entrecerrados, le contestó sin levantar la voz:
- ¿No ves que tengo resaca?
lunes, 4 de octubre de 2010
El tren no pasó aquella tarde
En una de mis tantas tardes de nada sentado en un banco mirando cosas, noté que los muchachos que manejan los camiones de caudales son grandes, muy grandes, cuasi patovicas. ¿Para qué necesitan ser tan grosos, teniendo una semiautomática 9 mm reglamentaria?
La pluma es más poderosa que la espada... por eso inventaron la ametralladora.
La pluma es más poderosa que la espada... por eso inventaron la ametralladora.
domingo, 3 de octubre de 2010
Lo mejor para vos
Recuerdo con nostalgia aquellos días en que siempre tenía algo que decir por este medio.
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