martes, 26 de octubre de 2010

Están charlando, Paso



Decidido a tomar el toro por las astas (ver aquí), implementé un importante despliegue logístico a fin de rescatar al pájaro, a quien cariñosamente llamé Richard.
El material audiovisual que registra el desarrollo del operativo se encuentra de costado, empleando un recurso que popularizó el director polaco Nicola Diakow, célebre integrante de la Escuela de Gdansk. Quizá el final sea distinto a lo esperado, pero documenta de cerca, con emoción y sin golpes bajos, la dura tarea del rescatista ornitológico.
Para no perdérselo.

lunes, 25 de octubre de 2010

O juremos con gloria morir

No soy afecto a eso de escribir las vivencias personales en la web, pero me hallo en medio de un tremendo problema y no quería dejar pasar la oportunidad de escribirlo para ver si, de alguna manera, todo se soluciona.
Resulta que en su última visita, el gasista olvidó colocar esa chimeneíta metálica en el tiraje de la estufa. Es decir, que quedó un agujero redondo en la pared comunicando el interior de la estufa, lleno de gases nocivos, con el exterior.
A través de ese agujero, por las vueltas de la vida, se metió un pajarillo. Y no por nada hay quienes dicen que tal o cual es "más boludo que los pajaritos": el animal quedó atrapado dentro de la estufa.
Durante todo el día se oye el ruido de sus patitas golpeando el metal, en una experiencia aburrida, encerrado ahí sin televisión ni heladera con birra.
Ya probé con introducir un palo desde la parte externa, para ver si logro hacer que salga. Fue inútil. También intenté golpear la estufa, a fin de que el susto lo impulsara a volar hacia afuera, pero tampoco funcionó.
¿Qué carajos hago? Dejarlo morir ahí significaría después bancarse un fétido olor a pajarito muerto en el comedor. Prender la estufa y calcinarlo sería bastante cruel (aunque más que la crueldad, me preocupa más que también llenaría todo de olor a pajarito quemado).
La solución parecería ser desarmar la estufa y permitir la salida de la pequeña ave, que escrito así parece que fuera un colega o un familiar. Pero él, vos y yo sabemos que eso es una paja.
Habrá que aguardar a que desarrolle su inteligencia y logre salir de allí mediante un astuto plan, o mudarme rápido y, parafraseando a Gustavo Garzón, "que sea problema de los próximos inquilinos".

lunes, 18 de octubre de 2010

Baila conmigo

Seguramente hayan oído esa noticia acerca de la mujer golpeada en el subte en Roma, que quedó tirada en el piso, muerta, mientras la gente pasaba y la miraba con indiferencia:



Aquí es cuando caen aquellas inútiles premisas que colocan a los pueblos europeos por encima nuestro, como poseedores de la civilización, y a nosotros como porquerías del subdesarrollo.
No, no. Nuestros países son productos de su accionar: no podemos ser mejores, ni peores que ellos. Somos la misma inmundicia. Tanto nosotros como ellos nos damos el lujo de discriminar, de ofender, de despreciar, y, lo que suele ser peor, de olvidarse del otro.



Qué le vamo a hacer: es cultural.

viernes, 8 de octubre de 2010

Unidos o dominados

Huguito se había tomado todo el whisky la noche anterior. Estaba reventado: como no podía ni pedirse un taxi, se quedó a dormir en lo de su amigo Ernesto, que le armó la cama del sofá. Se acostó mal, y se levantó peor. La cabeza le daba vueltas y vueltas, y aunque Ernesto le ofreció un café, sabía que nada lo calmaría.
Decidió irse, ya que eran las cinco de la tarde. Se peinó un poco, se puso la campera y salió, a paso cansino, rumbo a la estación de tren.
El canto de los pajaritos cantando en los árboles lo atormentaba. Pasaron dos o tres autos, que por el ruido que le retumbó en la cabeza le parecieron tres mil. Fueron las seis cuadras más largas de su vida.
Cuando llegó a la estación, el tren apenas había llegado, y en breve emprendería el regreso a Retiro. La gente comenzaba a bajarse, amontonada, en aquella que era la última parada.
Huguito empezó a caminar por el andén a contramano de la multitud, para sentarse tranquilo en el primer vagón. Iba con la cabeza gacha, los ojos entrecerrados, concentrado en mantener a raya la tremenda jaqueca que lo volvía loco.
Dos gordos que iban casi corriendo en dirección opuesta lo chocaron, apenas, con los hombros. El movimiento hizo que Huguito sintiera que el cerebro se le sacudía adentro de la cabeza, como una palmera movida por el viento. No veía la hora de que ese andén eterno terminase y poder sentarse apaciblemente.
Estaba por llegar cuando se topó, sin querer, con una señora ciega, que iba de la mano de una joven de aspecto desagradable y malhumorado.
Hubo una pequeña colisión con la mujer, imperceptible, pero que provocó el enojo de la jovencita, que para demostrar que lo suyo no era sólo una cuestión de imagen, le replicó con irritación:
- ¡¿No ves que tiene bastón?!
Huguito levantó la cabeza, y con los ojos aún entrecerrados, le contestó sin levantar la voz:
- ¿No ves que tengo resaca?

lunes, 4 de octubre de 2010

El tren no pasó aquella tarde

En una de mis tantas tardes de nada sentado en un banco mirando cosas, noté que los muchachos que manejan los camiones de caudales son grandes, muy grandes, cuasi patovicas. ¿Para qué necesitan ser tan grosos, teniendo una semiautomática 9 mm reglamentaria?
La pluma es más poderosa que la espada... por eso inventaron la ametralladora.